Derecho a la fuga
Los animales procuran su libertad, así haya las excepciones de los que prefieren la domesticidad. Pero los encarcelados en zoológicos no hay duda que prefieren la libertad
En junio de 2015, dos reclusos escaparon de una cárcel en el interior del estado de Nueva York. Inmediatamente se organizó una gran batida para recapturarlos, con más de 800 policías rastreando los bosques. Uno de los prófugos fue muerto y el otro herido y capturado a unos tres kilómetros de la frontera con Canadá.
El reo recapturado cumplía condena perpetua sin derecho a indulto, por haber cometido un homicidio. Por haber huido, se le agregó a la condena otros 14 años de cárcel, más una multa de 80.000 dólares. Los 14 años agregados son una formalidad, porque teniendo cadena perpetua, unos pocos años más no le cambiará nada. Lo de los 80.000 dólares es más serio, porque le priva de ganar algún dinero vendiendo su historia a la prensa.
La condena adicional por haber huido se ciñó a las leyes del estado de Nueva York; sin embargo, esta condena adicional es injusta, por cuanto es atentatoria a los derechos humanos. Esto merece una explicación remontándonos a las raíces de nuestras doctrinas liberales.
En mis estudios he llegado a la conclusión de que el origen de las doctrinas liberales se dio en España en el siglo XVI, por obra de monjes dominicos que eran profesores de filosofía y teología en Salamanca y otras universidades. Como soy anticlerical, no dejé de asombrarme del hallazgo. Resulta que en España en el siglo XVI, cuando el catolicismo manifestaba su más salvaje, sanguinario e imperdonable cariz, pues al mismo tiempo hizo planteamientos que sentaron las bases del pensamiento liberal.
El primero de los dominicos españoles de referencia fue Francisco de Vitoria, nacido en Burgos, en Castilla, entre 1483 y 1486, habiendo muerto en 1546. En esta historia del presidiario prófugo, no viene al caso tratar del pensamiento de Vitoria, sino sólo del aspecto que concierne a lo narrado. Vitoria consideró que es lícito que un condenado a muerte huya, porque la libertad se equipara a la vida. La condena puede ser justa y consecuentemente el castigo, pero aun así el condenado conserva la voluntad e incluso el derecho a salvarse.
Los animales procuran su libertad, así haya las excepciones de los que prefieren la domesticidad. Pero los encarcelados en zoológicos no hay duda que prefieren la libertad. Lo mismo ocurre con los reclusos en cárceles, máxime si han sido condenados a pasar sus vidas en prisión.
Por el mismo principio, es lícito que los prisioneros de guerra procuren evadirse. Si son recapturados y fusilados, o incluso castigados por haber huido, estos castigos son crímenes de guerra.
Por lo expuesto, al haber multado al prófugo de la cárcel en Nueva York, se actuó contra los derechos humanos.
El autor es escritor.
Columnas de BERNARDO ELLEFSEN















