Evitemos una nueva década perdida (I)

Columna
Publicado el 15/04/2020

Este ensayo consta de dos partes, en la primera se explica porque debemos evitar una nueva década perdida y en la segunda cómo o cuales son las posibilidades de lograr ello.

Bolivia enfrenta la pandemia con cuentos distintos sobre el “día antes” y antojos variados sobre el “día después”. Los primeros transcurren la gama que va desde los 14 años de tiranía y despilfarro generalizado, muy especialmente negativo en el sector salud, lo que inhabilitaría a quienes apoyaron a ese proceso para ser parte de la solución, hasta el de los cinco meses del golpe de Estado y destrucción del modelo económico social, comunitario y productivo, lo que determinaría que solo los que participaron de los 14 años del anterior gobierno podrían construir la solución.

Los antojos del día después, no obstante aportes crecientemente sensatos y valiosos, abarcan desde el potenciamiento de la sociedad civil que sobreponiéndose a la asfixia de la burocracia estatal obtendría inéditos logros gracias a la creatividad emprendedora de su ciudadanía, en especial los jóvenes, hasta la del potenciamiento de un raquítico Estado nacional, impotente frente a una sociedad portentosamente corporativa, de manera que en las alianzas público–privadas se encontraría la energía renovadora de la afectada economía nacional.

Un problema central de este panorama reside en que la óptica de la culpabilidad que arropa la ética de la acusación, como la savia constructora de la salida a la crisis nacional, es perniciosa en extremo porque carga al diagnóstico de ruido y a las propuestas de verso.

Minimizando el ruido, debemos reconocer que en la economía nacional se daban seis condiciones preexistentes a la pandemia, de manera simultánea, lo que multiplica por seis la dificultad de solucionar cada una de ellas: 1. Abultado y dilatado déficit fiscal 2. Extendido déficit de balanza de pagos 3. Intensa pérdida de reservas internacionales 4. Aceleramiento del endeudamiento externo 5. Retraso cambiario persistente que afecta la posibilidad de incrementar las exportaciones y aminorar las importaciones y 6. Progresiva pérdida de fuentes de trabajo, lo cual contribuye a acentuar la sensibilidad de las cinco anteriores condiciones preexistentes.

El hecho de que en 2020 hubiéramos tenido, sin pandemia, el sexto año consecutivo de déficit de balanza de pagos y el séptimo consecutivo de déficit fiscal –éste, en torno del 7% del PIB– y que no se hubiera avizorado el equilibrarlos hasta por lo menos 2023, planteaba ya un tema delicado de sostenimiento.

El que, adicionalmente, esos déficits se hayan dado en medio de una reducción de las reservas internacionales netas, las cuales, entre 2014 y 2020, se redujeron de más de $us 15 mil millones a menos de $us 6,5 mil millones, en tanto, ese mismo periodo, la deuda externa aumentó de menos de $us 5,8 mil millones a más de $us 11,2 mil millones, apunta claramente a la insostenibilidad de la situación preexistente.

Por su parte, el retraso cambiario –que facilita la expansión del contrabando incrementa las importaciones, dificulta las exportaciones e inhibe las inversiones– afectaba negativamente la subsistencia de micro, pequeñas y medianas empresas y la ampliación de las grandes, acrecentando significativamente el desempleo y, por ende, las posibilidades de mantener a la baja los índices de pobreza y la fuerza de la cohesión social.

Sin ruido, era evidente que el día antes de la pandemia, la economía nacional enfrentaba ya un delicado problema de sostenibilidad y una clara posibilidad de no alcanzar un aterrizaje suave, sino uno brusco o caótico.

A nivel mundial, inicialmente se señaló que los efectos de la pandemia en la economía global podían ser iguales o superiores a los de la crisis de 2008, luego iguales o superiores a los de la gran depresión de 1929, posteriormente iguales o superiores a los de las sucesivas crisis desplegadas entre 1873 y 1896 e incluso… de las más grandes que la humanidad haya conocido. Eso lleva a visiones apocalípticas.

Ante ellas solo se atina a contraponer ilusiones salvíficas en términos religiosos o relatos vivificadores de economías amarilla, azul, naranja o verde, todas ellas inteligentes, integradoras, alejadas del extractivismo y la corrupción y generadoras de círculos virtuosos de innovación, y recuperación.

Pesimismo sin clemencia y optimismo sin medida potencian el ruido a decibeles insoportables y el verso a odas inalcanzables en la generación presente. Frente a ello, los bolivianos debemos –con humildad y realismo– proponernos silabear entre todos lo que es imperativo: impedir una nueva década perdida en términos económicos.

Como todos sabemos, América Latina y el Caribe sufrieron en la década de los 80 la llamada década perdida que, en términos operacionales, eso significó que entre 1980 y 1989 la región vio disminuir su PIB per cápita promedio.

La mayoría de los países de la región conocieron en el siglo XX solo una década perdida, incluso uno o dos conocieron ninguna. Pero Bolivia, ese mismo tiempo, sufrió tres décadas perdidas: los 30, 50 y 80.

Pese a lo concluyente de los datos, los economistas en el país no consideran el análisis de las décadas perdidas por varias razones, entre las que destacan dos: la primera, que los ciclos económicos no coinciden con las décadas cronológicas. Así se argumenta que la recesión comenzó en el país en 1976, antes de la década de los 80 y la recuperación se inició en 1987, en medio de la década de los 80.

Igualmente, en los 50, la recuperación comenzó en medio de esa década, no al inicio de los 60. En el caso de la década perdida de los 30, la observación es aún más fuerte, pues se dice que esa no fue perdida, ya que en 1936 hubo un crecimiento del PIB real, superior al 100%, lo cual apoyado en datos de formación bruta de capital fijo y otros, resulta claramente irreal.

Como los modelos deben elaborarse con precisión cronológica, en el país se rechazan las nociones de décadas perdidas para los años 30 y 50, y se acepta, de paso, la de los 80 porque ésta, es un lugar común entre los especialistas de la región.

Esto nos lleva a la segunda razón por la que en el país –con excepción de la de los 80– no se acepta la categoría de década perdida: los gurús a nivel internacional no las consideran relevantes. Pero para Bolivia, las décadas perdidas son ultra relevantes: Eliminando las de los 50 y las de los 80, el crecimiento promedio anual del PIB per cápita de Bolivia, entre 1950 y 2010 se habría al menos triplicado de 0,6% al 1,8% anual, en promedio.

Adicionalmente, en los 100 años que van de 1920 a 2020, Bolivia solo conoció tres décadas ininterrumpidas de crecimiento de su PIB per cápita. Y lo hizo en democracia, recién a partir de 1990. En efecto Bolivia creció en los 90 y en la primera y segunda décadas del siglo XXI, mientras solo alcanzó a tener una o máximo dos décadas seguidas de crecimiento del PIB per cápita, en los anteriores 100 años.

La suerte de la sociedad boliviana, su economía, cultura y articulación, se juegan lo indecible en el hecho de que entre 1930 y 2030, Bolivia pueda conocer, o la cuarta década consecutiva de crecimiento del PIB per cápita o la cuarta década perdida en 100 años.

El imperativo de evitar una nueva década perdida entre 2020 y 2030, resulta esencial. Dados los seis problemas preexistentes y el desafío de defender la vida y la economía en medio de la pandemia, Bolivia debe desarrollar procesos conscientes de diálogo educado, para evitar una cuarta década perdida en 100 años. Solo así podremos preservar aquello que alcanzamos en casi 40 años de democracia: un país de ingreso medio bajo, en el que la mayoría de los bolivianos no somos pobres Y lograremos evitar el retorno a la categoría de país pobre, en el que la pobreza aplasta con cacofonía puesto que no solo la mayoría de los bolivianos seremos pobres, sino que, además, la mayoría de los pobres serán niños y jóvenes y viceversa. De la misma manera como la mayoría de las mujeres serán pobres y la mayoría de los pobres serán mujeres y la mayoría de los bolivianos que alcancen la tercera edad serán pobres.

Finalmente, la gran mayoría de los que no caigan en la línea de pobreza, verán reducidos sus ingresos y recortado su patrimonio, todo lo cual afectará gravemente la calidad de vida y la convivencia pacífica del conjunto de nuestra sociedad. En un próximo artículo desarrollaremos propuestas para articular diálogos que resultan imperativos para evitar una nueva década perdida entre 2020 y 2030.

 

El autor es economista, ernesto.aranibar@gmail.com

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