A 15 años de una eclosión social
A estas alturas, hace 15 años, Bolivia parecía aún oír el eco de, probablemente, la mayor convulsión social desde la Revolución Nacional de 1952. Octubre de 2003 marcó un antes y un después en nuestra historia. Constituyó la reacción a años de caprichos de quienes no entendían que el país había ingresado en tres niveles de crisis: estatal, gubernamental y sistémica.
Aquella crisis que ponía a miles de bolivianos bajo la sombra del pesimismo, tras la sublevación centrada en la ciudad de El Alto, encontró cause, afortunadamente, en una sucesión constitucional que preservó el sistema democrático. Más de 60 vidas fue el carísimo costo que se pagó para empezar un nuevo tiempo, luego de casi tres años de creciente tensión. Días de extrema tensión y destrucción de bienes sobrecogieron a los bolivianos. En algún momento, la posibilidad de un asalto a los centros del poder y el desborde del caos no parecía algo lejano.
Muchas de las figuras políticas de aquel tiempo pasaron a la jubilación forzosa aquel 17 de octubre. Varias otras se les sumaron paulatinamente en los siguientes años. Sin embargo, a tres lustros de aquellos cambios, muy pocas figuras nuevas han surgido en el horizonte boliviano, quizá ninguna con el predicamento nacional que se suele esperar. Es posiblemente uno de los mayores déficit de la actual coyuntura.
En este número de OH!, recordamos precisamente la historia del partido que ha arropado a un precandidato opositor. No deja de ser llamativo que un frente con más de cuatro décadas de contradictoria vigencia resurja y apuntale a una figura que, sin desmerecerla, no resulta nueva en política. Señal del déficit de liderazgos mencionado. Un déficit que bien puede extenderse a cualquiera de los frentes, pues el gubernamental tampoco ha sabido renovarse o generar nuevos líderes. Y los actuales gobernantes sufren el natural desgaste del ejercicio del poder.
Hay más para preocuparse. El panorama económico que surgió tras aquel octubre de 2003 como una de las etapas más prometedoras de la historia boliviana, el célebre boom del gas, se ha ido ralentizando. Pese a múltiples argumentaciones de las autoridades, aparecen nubarrones en el horizonte del final de ésta y el principio de la próxima década. Además, buena parte de los problemas sociales crónicos del país aún permanece irresuelta o amenazada por bajones, sea salud, sea educación, sea trabajo.
Con todo, es un tiempo de estabilidad que, en este octubre, merece convertirse en sana reflexión. No sólo los políticos, sino todos los bolivianos, en homenaje a aquellas jornadas dramáticas, deberíamos considerar los pasos que hoy le urgen al país para no recaer en crisis dolorosas.
Más allá del cálculo que parece primar en toda la clase política, más allá del sopor o abulia que parecen demostrar diversos sectores sociales (una juventud poco militante, por ejemplo) y más allá de la propia y creciente disputa del poder, toca mirar adelante con desprendimiento, ahora que hay tiempo.
Dicen que los bolivianos solemos jugar al riesgo, pero también que sabemos frenar prudentemente antes de exceder ciertos límites dolorosos. Esperemos y seamos optimistas para que, en este tiempo, el futuro de Bolivia sea no un juego de riesgos, sino un gran y generoso pacto oportuno y colectivo.
PAULA MUÑOZ ENCINAS
Editora OH!




















