
ERRAR ES HUMANO
Mientras el abuelo Julián inhalaba y exhalaba como un viejo acordeón, el mundo parecía ir al revés, no era que todo estaba en un caos completo, como pasó a fines de 2019 o en el tiempo de la peste, más bien era que todo estaba demasiado tranquilo.
El abuelo Julián era el mueble más viejo de la casa, había visto cómo ponían la primera piedra de aquel hogar y supo afrontar todas y cada una de las reformas que luego supieron mal emprender sus descendientes.
Cuando Dora Quispe se lo proponía, no había ser vivo que la convenza de lo contrario. Así fue también la noche del primer domingo de diciembre, cuando su nieto fue a saludarla y ella notó que el joven tenía el rostro quemado por el sol.
—Tendrás que ponerte rodajas de tomate y tener mucha paciencia —dijo Dora Quispe.
El nieto nunca lo haría y dejaría que su piel se descame por días y noches de incomodidad, semejando el tronco de un eucalipto.
Ladislav Miljenko tuvo que inspirar hondo para contener la bronca contenida que cargaba en el corazón: su rabia y frustración se arremolinaban en un ovillo que crecía y se sacudía en un viaje de ida y vuelta entre su garganta y sus intestinos.
Sumida en la más absoluta impasibilidad, quizás devorada por los reiterados años de olvido o empolvada por el aserrín que iba acumulándose sobre ella desde los tiempos de la Independencia, Bolivia Bolívar escuchaba impávida la efusiva discusión que ebullía delante suyo; sus nueve hijos se enfrascaban en una lucha verbal que parecía coronar el problema que alguien supo mal poner sobre la mesa: el paro.
Como solía suceder el día de Todos Santos, Ruperto Tajibos volvió al mundo, era un día de sol, de esos que en vida él solía aprovechar para ir a la tienda a tomarse un par de cervezas con sus dos compadres del alma.
En aquella ocasión, cuando se acercó a la mesa que sus seres queridos habían preparado afanosamente para él, extrañó un poco la vida, con todo y sus altas y bajas, con todo lo bueno y lo malo, con sus bendiciones y maldiciones.

