Viviendo con la intolerancia a cuestas
Si deseamos salir de esta espiral de incomodidades en la que estamos ingresando, debemos asumir que nos estamos volviendo una sociedad intolerante.
Sin forzar ninguna situación y reconociendo solamente que padecemos una molestia acumulada y que no habrá un milagro que lo resuelva de un día a otro, debemos sincerarnos para enfrentarlo.
Una situación extrema: el fatídico accidente del avión Hércules en El Alto, ha desnudado manifestaciones rayanas en la violencia torpe y la estupidez colectiva. En una situación de esa naturaleza, donde tendría que primar la empatía humana frente al dolor, hemos visto actitudes y escuchado declaraciones que dañan la sensibilidad elemental que nos debemos como sociedad.
La situación no tiene que ver con la pobreza de las personas que viven en El Alto y tampoco tendría que servir como instrumento de confrontación política-electoral. Despreciando la propia vida frente al posible riesgo de una explosión por el combustible de la aeronave, y en medio de los cadáveres y los heridos, la prioridad material por el dinero es algo que no podemos ignorar ni soslayar.
Por otro lado, declaraciones irracionales (“el Gobierno está sacando la plata de El Alto”, “se están llevando la plata a Santa Cruz”) dichas junto al escenario dantesco, sin ningún filtro ni edición y repetidas como “verdad social”, reiteran la inquietud sobre el uso de la comunicación pública como espacio para el morbo que desconoce la dignidad y desvaloriza lo privado y el sentido común.
Comprobamos la destrucción de la gobernabilidad, de la confianza, del respeto por el otro y por eso necesitamos el trabajo colectivo para reconstruir la cohesión social imprescindible que nos ayude a recuperar la autoestima y la tolerancia.
Estoy hablando de educación, elemental, básica.
El autor es director de Innovación del Cepad
Columnas de CARLOS HUGO MOLINA


















