Lo deseable y lo real en Achacachi
Les pido considerar de entrada un consejo de los antiguos griegos: para tomar decisiones en política antes que apelar a la aplicación de las leyes debemos intentar apelar a las costumbres.
Esto es perfectamente aplicable al conflicto en Achacachi, donde las lecturas sobre este problema se dividen en dos argumentos: a) quienes apelan a que es un conflicto puramente legal y local y b) quienes se empeñan por minimizar el alcance del liderazgo del Mallku, asemejándolo como parte del equipo proimperialista de la derecha boliviana.
A la opción a) la titularía como parte de la democracia del deber ser y a la opción b) como la democracia en la práctica.
Si estuviéramos en un momento opción a) entonces podríamos decir que la sensación de que quienes detentan poder en todos los niveles del Estado no se relaciona para nada con impunidad, o favorecimiento de poder y, que por tanto, existe un estricto apego a las leyes, repito por todos, entonces creeremos que esta es la explicación más adecuada, porque el sistema de justicia en el país es algo cuyo buen funcionamiento podemos presumir.
Aquí, en el caso del conflicto de Achacachi, entraría la idea de que el famoso control social funciona muy bien y que, por tanto, hay que agradecer por ello a los representantes sociales que hacen un estupendo trabajo.
La opción b) nos conduce a entender un mensaje de partida: la política es sinónimo de constante lucha y conflicto.
Ojo que no quiero decir nada marxista, sino que hay que ser conscientes de que en un medio donde la ideología y la identidad son dos factores tan débiles, mientras que los intereses son predominantemente importantes, entonces estamos frente a la posibilidad de la repetición de más escenarios achacacheños.
Sospecho que el famoso control social ha funcionado bien, más cuando en el caso de Achacachi tienen ustedes una conformación de su concejo municipal compuesto por: tres del MAS, dos del MPS, uno de ASP, y uno de Sol.bo.
En ese escenario necesitas tener cuatro concejales de tu lado.
Entonces, más que autoridades atentas por buscar que los proyectos funcionen bien y en armonía con la sociedad, lo que tenemos son grupos de interés.
En esta especie de teatro de política real donde funcionan las cosas, sí que puede valer el análisis de conflicto rural versus urbano, en Achacachi.
Entonces, quién es interpelado como autoridad, lo menos acertado que puede hacer es utilizar la estrategia pueblo versus imperio.
Y aunque la memoria histórica sea frágil, en este caso no hay que menospreciar tanto a la gente, porque Felipe Quispe podrá ser un líder de duras maneras con quienes no forman parte de su “raza”, pero de ahí a suponer que forma parte de un maquiavélico plan digitado por el gringo que hoy capitanea el Imperio, juega en contra de quien lo plantea.
La política práctica obliga a observar y analizar las distintas batallas a las que se enfrenta uno como Gobierno y, entonces, hacer un tratamiento distinto según ciertas circunstancias.
Si se pensara en recuperar terreno electoral perdido, ésta es una oportunidad de oro para activar los mecanismos institucionales desde el Estado, para ayudar a solucionar este conflicto de ingobernabilidad municipal.
Cuidado, que lo otro que puede estarse gestando, pasa por la tesis de que los acuerdos entre dos adversarios internamente heterogéneos (Achacachi, Tipnis, maestros, etcétera) son más próximos de obtener que entre adversarios con una cohesión fuerte, porque los primeros tienen más puntos de coincidencia.
Por tanto, no estamos hablando de que las dos Bolivias sigan separadas, hay algo que poco a poco las va uniendo y no es precisamente algo positivo, sino que se traduce en una suerte de descontento generalizado mezclado con un distanciamiento de la calle de quien hoy nos gobierna.
El autor es politólogo y docente universitario.
Columnas de MARCELO AREQUIPA AZURDUY




















