Una Baturra en la lucha democrática
El viaje transatlántico le hizo acumular dudas sobre la santidad contemplativa. La joven monja española advirtió sus propias vacilaciones. Llegó a la conclusión de que ese no era, del todo, el sentido de su vocación. Quizá en las mañanas maravillosas cuando el sol tiñe de dorado el ancho infinito del mar; o más tarde, cuando el crepúsculo lo envuelve todo y pinta roja la línea del horizonte; o bajo la bóveda inalcanzable de la noche con sus chispas que eran luces de estrellas tardías, en algún instante de esos días, se dio cuenta que su servicio tenía que estar más cerca de la gente común y mortal, para mejor integrarse en los meandros de sus sufrimientos y de sus gozos y sus alegrías .
Fue éste el camino que la llevó desde la potencial beatitud religiosa hacía la ética de la laicidad. Así, Raquel Gimeno se convirtió en una mujer nueva, íntegra, partícipe y activa en los años 70 de la lucha por la democracia y la libertad de nuestro país: mucha mujer.
Fue también en la cubierta del barco que la conducida aquende los mares cuando empezó su trayecto hacia una nueva categoría, la de la gente imprescindible, en la comprensión de Bertolt Brecht: “Hay quienes luchan un día y son buenos. Hay quienes luchan un año, y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay quienes luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.
Sus amigos y sus compañeros la conocían con el nominativo cariñoso para los nacidos en tierras hispanas de la Comunidad de Aragón: la Baturra, o simplemente la Batu. Se adscribió sin reticencias, con alegría y pasión, a la lucha revolucionaria que entonces demandaba el país para librarse del autócrata de turno. Los primeros militantes que tomaron relación con ella fueron los mineros y entre ellos el mayor dirigente del MIR en ese sector, Artemio Camargo. La Baturra reafirmó su compromiso, sintió suya nuestra tierra y la causa democrática de sus gentes.
Cuando, hace casi un mes, nos llegó la noticia de su muerte en España, cercada por la enfermedad del olvido, el recuerdo de la Batu en los antiguos dirigentes del MIR y de sus más humildes militantes se expresó en vivencias, anécdotas y experiencias compartidas con la compañera española.
Oscar Eid me dijo que “ella representa y da vida a los miles de compañeros que en la lucha por la democracia no salieron en la foto, no recibieron pergaminos, no firmaron con su nombre las líneas de la historia, pero cuyo trabajo anónimo fue esencial para derrocar a la dictadura. Sus hechos fueron la argamasa sobre la que se construyó la victoria”.
Esa increíble Batu militó entre los soldados de Salamina.
Ernesto Araníbar dice de ella que ni ética, ni ideológica, ni política, ni religiosamente, hacía sentir que valía más que nadie, pero tampoco se sentía menos que ninguno. Con su empatía podía conectarse con el más humilde de los militantes y responder al más encumbrado de los jefes.
Amalia Anaya, dirigente y cercana compañera de Raquel, sintetizó estas líneas sobre ella: “Fue toda entrega y generosidad con las causas que abrazó y Bolivia fue la mayor de ellas. Dejar este país fue para la Batu un exilio, con todo el dolor que éste implica”.
Una anécdota la retrata de cuerpo entero. El jefe del frente popular que unió al país para reconquistar la democracia, el Dr. Hernán Siles Zuazo, tenía especial cariño por la Baturra . Además, ambos competían en el dudoso récord de fumar compulsivamente. Una mañana, durante una reunión complicada entre los partidos de la UDP, ella se acercó al asiento que ocupaba don Hernán y con toda naturalidad tomó un cigarrillo del paquete que él tenía a su lado. El Presidente le dijo: “ Baturra, son mis cigarrillos”. Ella le contestó: “Pero, don Hernán, si usted me los cogió del escritorio antes de entrar en la reunión”. El Presidente rompió el silencio de sus compañeros movimientistas y les dijo: “Ahí tienen, compañeros, un ejemplo claro de por qué es tan difícil negociar con el MIR: si no ganan, por lo menos empatan”.
Semanas después del golpe de García Mesa, la Baturra fue la operadora del viaje clandestino del hombre más buscado de Bolivia. Había que sacar a don Hernán por el lago Titicaca. Raquel debía dejarlo en el último puertito boliviano, pero tiró más su celo y responsabilidad y lo acompañó a territorio peruano. Despistó a la policía persecutora pero también a los compañeros que lo esperaban. Bernardo Rocabado, quien había organizado la operación desde el Perú, recuerda el hecho: “con la Baturra no había caso, su diligencia y valentía eran admirables”. Después del operativo ella misma fue obligada a buscar la ruta del exilio.
Esta aragonesa de temple, fontanera de los engranajes del partido, recibió más tarde un descomunal golpe moral: la división del MIR. Ese día —el día en el que para muchos se jodió el MIR— también se quebró el espíritu de la Baturra. Luego sufrió otra rasgadura: un dirigente, ensimismado en su poder, confundió al mensajero con el remitente y no le permitió acceder a despedirse de sus amigos presentes en una reunión partidaria.
Nada fue igual para ella desde entonces. La sonrisa con la que recibía a los compañeros, la misma que la iluminaba cuando le encargaban un trabajo peligroso en la clandestinidad, la que esbozaba para animar a sus amigos cuándo estaban deprimidos, comenzó a desdibujarse en su enérgico rostro.
Vuelta a su tierra natal, le quedo la perenne satisfacción de no abandonar a los más necesitados. Continuó aportando a paliar el sufrimiento de los desfavorecidos, de los gitanos, de los jóvenes sin trabajo, de los marginados. De los condenados de su tierra, de cualquier tierra del ancho mundo.
Semanas después del golpe de García Mesa, la Baturra fue la operadora del viaje clandestino del hombre más buscado de Bolivia.
Esta aragonesa de temple, fontanera de los engranajes del partido, recibió más tarde un descomunal golpe moral: la división del MIR.
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Columnas de LUIS GONZÁLES QUINTANILLA





















