Entre tragedia y ridiculez
Hace unos días, como cada 23 de marzo, desde hace ya casi un siglo y medio, los bolivianos hemos conmemorado el “Día del Mar”, fecha que llegó a ser la segunda más importante de nuestro calendario cívico después del 6 de agosto.
Este año la jornada fue muy diferente a la de años anteriores. Muy diferente sobre todo a la del año pasado, cuando el gobierno de Evo Morales no escatimó esfuerzos para darle un ambiente festivo, como para clausurar ese día una larga historia de derrotas y frustraciones e inaugurar otra sobre la base de un triunfo en La Haya, algo que se daba por descontado.
La máxima expresión de ese espíritu, que es el que orientó a lo largo de todo el año la política comunicacional propagandística del Gobierno, fue una comparsa organizada por funcionarios gubernamentales. Aunque ya habían terminado los festejos carnavaleros, se disfrazaron de magistrados de la Corte Internacional de Justicia y así circularon por las principales calles paceñas para cosechar aplausos y vítores. Y lo peor es que lo consiguieron, pues en el ambiente de chacota que se impuso esa jornada, tan absurda idea no desentonaba.
No fue casual que tan extraordinaria ridiculez hubiera, en su momento, pasado casi desapercibida, pues no era más que el cabal reflejo de la ligereza con que –desde las más altas jerarquías gubernamentales– se rebajó al nivel de un acto proselitista lo que tenía que haber sido una muy seria política de Estado. El despliegue de la “la bandera más grande del mundo”, zurcida con pedazos de tela azul intenso, como el emblemático del MAS, en vez del celeste original, fue la más fiel expresión del extravío en que cayeron nuestros gobernantes, enceguecidos por la ilusión de un fallo favorable y la tentación de afianzar sobre esa base su proyecto de perpetuación en el goce del poder.
Por obvio contraste con ese antecedente, los deslucidos actos del pasado 23 de marzo recién pasado dieron cabal cuenta de lo hondo que caló, en el ánimo colectivo, la fulminante derrota sufrida en La Haya. Tanto, que ni los más mesurados discursos de funcionarios gubernamentales lograron librarse de cierto aire de ridiculez cuando intentaron minimizar –como lo vienen haciendo desde el 1 de octubre de 2018– la enormidad del revés sufrido.
Que todavía haya, entre los asesores propagandísticos gubernamentales, quienes creen que el tema del mar puede ser usado para manipular los sentimientos de gente desprevenida es muy lamentable. Pero lo es mucho más que sea el presidente del Estado quien encabece esa fórmula que, además de reflejar un profundo desprecio por la inteligencia colectiva, expone a su gobierno, y al país entero, a la burla internacional.





















