
BITÁCORA DEL BÚHO
El mito de Sísifo es cruel pero certero, no claudica, tampoco avanza, se queda ahí, como un castigo que no tiene la mínima posibilidad de absolución, se repite y gira como una calesita que desgasta y pudre el progreso.
Parece que Bolivia estuviera condenada a empujar eternamente la roca de una historia oscura y dolorosa que, en cuanto avanza un trecho, otra vez vuelve a rodar y empezar todo de nueva cuenta.
Hoy, día en que esta Bolivia todavía abigarrada, contradictoria, esperanzada (ora), melancólica y conflictiva cumple 195 años de su fundación, me rondan, cual sueño pesado, consideraciones cotidianas que, sin ser mal agüeras, vislumbran reflexiones y necesidades de saber hacia dónde se conduce este país o, cuando menos, interrogantes sobre los caminos que anduvimos y la posibilidad de haber conseguido transformaciones sociales, políticas y democráticas.
La rivalidad entre China y EEUU no solo es la de los novios tormentosos en eterna pulseta política e ideológica, se extiende hasta los vastos campos de la economía, la defensa, la cultura y, sobre todo, la tecnología.
La metáfora es cabal. Entre el kharisiri ancestral de leyenda y los desgraciadamente reales y contemporáneos hay una simbiosis sociocultural evidente. El primero es un personaje mítico de los andes que, aprovechando la oscuridad, la ocasión y el descuido del infortunado, ataca silenciosamente con la finalidad de sacarle la grasa del cuerpo.
Utilizando una pequeña campanilla, sume a su víctima en un profundo sueño para consolidar su fechoría.
Primer acto
El pasado 20 de marzo, la diputada del MAS, Juana Quispe, llamó "malagradecido" a Juan Lanchipa, Fiscal General del Estado, porque, según dijo, él no estaba investigando las muertes ocurridas en Senkata y Sacaba durante la crisis política de octubre y noviembre, después del monumental fraude electoral que montó el gobierno de Juan Evo Morales Ayma y que derivó en la anulación de las elecciones generales del 20 de octubre.
Y cada vez que la vuelvo a ver, siempre me quedo abstraído y con un nudo en la garganta, un sentimiento inexplicable me lleva, una y otra vez, a maravillarme con el argumento extraordinario y con esa combinación de ingredientes que parecen parafrasear a la vida, similar a la elaboración de un plato que, por muy sencillo que fuere, siempre tiene un proceso, un cuidado y un duende que hace que sentarse a la mesa y saborearlo te llene de placer y felicidad.
Como un déjà vu, me vienen a la memoria varias publicaciones de distintos diarios internacionales que en 2005, durante las revueltas sociales que acabaron con la renuncia de Carlos Mesa a la presidencia, hacían eco de un país fragmentado, quebrado en su estructura social y política y atravesando una más de sus largas etapas de crisis y de desestabilización democrática.
La palabra “subversivo” proviene del latín subversum, supino de subvertĕre, que significa “subvertir”. En consecuencia, subversivo es aquello que se propone o que es capaz de subvertir un orden establecido de índole política, social o moral. También, desde luego, se entiende como subversivo aquello que pretende alterar el orden público o la estabilidad política de una estructura de Gobierno o Estado.
Anota, con vehemencia y erudición, el locuaz e ingenioso Sofocleto: Básicamente hay tres clases de cojudos: a) de nacimiento, b) por contagio y c) por trauma cerebral.
A los cojudos de nacimiento es fácil reconocerlos, porque empiezan a causar problemas desde que están en el vientre materno: buscan el útero por los riñones, se tuercen hasta medio estrangularse con el cordón umbilical, nacen a los seis meses (cuando pesan dos kilos) o a los 10 (cuando ya tienen bigote y dientes).
…Hace brotar lilas en la tierra muerta, mezcla memoria y deseo, remueve lentas raíces con lluvia primaveral”.
T. S. Eliot poetiza una dualidad inexorable que es misteriosa y evidente al mismo tiempo: vida y muerte, nacimiento y deceso. Pero, simultáneamente, esta dicotomía es desafiada por otra, una que nos hace recaer en la evidencia de nuestra humanidad: memoria y deseo. Memoria, para cobijar la esencia de lo vivido. Deseo, para evocar esa historia que no se borra y se reconforta cada vez que la invocamos.

