El perene círculo vicioso

Columna
LA ESPADA EN LA PALABRA
Publicado el 28/03/2025

Estamos acostumbrados a despotricar contra los políticos que hoy gobiernan el país y en general contra la clase política de toda la vida… Sin embargo, como dice el filósofo español Fernando Savater, en una democracia no es legítimo criticar solo a los gobernantes y no a los electores (o sea a nosotros mismos, quienes, finalmente, somos los que decidimos, a través del voto, que aquellos sean gobernantes). Obviamente, a ese razonamiento se le pueden oponer algunos aspectos de la realidad boliviana, como que el sistema de partidos está corrompido porque, entre otras cosas, casi todas las siglas reconocidas por el TSE son de partidos que no tienen militancia, estructura ni ideología… Los electores, entonces, ya que no podemos modificar las reglas del juego electoral debido a una suerte de mafia perversa que detenta el poder, estaríamos en el legítimo de derecho de criticar solo a los gobernantes que salen triunfantes al cabo de las elecciones, y no a nosotros mismos.

Los institucionalistas (entre los que me cuento, aunque con algunas reservas) creen que las instituciones sólidas son la garantía para que los Estados funcionen de manera correcta. Sin embargo, se tiende a olvidar que las instituciones son el espejo de la sociedad. Si aquellas se vuelven corruptas, será porque la sociedad también tiene problemas de moralidad y buena convivencia. Más o menos como piensa Savater en la relación gobierno/gobernados, yo creo que algo así pasa en la relación instituciones/ciudadanos. En ambas relaciones parece haber un dilema aporético (como el del huevo o la gallina): ambos (gobierno e instituciones) dependen el uno del otro (gobernados y ciudadanos). No puede entenderse que haya un buen gobierno con malos electores y, por otro lado, que haya malas instituciones con ciudadanos virtuosos y bien educados.

En uno de sus últimos libros, los premios Nobel de Economía 2024 Acemoglu y Robinson afirman que el secreto de los Estados prósperos no está ni solo en un Estado fuerte (entiéndase, con instituciones y gobiernos buenos), ni solo en una sociedad fuerte (entiéndase, gobernados virtuosos y bien educados), sino en ambos. Sin un Estado sólido, reinaría la anomia y se impondrían solo los más fuertes; sin una sociedad fuerte, el Estado terminaría siendo el Leviatán que lo absorbe todo y somete a la ciudadanía. Uno hace al otro y este no puede ser sin aquel.

El filósofo español José Antonio Marina dice: “El carácter circular de la relación entre los ciudadanos y el Estado da la razón a las dos corrientes”. Nuevamente nos ponemos a pensar en sobre qué es primero o cuál es más importante, si el huevo o la gallina. ¿Cómo entonces salir de aquel callejón traducido en países con gobiernos corruptos y sociedades corruptas, como es el caso de los Estados fallidos, donde la anomia se impuso totalmente y el Estado de derecho es un lejanísimo ideal? Hoy por hoy, Bolivia parece estar en este camino y, de seguir en él, puede llegar a un punto de no-retorno; a saber, un punto en el que la ley y las instituciones estén completamente separadas de la sociedad y sus costumbres. ¿Cómo comenzar a reconstruir no solo instituciones, sino además virtudes colectivas y costumbres democráticas? Ese fue el problema tal vez más importante en todo lo que tiene de vida este país y que algunos gobiernos trataron de resolver, muchas veces de manera errática. El perene círculo vicioso del que no se ha podido liberar sigue más vivo que nunca.

Según Marina, la relación entre Estado y sociedad puede significar una espiral ascendente o descendente. Cuando sociedad o Estado se influyen positivamente (un buen gobierno hace que la sociedad cumpla las reglas y una buena sociedad fiscaliza al gobierno), la espiral asciende; cuando se influyen negativamente (un gobierno corrupto no regula la convivencia social y la sociedad es permisiva con los abusos del gobierno), ocurre lo contrario.

Tanto el Estado cuanto la sociedad nominalmente democráticos están sometidos a una ley ambivalente: la posibilidad de civilizar(se) o de corromper(se). Las instituciones, igual que las religiones o las naciones, son creaciones humanas, pero curiosamente pueden someter a las personas, muchas veces sin que estas se atrevan a cuestionarlas, o dejar de ser obedecidas por ellas, pese a que fueron creadas para su bienestar. Y esto es lo que puede seguir ocurriendo en Bolivia si las personas no caen en la cuenta de que las elecciones generales de agosto son cruciales para el futuro inmediato y a largo plazo.

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