El valor simbólico de un arbolito
El arbolito arrancado primero y repuesto después se ha constituido en todo un emblema representativo de una doble causa: la defensa de los árboles urbanos y contra la privatización de las áreas públicas
Un acto que consistió en arrancar de raíz un arbolito en la avenida San Martín para ampliar el espacio para los vendedores callejeros, el pasado miércoles, ha desencadenado una muy vigorosa reacción de la ciudadanía. Ha sido tanta la indignación y tan masiva la reacción de protesta a través de las redes sociales, que la Alcaldía se ha visto obligada a dar marcha atrás y reponer el arbolito erradicado, atreviéndose incluso a desobedecer lo dispuesto por la poderosa organización que aglutina a los comerciantes.
Visto aisladamente, el hecho puede parecer poco relevante, pues un árbol más o menos, o un metro más o menos de acera conquistada por los vendedores resulta insignificante frente a la sistemática deforestación urbana y al incontenible avance de comerciantes sobre calles, avenidas, plazas y plazuelas de nuestra ciudad.
Sin embargo, y precisamente por la gran magnitud que ambos males han alcanzado en Cochabamba, el caso del arbolito dela San Martín adquiere un extraordinario valor simbólico. Es que el arbolito ha sido asumido como un emblema representativo de una doble causa: la defensa de los árboles urbanos y contra la privatización de las áreas públicas. Es como si en el punto donde fue arrancado y replantado después el árbol de la discordia se hubiera trazado una línea divisoria.
Igualmente significativo es el papel que en esta pugna juega la Alcaldía Municipal. Hasta ahora –y no nos referimos sólo a la actual gestión sino a una ya larga tradición que se remonta a las últimas dos o tres décadas– el gobierno edil, lo que incluye al Concejo Municipal, ha actuado sometido a los designios de las organizaciones que representan a los comerciantes. Es tan grande el poder económico y político que ha acumulado este sector, como los transportistas, que ante él se han doblegado todos los gobiernos municipales de los últimos 25 años.
Algo muy similar puede decirse sobre el papel que juega el gobierno municipal en el proceso de deforestación urbana. Se trata de una política tan adversa a la protección de los árboles que se puede sintetizar en los argumentos esgrimidos por la intendente para justificar su acción.
Esa es una muy pequeña pero representativa muestra del extravío edil al que nos referimos, pero no la única. Basta ver la condescendencia con que el gobierno municipal se presta a destruir cuanto árbol frondoso queda en Cochabamba para dejar espacio a los cables de Elfec, Comteco, Entel y otras empresas prestadoras de servicios, para constatar que no es casual el hecho de que nuestra ciudad esté siendo paulatinamente convertida en una especie de horno cuya temperatura, sequedad, contaminación e indefensión ante los rayos ultravioleta del sol ya son incompatibles con la salud de sus habitantes.
En ese contexto y con esos antecedentes, resulta irrisorio el despliegue de demagogia ambientalista con que tres veces al año se realiza el “Día del Peatón”. Es que se ha desvirtuado tanto el sentido original de esa jornada, que cada vez se parece más a un ejercicio de autoexculpación colectiva, como si tres ceremonias contra la contaminación al año fueran suficientes para lavar las culpas acumuladas durante los 362 días restantes.




















