Identidad de clase y de etnia entre universitarios
El espacio universitario es visto por los jóvenes, principalmente de extracción popular, como un lugar que les permitirá surcar el estigma etnoracial
Hace algunos años, una Universidad privada difundía un banner inmenso en las avenidas de la ciudad, donde aparecía un obrero en la parte exterior de un edificio, limpiando los espejos resplandecientes de unas oficinas ubicadas en los pisos más altos. El trabajador pendía de una frágil soga y unas tablas que lo sostenían de caer en el abismo, mientras realizaba su labor. Enfrente de él, unos espejos raibanizados, impenetrables a la mirada, pero también a la existencia del trabajador, le devolvían su imagen suspendida en el aire. A los pies de la gigantografía, una pregunta completaba el sentido de la propaganda: ¿De qué lado de las ventanas quieres que trabaje tu hijo?
Las ventanas eran la metáfora de esa Universidad: símbolo fronterizo que separa a las clases sociales; pero también, una vía para eludir la proletarización —cuyo posible destino, es una caída en el abismo— y una promesa de aburguesamiento.
Aunque éste no es el significado exclusivo de quienes promueven y buscan una carrera universitaria, parece ser el predominante. A lo largo de nueve años de docencia en la Universidad Pública —donde predominan estudiantes de origen popular— he podido verificar que la crueldad clasista de aquel banner, reproducía un imaginario dominante: “abrir mi propia empresa”, “tener mi propio negocio”, “ser gerente propietario”, “ser empresario”, es el significado predominante que todos los semestres encuentro al preguntar a los estudiantes de primeros semestres de Economía, sobre los motivos que los trajeron a la Universidad.
Hace poco realicé un sondeo en el que pedía a los estudiantes que escogieran a qué oficio aspiraban, y con cuáles de las siguientes categorías ocupacionales se identificaban más; y, menos: empresario, dueño del IC Norte, campesino, albañil, lustrabotas, empleada doméstica, profesor normalista, accionista de banco, micrero, periodista (incluido un espacio vacío donde ellos podían poner una ocupación de su preferencia). En tanto el 80 por ciento de los estudiantes respondió que aspiraba a ser empresario o accionista; el 100 por ciento sostuvo que lo que menos quisiera ser es albañil, campesino o empleada doméstica.
En las Universidades se actualiza un conjunto de “principios de clasificación” del mundo que se fueron formando a lo largo de la trayectoria escolar. Nuestros estudiantes interrogados recordaban que sus maestros de escuela les decían que si no estudiaban, serían lustrabotas, empleadas, o realizarían oficios equivalentes. Por el contrario, un buen desempeño escolar, decían estos maestros, sería recompensado por un puesto de alto dignatario del Estado o empresario.
En la Universidad, donde se actualizan estos imaginarios, a través de un título los estudiantes aspiran a ocupar una posición en el mundo cuya significación, además de social, es etnoracial. Cuando dimos clases en la carrera de Trabajo Social, donde había una abrumadora cantidad de estudiantes procedentes de zonas rurales, hicimos un sondeo sobre las razones que los llevaron a ingresar a la Universidad. Recurrentemente nos contestaban: “para no ser como nuestros padres”. A sus ojos, la educación universitaria era un espacio que les permitiría salir de la condición de subalternidad y de desprecio que vivieron sus ancestros; una suerte de “pedagogía de la liberación”; aunque en una abrumadora mayoría, la educación universitaria significaba un rechazo de la condición campesina, como paso previo a la reconversión etnoracial.
Fue Carlos Medinacelli quien, en El Huayralevismo, señaló con el dedo a los hijos de los llamados “cholos”; quienes, para modificar su condición, ingresaban en la carrera de derecho donde “todo el mundo quiere ser doctor”.
Desde el punto de vista de los estudiantes, el espacio universitario se halla axiológicamente jerarquizado, en líneas de clase y de raza: “enfermería es la carrera de las imillas y de las cholas”, decía un grafiti escrito en los baños de una carrera de la facultad de humanidades. En efecto, entre los estudiantes, la situación de la enfermera es representada muy por debajo de donde se representan aquellos que aspiran a ser “doctores”, “ingenieros”, “empresarios”, por ejemplo.
El espacio universitario es visto por los jóvenes, principalmente de extracción popular, como un lugar que les permitirá surcar el estigma etnoracial; y, si no adquirir, por lo menos aproximarse a la condición de las clases dominantes; eludir el abismo proletario y transitar, atravesando la ventana, hacia las oficinas de los señores. A la manera de los antropólogos, podría verse la carrera profesional y la adquisición de un título universitario, como un “rito de paso”; esto es, una tentativa de transfiguración de una condición etnoracial y de clase subalternas; hacia una condición burguesa y mestiza.
En la mayoría de los casos, la promesa del aburguesamiento mestizo no se cumplirá. No obstante, en los sectores subalternos persiste la representación del espacio universitario como el lugar que propiciará esa transfiguración. Parafraseando a Marx y Engels en La Ideología Alemana: entre los jóvenes universitarios, como en la sociedad, la ideología dominante es la ideología de la clase-etnia dominante; perspectiva que en un libro de reciente aparición hemos denominado “la concepción del mundo de la gente decente”.
El autor es docente-investigador en el IESE-UMSS.
Columnas de LORGIO ORELLANA AILLÓN




















