
BITÁCORA DEL BÚHO
Al director de cine español, Luis Buñuel, le obsesionaban muchas cosas. Su corriente surrealista lo llevó a crear obras maestras que reflejaron con crudeza a una sociedad decadente, podrida y sin una esperanza para reivindicarla.
Me presto, arbitrariamente, el título de una de sus películas más impresionantes y polémicas. “Ese oscuro objeto del deseo”. Más que el título, es la carga poderosa que contiene su significado o su simbología para interpretar cualquier posible escenario social, político, económico y cultural.
¡Todo fue, todo es idéntico, ya todo sucedió! Esta es una sentencia que, como una espada de Damocles pende de las vigas del tiempo y del espacio. Tiempo y espacio son, desde una unidad vigorosa, un taypi inescrutable que pervive, en armonía, en la circularidad nietzscheana, en esa que se va construyendo a base de encuentros y desencuentros que, como una calesita, gira y gira. Todo lo que en algún tiempo y espacio sucedió, tendrá que volver a reencontrarse.
A estas alturas de la historia, poco importa qué partido esté de turno en los gobiernos desarticulados y escuálidos de Latinoamérica. El nuevo desorden mundial político, social, democrático, comunicacional y económico, es evidente.
Hay pues, una desconexión total y un laberinto del que no se acaba de hallar la salida, cuando menos, durante las dos últimas décadas.
El término proviene del latín bestiarum. Manuscrito de la Edad Media (ss. XII y XIII) que contiene descripciones de los principales animales fabulosos. Su contenido reunía relatos e ilustraciones de las bestias catalogadas. Se centraba en la descripción de las criaturas que, entre otras cosas incluía verdaderas lecciones de moral.
Existían bestiarios reales y fantásticos, los primeros, eran considerados animales positivos: águilas, leones, o negativos: cerdos, serpientes. Los fantásticos simplemente eran bestias mitológicas.
Exactamente así, entre marchas, bloqueos, amenazas, advertencias, sentencias, cercos y movilizaciones sociales masivas de sus huestes y ramas anexas, Juan Evo Morales Ayma se afianzó, se agigantó y por fin llegó a la presidencia de la república y gobernó el país desde el 22 enero de 2006 al 10 noviembre de 2019.
La historia es imprescriptible, no se borra ni desaparece. La historia permanece en la memoria de los habitantes. Es la espada de Damocles que siempre pende sobre el cogote de los desleales.
Y cuando despertamos, el dinosaurio estaba allí. Había sufrido una metamorfosis y se había convertido en un monstruoso y enorme dictador (insecto).
El tiempo histórico político en Bolivia siempre estuvo (está) enfrascado en una pugna de poderes, ideologías, colores y pillería. Las crisis sociales y políticas tuvieron y tienen su campo de acción en las mezquindades, egoísmos, preferencias individuales y, cuándo no, en un puñado de militantes al servicio incondicional del mandamás. Eso resume, esencialmente, una acción política histórica de amo y servil, jefe y servidumbre.
NN, con el semblante emocionado, enfatiza: nos preparamos para todo, sabíamos que la lucha iba a ser larga, no iba a ser fácil. Sabíamos que era ahora o nunca. Teníamos que dar todo. Nos organizamos en torno al barrio, a las zonas, a las cuadras, hacíamos guardia todas las noches. Durmiendo en nuestras postas. Distribuyendo comida, alimento, aceptando donaciones de los vecinos para alimentar a los que hacían guardia.
Nadie mejor que los caciques y sátrapas, saben que el poder de la palabra y la libertad son sinónimo de peligro e incomodidad. Los tiranos son enemigos íntimos de la democracia. A pesar del tiempo y la evolución de la humanidad, permanecen sumidos en lo básico, en lo primario. En sus cuevas malolientes, siempre dispuestos a sacar la cabeza y la lengua para contaminar y sembrar la peste cuando se trata de acaparar el poder.

