Qoya Raymi: La fiesta del agua y el equinoccio que renueva la cosmovisión andina
El equinoccio, un fenómeno que equilibra las horas de luz y oscuridad, es más que un simple evento astronómico en los Andes. Este evento, que tuvo lugar el 22 de septiembre, a las 14:19, hora boliviana, marcó el inicio de la primavera en el hemisferio sur y es el corazón de la fiesta ancestral del Qoya raymi, una celebración que honra la profunda relación entre el ser humano, la tierra y el agua.
Mucho antes de la llegada de los conquistadores ibéricos, las civilizaciones del Tawantinsuyu construyeron su economía y cosmovisión en torno a la agricultura, haciendo del agua el pilar fundamental de su existencia.
Como lo describió Francisco Greslou (1990), el manejo del agua no se limitaba a la simple irrigación. Servía como abono, ayudaba a labrar el suelo, expandía las zonas de cultivo a diferentes altitudes, y creaba microclimas esenciales para la supervivencia. Además de ser un recurso vital para la alimentación, el agua adquirió un papel simbólico crucial, actuando como un mediador entre la sociedad y el mundo sobrenatural.
La relevancia del agua en la cosmovisión andina trasciende lo puramente económico. Se la concibe como una fuerza vital: Kanaj sinchi, con poderes generativos y creacionales. El agua está intrínsecamente ligada a la tierra a través del concepto de Mamaqocha (“lago Madre”, la mar), que rodea y origina toda la tierra. Su centro es el lago Titikaka , relacionado con la figura de Wiraqocha , cuyo nombre se traduce como “lago vital”. Las cumbres nevadas, fuentes sagradas de agua, son vistas como los recipientes de esta fuerza vital, conectando el mundo subterráneo con la tierra y el cielo.
La relación del agua con el origen de los grupos étnicos, como los de Qochapampa (hoy Cochabamba), su asociación con los ríos y la Vía láctea, y su papel en rituales y mitos como el de Yakana (la llama celestial y el arco iris), demuestran que el agua es mucho más que un recurso físico. Es un elemento central en lo ritual, lo mítico y lo figurativo, que refuerza la negación de un enfoque puramente reduccionista a lo económico.
También el ser humano encarna esta cosmovisión al considerar que la sangre es el flujo vital; y es la mujer la que evidencia su existencia ya que cada 28 días, siguiendo el ciclo de Killa, la luna, se renueva y durante nueve meses nutre al nuevo ser hasta su nacimiento, y aún después.
Esta cosmovisión fue trasladada a lo político territorial durante el inkario. La Qoya, era más que la esposa del Inka, era el símbolo de la fertilidad y del fluir de la vida. Qoya raynmi, en este contexto, no es solo la bienvenida a una nueva estación, sino una reafirmación de este diálogo ancestral y profundo con el agua, la fuerza vital que da forma a la vida en el corazón de los Andes.
La autora es antropóloga, psicóloga e investigadora
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