
DE - LIRIOS
Septiembre. Es como para una sátira de Ambrose Bierce: Medio país quemándose y Cochabamba sumida en humo de norte a sur y de este a oeste y, en semejante contexto, no faltaron quienes “festejaban” a una de las ciudades más contaminadas de América Latina tirando cohetes. Sería para arrancarse los pelos, pero el asunto es que cada año este escenario se replica, por ende, los obvios cuestionamientos al respecto se van haciendo repetitivos y rutinarios.
Estuve de viaje en tierras que se hicieron cercanas y, al unísono, muy lejanas.
Cercana fue España ya que pude, una vez más, descubrirnos como latinoamericanos en muchísimos aspectos de esa formación social: Desde la sofocante burocracia hasta la redención que suele traer el “festejo”, somos más españoles de lo que nos gusta admitir. Duele pues aceptar que somos hijos de una violación.
Hace algunos años, una tarde de resaca del 6 de agosto mientras dormitaba entre pajarillos y la brisa invernal, la selección musical de mi computadora me recordó lo que se celebra en esa fecha, cuando escuché estos versos de Caetano Veloso que, traducidos al castellano, dicen así: “Yo no tengo patria, tengo matria y quiero fratria”.
Pensando en las esquizoides recordaciones del “Bicentenario”, ora con festejos, ora con recriminaciones al pasado, me dije que a algunos latinoamericanos nos queda por aceptar nuestra identidad abigarrada de dos o más “mundos”. Somos hijos por igual de los colonizadores de la península ibérica como de los diversos pueblos que habitaron antes estas tierras.
En parte siguiendo la desalentadora idea hobbesiana de que el ser humano no es un modelo de virtudes, se creó el Estado, un ente comprendido cual regulador de la convivencia social. La columna vertebral del Estado estaría compuesta por instituciones que, se supone, hacen viable esa convivencia, sin que ella se convierta en una encarnizada masacre de unos contra otros.
Bien por Argentina. El movimiento feminista de ese país logró avances en la materialización de un derecho humano. No obstante, este tema de la despenalización del aborto también destapó prejuicios y taras sociales contra las mujeres y, particularmente, contra el feminismo. En ese sentido, increíble que en pleno Siglo XXI la liberación femenina continúe causando tanta roncha.
No tuve la suerte de dedicarme al arte. Mi ingenua fe en la humanidad (bastante perdida a estas alturas) me arrastró por los caminos de las ciencias sociales y por esas truculentas aguas navego todavía, tambaleándome con la certeza de que, de tantas y variadas formas de vida, se me ocurrió estudiar la más grotesca.
¿Sabían que Odesur se creó en 1976 a iniciativa de bolivianos y argentinos? ¿Sabían que, dos años después, se dieron los famosos Juegos Odesur en Bolivia y los países participantes fueron Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú, Paraguay y Uruguay?
“Casualmente”, “justo”, la mayoría de esos países estaban aún gobernados por dictaduras militares, así que mientras se hacía el show, corría, literalmente, la sangre del prójimo.
Hace unos días, circuló un vídeo por las redes sociales. Una insólita aparición en plena Plaza Principal “alarmó” a los habitantes de un pueblo en el Beni, al punto que se escucharon voces que clamaban por el “mal agüero”, “algo malo va a pasar”, “qué cosa más fea”. ¿Se trataría de un ovni? ¿Un fantasma? ¿Un politiquero corrupto? Pues no. Era un Guajojó (Nyctibius griseus), mítica ave de climas cálidos y bosques tupidos.

