Estabilidad y democracia
La estabilidad democrática debe extender los derechos individuales y colectivos de las personas ya que desde hace más de 14 años se la ha manejado como una política de Estado. A pesar de las idas y venidas de nuestra política, se puede decir que existe estabilidad y aunque sea pretexto para todo y para muchos, también se puede afirmar que tenemos democracia, pese a que a nombre de ella se hayan cometido muchos y controvertidos excesos.
El modelo de desarrollo y crecimiento económico ampliamente publicitado por la gestión anterior parece haberse detenido en el tiempo y hoy estamos tras la condonación de la deuda como principio del nuevo modelo. De, supuestamente, ser el referente regional como líder en crecimiento económico, ahora nos debemos enfrentar a una nueva política social y financiera. El crecimiento del producto interno bruto (PIB) era, en promedio, de un 4,82% entre 2009 y 2017. Para este nefasto 2020 registra una tasa negativa de 6,2%; la inversión pública creció de 629 a 7.500 millones de dólares hasta 2018, lo que determinó que la fortaleza económica del país creciera en un 585%, exactamente todo lo contrario con la Bolivia de hoy, sumida en una plena recesión.
El Gobierno apunta a volver al crecimiento con fuerte apoyo de la inversión pública y, obviamente, de la política distributiva de bonos existentes y de los nuevos ofertados electoralmente. Especial atención habrá que tener con la tasa de desocupación actual que, de acuerdo con el INE, alcanza al 8,7%, equivalente al doble del 4,48% logrado hasta 2018.
Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), Bolivia tiene 11,3 millones de habitantes de los cuales 3,9 millones son pobres, lo que asigna la importancia de otorgar más recursos a la población en situación de pobreza, variando el fortalecimiento de los ingresos laborales mediante la provisión de transferencias públicas (bonos) y el fortalecimiento de los sistemas de protección social (salud y educación). En todo caso, ignorar el problema salud afectará profundamente a la estabilidad, condición exclusiva para el país y el Gobierno en tiempos de pandemia y crisis financiera.
A diferencia de los tiempos de la democracia pactada –característica del modelo neoliberal que fracasó ante la crisis de representación política, inestabilidad, conflicto social permanente y dependencia externa– la democracia actual supera las expectativas de propios y extraños volviendo a apostar por el “proceso de cambio”, una monolítica estructura política, y el desarrollo de políticas públicas desde una agenda centralista. La estabilidad y la democracia generan un debate condicionado a los resultados del manejo de la política administrativa, a la inversión pública, a la industrialización de los recursos naturales, los aciertos de la inclusión social, la equidad, la guerra contra la corrupción, la distribución de la riqueza y, por sobre todo, el papel del Estado en la economía del país.
La democracia de hoy encuentra a las fuerzas políticas de oposición en competencia con el partido oficialista para que se les reconozca un espacio de debate y aporte de fiscalización y acuerdo. Tienen la debilidad de no estar bajo el manto de una estructura partidaria sólida y unitaria, no responden a un partido y menos a una filosofía política, solo se deben al soberano y, por lo tanto, están comprometidos con la otra mitad de Bolivia. Será imperativo rechazar lo malsano denunciar el oprobio y aprovechar la extraordinaria oportunidad de servir al país con calidad y honradez.
La búsqueda de mayor igualdad tiene el objetivo concreto de impulsar el crecimiento, apunta a dinamizar el mercado interno para reimpulsar ese crecimiento económico, retornar al rol de la redistribución del ingreso más efectivo y mucho menos electoralista que antes, con lo que se puede devolver al país un modelo económico diferente y exitoso.
El autor es politólogo
Columnas de FERNANDO BERRÍOS AYALA

















