Los vértigos de un egiptólogo en Egipto
A Salvador Romero Ballivián:
Querido amigo, pongo tu nombre al frente de este Prólogo, publicado ahora en la prensa a manera de reseña literaria, porque gracias a las líneas que sobre mi novela escribiste, la obra adquirió, al menos para mí, una autoridad con que no contaba. Acepta este pequeño homenaje de mi gratitud, que, por grande que sea, no llegará a la grandiosidad de tu generosidad para con mi libro (IV de R).
Ignacio Vera de Rada es, sin duda, el más precoz, prolífico y versátil autor de su generación, aquella que se abre brecha y debuta en los años siguientes a la pandemia, disputando y ganando progresivamente su espacio en el mundo de la ficción y el debate de ideas. En efecto, comenzó temprano su trayectoria. Apenas superados los veinte años, todavía estudiante en las dos carreras que cursó en la Universidad Católica Boliviana, Ciencias Políticas y Comunicación Social, en 2015 publicó su libro inicial, el poemario Mocedades. Desde entonces, casi ha sumado un título por año y en el inicio de la treintena cuenta con siete libros propios, sin contar artículos en prensa y textos en revistas especializadas. Además del ritmo, sorprende la variedad temática de su obra, pues incluye poesía, novela, biografía, historia y ensayo.
Ese recorrido agrega un toque singular que coloca el trabajo de Vera de Rada fuera de los caminos habituales, que lo ubica en una posición periférica, asumida como tal, que probablemente lo enorgullece más que mortifica. Ella refleja un posicionamiento intelectual y político distante, crítico y escéptico con la modernidad, quizá con los tiempos que le han tocado vivir. Al romper lanzas, se ha volcado hacia una forma de clasicismo, probablemente no ajena a su decisión de estudiar lenguas clásicas en la Universidad de Salamanca. Esa huella marca sus publicaciones. Así, la tragedia lírica Praxíteles en Olympia no solo se sitúa en la Grecia antigua, sino que está redactada en endecasílabos y heptasílabos, un auténtico reto a la poesía contemporánea. Su novela Valentina y Natalia evoca el estilo y las formas románticas decimonónicas. Empero, lejos de confinarse en lejanas latitudes y antiguos tiempos, igualmente se anima a medirse en debates candentes, apasionados y hasta polarizadores, como solo pueden ser las características de la identidad nacional –en el ensayo El laberinto de la bolivianidad–. También es llamativo que dedique su primera biografía a Guillermo Bedregal, una figura política del nacionalismo revolucionario no exenta de polémica y también prolífico ensayista.
Esta diversidad de rasgos converge en la novela El último jeroglífico. Representa una forma de homenaje a la cultura egipcia de los Faraones, admirada tanto por el autor como por el personaje central, un reputado egiptólogo británico, obsesionado con elaborar una nueva teoría sobre los jeroglifos, capaz de rivalizar y superar la formulada por Jean-François Champollion. Como ya sucedió en Valentina y Natalia, hay manifiestos toques autobiográficos y la novela es tributaria de un viaje a Egipto, abordado ya, en otro estilo y tono, en notas periodísticas. De hecho, El Cairo y el paisaje egipcio actuales tienen personalidad propia a lo largo de las páginas. El escritor y el personaje central se superponen en varios planos. Quizá haya en el segundo versiones exageradas, deformadas y extremas de las tendencias, inclinaciones, sentimientos, sensaciones y pensamientos del propio autor.
La historia se centra en el viaje de un hombre –maduro, asceta y austero, comprometido ante todo con el conocimiento– a Egipto, su terreno de investigación. Empero, esta visita no es una más, pues esta vez lo acerca a un punto de inflexión existencial mientras acomete el esfuerzo final por concluir una obra en la que deposita secretamente sus más altas ambiciones, pisando la tierra a la cual ha consagrado sus mejores años. Su concentración se distrae cuando las certezas sobre las cuales ha edificado su vida son asaltadas por la fuerza de la sensualidad, quizá del amor, una y otro solo insinuados y ambiguos; el misterio de lo divino que escapa a la comprensión de los hombres; las dudas sobre su propia trayectoria y la legitimidad de sus ambiciones y prioridades vitales. De pronto, una constante insatisfacción nace de una plenitud no alcanzada, esquiva en sus perfiles. El relato tiene acción, peripecias, intriga.
Sin embargo, su médula se halla en las conversaciones del profesor con personajes que apenas se cruzan en su vida, pero que agudizan su creciente incertidumbre; incluso en sus meditaciones solitarias en la habitación de un modesto hotel cairota. Ambas aproximan la novela a los bordes de cuestiones existenciales y filosóficas, en un formato clásico, aunque ya menos utilizado. Las referencias a filósofos hacen aún más explícita esa vía. Una y otra vez, el personaje retorna sobre las prioridades de la vida plena y realizada, en la contraposición extrema y sin medias tintas de las metas del saber y de la vida familiar; también cavila, a la luz del apogeo, destrucción y resurgimiento de Alejandría, sobre las ventajas y desventajas de épocas pasadas y presentes.
El atormentado profesor no rehúye el campo religioso. Más que afirmaciones seguras y perentorias, el agnóstico declarado, medita, pregunta, explora con humildad alrededor de la existencia de Dios, la infinitud del universo, la relación entre la materia y el espíritu. Ni el autor ni el personaje establecen conclusiones definitivas, aunque dejen entrever sus preferencias. El último jeroglífico es más bien una invitación para que el lector tercie en algunos de esos debates abiertos, y sin posibilidad de cierre, por la filosofía, la teología y la ficción literaria, mientras acompaña al personaje en el intento de completar una obra tal vez trascendental, tal vez equivocada, sobre el sentido profundo de los jeroglíficos, cuando su vida se tambalea al borde de cimas o abismos inquietantes.























