Bolivia y el peligro de normalizar la crisis y la intolerancia
Bolivia está entrando en un momento peligroso, y no solamente por la economía, la falta de dólares o los conflictos políticos que aparecen cada semana, sino porque el país comenzó a acostumbrarse a vivir en crisis y pobreza, como si la confrontación permanente fuera algo normal dentro de nuestra vida política y social.
Hoy el país funciona desde la improvisación, no existe una percepción clara de rumbo y muchas decisiones parecen tomarse desde la presión del momento, desde el cálculo político inmediato o desde la desesperación por mantener espacios de poder. Eso genera más incertidumbre, más desgaste social y una sensación colectiva de cansancio que ya se siente en todos los niveles.
Cada semana aparece un nuevo conflicto, un bloqueo, una amenaza, una pelea interna o una disputa regional, mientras la población observa cómo el país entra en un estado permanente de tensión donde pareciera que nadie está pensando realmente en reconstruir estabilidad.
Y quizás ese es el problema más grave de todos, porque la política boliviana comenzó a alimentarse del conflicto, del bloqueo y la muerte, como diría Quintana. Hoy todo parece construirse desde la confrontación, desde dividir, generar enemigos y radicalizar posiciones. Ya no importa bajar tensiones o construir acuerdos mínimos; importa controlar espacios, destruir políticamente al adversario y mantener movilizada a la militancia a través del miedo o la indignación.
Eso es extremadamente peligroso, porque cuando una sociedad comienza a verse entre enemigos internos, la institucionalidad empieza a deteriorarse lentamente. La política deja de ser un espacio para construir un proyecto nacional y se convierte únicamente en una disputa feroz por el control del Estado. Y eso es precisamente lo que estamos viendo hoy en Bolivia.
Durante muchos años se construyó un aparato estatal cada vez más grande y más presente en todos los ámbitos de la vida pública, pero al mismo tiempo se debilitó la institucionalidad, la capacidad de diálogo y los mecanismos reales de rendición de cuentas. Por eso ahora la disputa política ya no gira solamente alrededor de ideas o proyectos de país, gira alrededor del control del aparato, porque controlar el Estado significa controlar recursos, legitimidad, economía y poder.
Mientras las élites políticas pelean, el país real comienza a deteriorarse lentamente. La gente vive incertidumbre, los jóvenes sienten que no existe horizonte y las regiones empiezan a desconfiar unas de otras. Ahí ya no se discuten ideas; ahí aparecen el racismo, la violencia y la fractura social.
El país necesita exactamente lo contrario: bajar tensiones, recuperar racionalidad pública y volver a construir una idea común de país. Porque ningún Estado puede vivir indefinidamente desde el conflicto permanente. Los países no se destruyen solamente por problemas económicos; muchas veces se destruyen porque pierden la capacidad de verse como una comunidad compartida.
Bolivia todavía está a tiempo de evitar eso, pero primero necesitamos entender algo básico: no se puede construir futuro profundizando el miedo, el odio y la división entre bolivianos y es necesario parar en seco este racismo y discriminación a los que nos llevan las clases políticas.
El autor es analista de políticas públicas
Columnas de CÉSAR AUGUSTO CAMACHO SOLIZ



















