Jukumari, un oso fuerte con fama de enamoradizo

Cultura
Publicado el 14/09/2018 a las 0h00
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Han dejado todo y han huido. La chacra ha sido abandonada y una familia de campesinos que tiene hijos jóvenes se quedó en el pueblo y decidió no volver más al campo. Todo debido a que vieron a un jukumari rondar por el lugar.

El jukumari (oso andino) es un animal temido y admirado por los humanos, y que, curiosamente, por su parecido al hombre más misterios inspira. En las zonas donde habita, los pobladores no pueden dejar de hablar de él y, sobre todo, los abuelos se han encargado de difundir una gran cantidad de mitos sobre su existencia.

Al oso andino se lo representa como a un ser que tiene cierto parecido con el hombre, pero muchísimo más velludo, camina sobre sus patas traseras y, aunque no habla, en su rostro parece que se esboza siempre una sonrisa. Sobre su angosta frente cae un cerquillo de pelos largos y para mirar se descubre el rostro apartando los pelos con su diestra.

El oso es ágil y fuerte, habita principalmente en los bosques y sube con facilidad a los árboles. Es temible en la batalla con los hombres. Se ha difundido el mito de que se enamora de las mujeres jóvenes y las atrapa para asegurar su descendencia, y sus hijos varones repetirán ese terrible designio.

La leyenda del jukumari es muy comparable a la tragedia de Edipo Rey, de Sófocles, en la que Sigmund Freud se inspiró para explicar el complejo de Edipo y es muy probable que haya sido introducido en América a través de los españoles en la época de la Colonia. El relato, contado en distintas versiones, unas con un final más trágico que otras, ha sido difundido a lo largo de las zonas boscosas de los Andes, desde Venezuela hasta Argentina, pasando por el parque Carrasco y Altamachi, en Cochabamba, donde se cree que el oso es más bien un mono que secuestra mujeres.

Sobre el origen de la existencia de los jukumaris, una de las historias cuenta que fueron una raza de hombres muy fuertes que se alejaron de sus congéneres y se internaron en la selva.

Uno de los relatos más conocidos cuenta que una vez hubo un oso andino que se enamoró de una joven pastorcita y un día se la llevó a su cueva. Allí tuvieron a un hijo, pero cuando vio a unas gentes, la pastorcita empezó a sentir pena y a añorarsu comunidad. El oso, al ver la tristeza de la pastorcita, se puso celoso y tapó la entrada de la cueva con una roca. Su pequeño hijo le prometió a su madre mover la roca cuando crezca para huir de la cueva. Y así, un día, su hijo apartó la roca y los dos salieron de la cueva.

En el mundo, afuera, el joven hijo del oso y de la pastorcita tuvo muchas aventuras en las que demostró un inmenso coraje y una fuerza sobrehumana. Un día, su madre estuvo a punto de morirse y le instó a que vaya a traerle a su padre, pero murió antes de que él partiera. Luego el joven fue a reunirse con su padre y los dos vivieron felices, hasta que éstetambién murió.

Entonces, el hijo enterró el cuerpo de su padre junto al de su madre y allí los dos cuerpos se entrelazaron e hicieron brotar un hermoso árbol. Desde aquella vez, a la sombra de éste, los amantes encuentran el consuelo que han perdido y sus corazones vuelven a reverdecer.

Otro relato recogido señala que "el jukumari es un bicho peludo que tiene mucha fuerza, tanta que puede romper de un solo manazo ramas muy gruesas de los árboles más robustos... es una mezcla de un oso macho y de una mujer humana... por eso tiene tanto pelo que le cae hasta la cara... la hembra roba a los hombres y el macho carga sobre su espalda a la mujer cuando la rapta...". (Yañez: 1993)

Otra historia, relatada por el biólogo Renzo Vargas, y que fue recuperada en sus investigaciones sobre el oso andino, señala que los campesinos creen que el jukumari es mitad hombre y mitad oso, y que para preservar su descendencia debe secuestrar a una mujer. El “jucu”, tras robar a una mujer y cargarla en su hombro, se interna en las montañas y la encierra en su cueva. Al pasar los años, nace su retoño. Y aunque éste también es mitad hombre y mitad oso, su madre le enseña todo como a un humano. El pequeño promete a su madre que al crecer retirará la enorme piedra y huirán. Y eso ocurre en ausencia del oso. Cuando éste vuelve a su cueva, en lo alto de la montaña, descubre el hecho y se enoja muchísimo. Sale bramando y se hace un ovillo para bajar más rápido en una desesperada persecución por recuperar a su hijo y a su mujer.

Madre e hijo llegan al pueblo y viven tranquilos un tiempo. El joven es un hombre cubierto de pelos y sus amigos se burlan de él. Un día, el muchacho pelea con uno de ellos, le da un golpe que lo deja inconsciente en el piso. La gente del pueblo se alborota y la madre le dice al hijo que huya a las montañas y que busque a su padre para vivir con él...

Enrique Gareca Arzabe, en su libro Macuti, cuenta otra leyenda del jukumari. Él relata que hace muchos años, unas bestias dotadas de una fuerza descomunal vivieron un periodo de decadencia por factores pasionales. Ante tanto desconcierto, acudieron al jukumari más viejo para que les diera un sabio consejo. Éste dijo que al igual que el águila real, señor de las alturas, los jukumaris, también habitantes de las alturas, son dueños de todo lo que domina su mirada. A partir de aquel día, se dispersaron en busca de aventuras. El más viejo ya estuvo observando a una mujer hermosa, sin pelos, que entre todas las demás se destacaba por su donaire. La conoció una tarde, tiempo atrás, y quedó embelesado con su encanto, con su voz dulce y tierna. La contemplaba desde lejos extasiado, escondido entre los arbustos, cada vez que se bañaba en las aguas cristalinas del arroyo. Un día, la contempló hasta que ella se desnudó y, sin pensarlo dos veces, él corrió y tomó a la doncella, la cargó en su hombro como si fuera una hoja y se refugió en la espesura del monte. Cuando llegó la noche, la mujer desnuda, tiritando de frío, no tuvo más remedio que cobijarse en los brazos del caliente y sudoroso animal. Caminaron varias horas y descansaron para comer frutas hasta que llegaron a un cerro. Allí vivía el oso, en un hueco tapado con una enorme piedra que hacía de puerta. El jukumari retiró la piedra e introdujo a la mujer en la cueva tétrica de la que emanaba un olor nauseabundo.

Lo mismo ocurrió con una jukumari que secuestró a un hombre que también fue encerrado en una cueva hasta que nació su hijo. Nunca dejó de soñar con su emancipación y educó a su hijo de manera sumisa y obediente. Le contó historias maravillosas de la vida social de su tribu y el muchacho se ilusionaba. A medida que creció, su cuerpo era de jukumari, pero era un ser humilde, cariñoso y de buenos sentimientos.

Cuando huyeron, la jukumari los descubrió e intentó evitarlo, pero el muchacho arrancó un árbol, se lo arrojó y rodó hasta caer a un arroyo. Caminaron por mucho tiempo en bosques vírgenes hasta que llegaron al pueblo de su padre. Padre e hijo se reunieron con la comunidad y les pidieron quedarse en el lugar. El consejo del pueblo se reunió y decidió la suerte de ambos; las madres ablandaron su corazón e influyeron para que se quedaran. Al principio todo fue tranquilidad, hasta que un día, tras beber unos tragos, el hijo del cacique agredió al padre del muchacho y éste lo empujó con una fuerza que lo dejó tendido por varios minutos en el piso. El padre decidió irse con su hijo para evitar mayores problemas y nuevamente se internaron en el bosque. Los pobladores de esa comunidad, que no querían quedarse tranquilos porque consideraban que los jukumaris eran un peligro para ellos, pensaron en darles un gran escarmiento, mataron a una de estas bestias, la descuartizaron y la colgaron en un lugar visible como advertencia de que nadie puede meterse con los hombres. Entre ellos continuaron peleándose y de los jukumaris nunca más se escuchó.

 

La tradición

Una versión del jukumari, que parece haber cruzado el océano Atlántico con los españoles, cuenta que el "oso" y la mujer conciben un hijo que tiene el cuerpo cubierto de pelos, pero de rostro humano. El hijo y la madre escapan, el primero mata al padre, que ha salido en su persecución, ahogándolo en el río. El niño mata a varios de sus compañeros que se burlan de él porque es peludo. Causa diversos problemas al cura (de quien es ahijado), por lo que aquél lo envía a combatir a un condenado. El hijo del "oso" lo salva, aquél se convierte en una paloma blanca. Antes de irse al cielo, le entrega al joven un tesoro y la mano de su hija. Al final del cuento, el héroe pierde su fuerza descomunal (Capolleti, 1983).

El cuento del hijo del oso, popular en Europa en la época de la Conquista, fue introducido desde España en el continente, logrando gran difusión. Historias que tienen por tema a un "oso" o al hijo de éste fueron recogidas también entre grupos indígenas. En el proceso de adopción y adaptación surgieron oleotipos, como el encuentro del "hijo del oso" con un condenado (que de algún modo es el equivalente al ser demoníaco de las versiones europeas), y el episodio del cherrufe entre los araucanos (Capolletti, 1983).

La hipótesis aquí postulada, de que los relatos de "osos" en América del Sur son el producto del encuentro de dos tradiciones, una autóctona y una introducida desde España, resolvería la polémica suscitada entre Morote Best y Alcides Arguedas. El mencionado autor sostuvo el origen peruano de "Juan el oso", basándose en un comentario hecho por Lizárraga en 1946, acerca de la existencia de osos que raptaban mujeres. Este informe procede del siglo XVIII y se refiere al valle de Cochabamba en 1957. Arguedas, en 1960, afirmó que tal relato es de indudable origen europeo. La figura del "oso" aparece además en un marco distinto al de la narrativa: el oso aparece en diversas festividades y danzas andinas y muestra una fusión de elementos andinos y españoles (Capolletti, 1983).

El "oso" fue el talismán para los primeros nativos, quienes en la época de cultivo viajarían por días enteros, ascendiendo hasta 20.000 pies hacia los Andes, para regresar con un gran trozo de hielo de la tierra del oso sobre sus hombros. Un jinete mestizo hace un siglo enlazaría al "oso" y lo mataría a garrotazos, para beber su sangre cálida y así comunicarse con sus dioses (Stolzenburg, 1997).

 

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El oso que busca mujer Se ha di­fun­di­do el mi­to del oso, ágil y fuer­te, que se ena­mo­ra de las mu­je­res jó­ve­nes y las atrapa pa­ra ase­gu­rar su des­cen­den­cia, y sus hi­jos va­ro­nes repetirán ese terrible designio.
Archivo

EL ORIGEN

Una historia de larga data

Los nativos de los Andes conocen a su “oso” como un ser con poderes sobrenaturales. Desde los antiguos pobladores anteriores al imperio Inca se encuentran descripciones del “oso” como un símbolo de cambio, un conector entre el cielo y la tierra, entre el bajo mundo de las selvas y el mundo superior de los altos picos Andinos.

Stolzenburg, 1997

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