
BITÁCORA DEL BÚHO
La demagogia, decía Abraham Lincoln, es la capacidad de vestir las ideas menores con palabras mayores.
La retórica, los gobernantes y las aguas, pasan. Los hechos y los cambios sustanciales en la historia de los países, dirigidos por líderes visionarios, quedan. Sus legados son avales para advertir la línea divisoria entre la solidez, la honestidad y la demagogia y los discursos populistas que tarde o temprano se doblarán para acomodarse en su estuche enmohecido y volver a dormir su sueño temporal.
Desde la Vista del amanecer en el Trópico, haciendo Pequeñas maniobras, Tres tristes tigres otean el azar Antes que anochezca. La Habana para un Infante Difunto se pregunta y se asombra, De dónde son los cantantes. Paradiso es la imagen perfecta de una puesta de sol como jamás se había visto en la Isla.
Imagino el bar El Porvenir. “Una joven pianista le arranca al instrumento un tema de Ernesto Lecuona. (...) Aquí, muchos bebedores creen saber cómo se prepara un(a) Cubalibre”.
A esa noche del 30 de junio de 1520, se le aparecen, con frecuencia, fantasmas grotescos, con penachos, lanzas y oro que encandila. Son los ecos de los gemidos del dolor y la muerte. De las lágrimas de Hernán Cortés llorando la guadaña de la tragedia a manos de los mexicas, en Tenochtitlan.
Brota el llanto histórico, de aquí y de allá, del pasado que se hace espejo enterrado en el presente y que se repite como el eterno retorno, una y otra vez.
Todo gran y pequeño dictador siempre cuenta con una regla de oro entre sus pálidos legajos con olor a muerte. Son mandamientos que tiene que hacerlos cumplir, bajo amenaza, pena de muerte, tortura o encarcelamiento. Los difunde con sutileza, convenciendo de que se trata de disposiciones para el desarrollo “democrático” de su gobierno.
Un optimista es aquel al que no le han contado toda la historia, decía el escritor colombiano Álvaro Mutis. Con razón en Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, obra emblemática y de gran contenido humano, muestra los caminos de la libertad, la aventura y de esa persistente forma de solazarse que tienen los humanos, buscando la esquiva y escurridiza felicidad.
La predicción del sociólogo Juan Linz se cumplió a cabalidad. Su punzante visión advertía, con un sentido crítico, sobre esas nuevas democracias que corrían el riesgo de desvirtuarse y caer en deterioro, sobre todo, en su esencia, a la hora de probar su aplicabilidad. “La legitimidad le da más energía a la democracia, y la eficacia del régimen contribuye a la legitimación”.
"Vox populi, vox Dei". Retumba el proverbio latino que muchos le atribuyen a Hesíodo, el gran poeta griego del siglo VIII y otros al monje anglosajón del siglo VIII después de Cristo, Alcuino de York.
Es un aforismo vigoroso y prometedor. Taxativo y determinante en su escritura, en su pronunciación y en lo fáctico.
Qué desdichado y triste debe ser cumplir 60 años sin que nadie te dé un abrazo sincero y honesto o, cuando menos, saluden con cierta honra tu integridad y tu dignidad. Qué miserable se ha de sentir ese ser humano cuando en medio de su infame vida ya no existe otro camino que abrazarse a los oscuros demonios de la desvergüenza, de la deshonra y de la desgracia.
Toda gran causa comienza como un movimiento, se convierte en un negocio y termina siendo un fraude.

