El sabio desayuno escolar
El desayuno escolar se ha institucionalizado en Bolivia sin las raíces del afecto. Un día se comenzó a repartirlo a los niños y todo el control que se ejercita desde entonces tiene el ojo puesto en su calidad: que el yogur y la leche no estén agrios, que las galletas no sean rancias y que los plátanos no estén k’etas. Muy importante, cierto, pero insuficiente. Desde el mismo principio se ha creído que la misión del desayuno escolar estaba dirigida tan sólo a alimentar al estudiante, y nada más.
Un error esencial, claro.
El desayuno escolar es una inteligente idea norteamericana surgida durante la segunda guerra mundial. Como muchos hogares se quedaron sin el padre, pese a que el desayuno hogareño estaba garantizado en virtud a su economía, el sistema escolar entendió que los niños debían desayunar junto a sus maestros para que éstos, de hacer falta, equilibraran el afecto mellado por la ausencia. Así, el desayuno escolar era quince o veinte minutos vivos de diálogo afectuoso, en conjunto, sin que importara tanto que se repitiera la gelatina de ayer. Es decir: los maestros preguntaban a Tom, a Helen y a Jim, cómo estaban las cosas por sus casas, o sobre sus gatos y perros, sobre todos los problemas que tienen los niños, en el noble afán de darles cariño que, se percibía, les faltaba.
En Bolivia debe trabajarse el desayuno de igual manera. La sociedad nuestra tiene múltiples fisuras y fracturas en las familias. Miles de hogares rotos, quebrados. Las carencias sentimentales son innumerables. La pena y el dolor bien pueden caracterizar la vida de tantos niños. Y la infancia es, lo hemos leído, destino. ¿Por qué no desayunan nuestros maestros con los niños y adolescentes para preguntarles sobre la salud de la abuelita? Nos hace falta restañar el tejido sentimental. ¿Acaso no sabemos que numerosos niños están al cuidado del hermano mayor? ¿Por qué los maestros, mientras de reojo miran policialmente al gusano de la manzana, no les preguntan a sus lindos alumnos cómo se sienten? Lo que ahora se ve es a los maestros “desaparecer” en el ambiente propio y tomar café o mate sólo entre pares. Los niños desayunan por su cuenta. Cuando terminan de hacerlo, ya tienen la barriguita llena. El corazón, sin embargo, no ha tenido ningún consuelo de quienes ejercitan la labor sagrada de formarlos. Formarlos intelectual y sentimentalmente, se entiende.
Bolivia necesita que prestemos atención al afecto entre las personas. Es notorio que no somos gentiles (cediendo la acera, por ejemplo) y que ya no nos aguantamos más (insultos desde el volante). Cualquier trámite sirve para maltratar y humillar al usuario. ¿O acaso nos reciben en ventanilla con una sonrisa? Si bien se advierte que nuestra escolaridad es muy baja, y me imagino siempre que se está trabajando al respecto, la afectividad sólida y generosa brilla por su ausencia. El mismo niño se sorprende cuando alguien mayor le acaricia los cachetes paspas. Salvo excepciones, en las familias y en las escuelas, en las universidades y en los trabajos faltan besos, abrazos y mimos que nos ayuden a vivir mejor esta vida siempre cuesta arriba. ¿No es labor del maestro desarrollar esa cálida dimensión del alumno?
Cuando hablamos de construir sociedad, estamos hablando de temas que giran en torno al conocimiento y calidad humana de nuestra gente. Por donde se mire vamos a hallar que el afecto debe envolverlo todo. Imposible soñar con un mañana mejor si no atendemos a nuestros huérfanos del alma. La familia es muy importante, claro, pero los maestros deben involucrarse en esta gesta. Queremos una humanidad renovada y mejor a la nuestra. Los niños son esa posibilidad. Los maestros son la palanca. El desayuno escolar es un motivo maravilloso que debemos aprovechar.
Hace unos días escuché, en informe radial del Beni, que alguien creía que debía suprimirse el desayuno escolar a los jóvenes de últimos años. Se decía que demoraban mucho en retornar a clases. Ese director o autoridad ni siquiera imagina el valor de la conversación mientras se desayuna. Y, ya que estamos: muchos hogares no conversan mientras almuerzan o cenan. Es una verdadera (desgracia y) pena. La conversación ilustra y desarrolla también afecto. Genera buen tejido: familiar y social.
El autor es escritor.
Columnas de GONZALO LEMA




















