Como el ave Fénix
“¿Quién quedará vivo para decir que ese crimen de ellos ha sido un suicidio nuestro?”, preguntaba Eduardo Galeano. Llevamos un mes de una pesadilla que no termina, y cada vez se pinta más macabra y escalofriante. Lo cierto es que la desazón es nuestra compañera de cada día. ¿No experimentan un sentimiento total de derrota? ¿de pena? ¿tristeza? ¿impotencia? Porque cada día anhelamos ver una pequeña luz al final del túnel y cuando ésta parece que atisbara, es solo un reflejo engañoso, y lo único que hay son más muertes, más ataúdes, más heridos y posibles explosiones de plantas de gas con efectos de una dimensión impensable como la que nos amenazó hace un par de días en Senkata.
¿No se dan cuenta de que perdimos todos? ¿o acaso hay alguien que se siente victorioso? Estoy segura que no existe persona en el país que puede hacer su vida cotidiana como si nada ocurriese. Al terminar de escribir estas líneas son 24 las vidas de bolivianos que se fueron y cuya partida es irreparable. Se fueron por razones totalmente evitables, se fueron porque nos estamos matando entre nosotros.
Respondiendo a bandos de poder, hemos querido resolver las diferencias, llegando a mostrar los instintos más animales y más inhumanos que llevamos dentro. Si no, escuchémonos cómo justificamos la pérdida de vidas humanas. Mucho odio destilamos. Mientras unos están intoxicados de poder, nosotros lo estamos de odio y rencor. Ya, basta, hemos tocado fondo, pues no me imagino ¿qué más puede existir después del deplorable campo de batalla en el que nos encontramos? Hoy, quienes tienen la posibilidad de evitar más derramamiento de sangre y de acrecentar los cementerios, tienen que pacificar el país, se lo suplicamos y exigimos, se deben a nosotros, entiendan.
Dentro de la tristeza y fragilidad que nos invade, confío verdaderamente en que vamos a salir de ésta una vez más. Los bolivianos apostamos por la pluralidad y la democracia. Es ahora, el momento de deponer actitudes de violencia, tanto de los decisores, como de cada uno de nosotros, pues nos espera la larga y ardua faena de retejer los lazos sociales desgarrados, condición imprescindible para continuar y construir un futuro.
Nuestra historia amarga, no la volvamos a vivir como tragedia, que no la merecemos. Estamos a tiempo de ser símbolo de fuerza, de inmortalidad y de renacimiento, como el ave Fénix, que se consumía por acción de su propio fuego y renacía de sus propias cenizas para levantarse con fuerza. De lo contrario, vuelvo a lanzar la pregunta de Galeano, “¿quién quedará vivo para decir que ese crimen de ellos ha sido un suicidio nuestro?”
La autora es socióloga y antropóloga
Columnas de GABRIELA CANEDO VÁSQUEZ




















