Seguridad, neurosis y los verdugos
La inteligencia se difunde a los objetos. La ciudad se hace inteligente, se la siembra de cámaras, es mejor que una mosca, con miles de ojos avizores. Todos los criminales deben sentirse vigilados, o todo ciudadano sentirse sospechoso. No más robos ni asaltos, tampoco violaciones. La violencia bajo techo se puede controlar con sensores de audio y movimiento. Es ulular de sirenas que la Policía contempla.
La vigilancia y el castigo no son esposas, no siempre van juntos. La astucia juega entre los buenos y los malos: los buenos pueden volverse perversos, los malos gentiles. La vigilancia no es preventiva sino moviliza a nadie, las cámaras están bien instaladas, el policía como la gente es voyerista, se lincha ante un público en 3D. Los castigos, capitales o menores, sólo tendrán efecto si se aplican a rajatabla, o serán diversión de chicaneros.
Los “padres de la patria” emiten leyes a chorros (consideran que su eficiencia se mide en cantidad no en mejora legislativa), abrogaran, derogaran. Con suerte sus leyes serán estudiadas en las universidades, su destino más común será los anaqueles. Nada escapa a la legislación boliviana ni siquiera como socapar los delitos. Las mismas leyes incluyen incisos para infringirse. Los legisladores sólo ansían estampar su firma en el flamante código. El pueblo en neurosis reclama más leyes y endurecer las penas; el pueblo es incauto, él mismo cría los cuervos. En tiempos precolombinos se dice que no existía el delito, no se lo erradicó por amor sino por miedo. Sin radicalismos, las leyes no producen seguridad sino se acatan.
Un decálogo de catecismo puede hacer mucho más que cientos de cámaras, filmar los delitos no los elimina, tal vez haga de los criminales actores exhibicionistas. Sin duda, facilitará el trabajo de los detectives, les hará fútiles; no más sabuesos tan sólo captores. La vigilancia, no es preventiva, pero revolucionará la caza del delincuente. Los policías, “guardianes de la ley” tienen sublimado su instinto criminal, ¿más policías más seguridad? (según norma ministerial se necesita un policía por cada 250 personas). Bolivia tiene uno para 304 y abandona a 54 indefensos. En Suiza un policía para 455; los nórdicos, acostumbrados a lo excepcional, como Suecia que tiene un policía para 476 habitantes, y su vecina Noruega, uno para 582; y la cereza de la torta (estos no deberían pegar un ojo) en Hungría: un policía para 1150. No ser medrosos, no soñar con la utopía húngara y desmantelar a un tercio la fuerza policial, más policías no son más seguridad, emulando a suizos y nórdicos, la seguridad ciudadana no viste uniforme policial.
Leyes, vigilancia, verdugos, ejecuciones en público, se porta armas, expertos en artes marciales (son pertrecho de ambos bandos). Se respira profundo… se capacita no se educa. Una frase en la prensa escrita dice: “ciudad culta, ciudad limpia”; falta “ciudad segura”. La vigilancia se incrementa en relación directa al incremento del crimen, como mancuerna. Las ciudades que crecen rápidamente son un fermento, son incultas, sucias e inseguras. Si crecen demasiado rápido, se llenan de basura, de gente no educada, exasperada, neurótica. Todos se sienten víctima y mira al vecino con sospecha, y los mismos criminales pierden la sangre fría. Se ejecuta a un supuesto ladrón, el ladrón mata por una cartera. Las violaciones se multiplican, los lupanares se clausuran, se amplían las cárceles. Suena banal, pero en esta ecuación, la seguridad se aumenta no mejorando la vigilancia ni las leyes; es del otro lado, es cuando la gente se relaja y se educa.
El autor es administrador de empresas.
Columnas de GUSTAVO L. QUIROGA MERCADO





















