Descentralización, autonomía y federalismo
Con este título, el 10 de octubre de 2023 compartí una reflexión relativa a nuestra democracia en el poder local; en ese momento, nadie sospechaba que ocurriría lo que estamos viviendo.
Y estando por arrancar la campaña electoral más importante de nuestra convivencia ciudadana, y revisando con respeto los rostros de quienes pretenden administrar nuestra rebeldía autonómica, repongo las categorías del artículo con absoluta perversidad y malicia.
Resulta que el nuevo escenario demanda tener claras algunas categorías que son imposibles de desconocer.
El masismo negó la vida en ciudades porque era contradictoria con la sociedad “originaria indígena campesina” que impuso como dogma de fe y verdad de Estado.
La realidad ha dado un golpe rotundo de realidad cuando el ajuste censal generado por las elecciones, demuestra que el 80% de la población vive en ciudades. Sería un absurdo negar la realidad sociológica y política de “lo boliviano”, desconociendo su conformación de pensamiento rural, prácticas ancestrales, organizaciones milenarias y diversidad cultural, como fue hacerlo con el desconocimiento de lo urbano.
La Revolución industrial planteó el dilema en el mundo, y aunque Bolivia no llegó a ella hasta la fecha, sí está alcanzando los grados de urbanización de la modernidad generada por economía de escala y por insensibilidad gubernamental.
Las claves que se necesitan para vivir en urbes son distintas a las que corresponden a la primera ola agrícola, en conocimiento, instrumentos e imaginarios, sin que ello sea el producto de una voluntad perversa.
Son las ciudades, entonces, el primer rasgo que no podemos ignorar sin el riesgo de bloquear el mañana.
Sin orden de precedencia, hay otro elemento que tiene que ver con el bono demográfico arrojado por el Censo 2024. El 60% de la población boliviana tiene una edad menor a los 39 años.
Esto es, simplemente, una oportunidad de trabajo para la población económicamente activa, o será una causa de insatisfacción, incomodidad, molestia o movilización bullanguera de jóvenes que demandarán lo que crean necesario. Incluidas las actividades informales, las ilegales, las pandillas, la violencia y el narcotráfico.
El tercero tiene que ver con nuestra escasa población para la gran extensión territorial que tenemos y que plantea dos retos ineludibles. Si Bolivia no mira hacia afuera para competir y ser complementaria con la economía internacional, nuestro reducido mercado interno imposibilitará nuestro desarrollo, como hasta ahora.
Y sólo podremos ser socios si ofrecemos productos de calidad y competitivos pues ya nadie nos comprará por nuestra pobreza, por lástima o conmiseración.
El otro reto tiene que ver con una realidad no asumida a pesar de los esfuerzos que han sido lastimosamente del mismo tamaño que la demagogia.
¿Cómo podemos tener conflicto de tierra en un país donde, si el 100% de la población se trasladara al departamento de Santa Cruz, solo seríamos 31 habitantes por km²?
La densidad demográfica en El Salvador es de 300 habitantes por km²… Y esto no es una invitación para que ello ocurra y los cruceños nos hagamos dueños de Bolivia, como lo ha dicho algún despistado.
Se trata simplemente de llamar la atención sobre una pretensión rural cuando en 10 años el 90% de los bolivianos viviremos en ciudades y tendremos, técnicamente, un millón de km² sin población.
Debemos incorporar a esta ecuación la conectividad, la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías, la revolución genética para terminar de salir de debajo de la tutuma y del quirquincho, pensando que somos el ombligo del mundo.
Nuestra insignificancia mundial, digna, es mayor porque no tenemos consciencia de ella y no hemos aprendido, todavía, a poner en valor nuestras ventajas comparativas.
Y para enfrentar todo esto, aunque existen muchos elementos más, tenemos que contar con un modelo de gestión estatal, inteligente, práctico, transparente, idóneo, palabras cada una de ellas que definen principios epistemológicos rotundos.
Cuando en nuestras ciudades, donde vive la gente, las dificultades del tráfico, del recojo de la basura, la administración de los mercados y el fortalecimiento del ocio productivo todavía no tienen respuesta, y en la entelequia jurídica de las asambleas departamentales se discutan los milagros de una devoción, el valor de la llajua o la declaratoria de emergencia por la falta de lluvia en lugar de la construcción de represas, tendremos que convenir que todavía nos falta un esfuercito para encontrar el rumbo.
Es ahí que adquieren valor las categorías de descentralización, autonomía y federalismo, y la necesidad de exigir –en las elecciones a las que estamos ingresando– nivel en los debates, que los comunicadores actúen con ponderación mediática y que los discursos abunden en alternativas creativas, ideas razonables y ocurrentes.
Todo ello, lejos del sexo entre las piedras, el cuchillo de los mañazos y las jaculatorias que regalan el averno a quienes no se perfuman con naftalina.
No perdamos esta oportunidad.
El autor es director de Innovación del Cepad
Columnas de CARLOS HUGO MOLINA
















