Tragedia
Veinte millones de artículos de la historia de Brasil, de América Latina y del mundo. Un acervo de arqueología compuesto por más de 100.000 objetos de América, Europa y África, desde el Paleolítico hasta el Siglo XIX. La mayor colección de arqueología egipcia de América Latina. La mayor colección de arqueología clásica de América Latina, con piezas griegas, romanas y etruscas. 56.000 ejemplares y 18.900 registros de acervos paleontológicos. 1.800 artefactos precolombinos producidos por culturas amerindias. Decenas de huesos de dinosaurios, algunos únicos en su tipo. La mayor biblioteca científica de Río de Janeiro que albergaba a más de 470.000 libros. El segundo meteorito más grande encontrado en el planeta. El cráneo de una mujer que data de unos 11.500 años y uno de los restos humanos más antiguos de América. Todo eso se perdió en el incendio del Museo Nacional de Brasil ubicado en Río de Janeiro. ¡Digan si no es para llorar un mar entero!
La humanidad aparenta transitar a través de procesos históricos que, más que lineales, son circulares. Y en vaivenes de retrocesos y adelantos, se traslada del más profundo oscurantismo a luminosas etapas de redención y sabiduría que duran poco, pero que permiten cierto avance que nos libre, aunque sea coyunturalmente, de la hecatombe.
Tal parece que entramos a una nueva etapa oscurantista. Empezando por la mercantilización de la cultura y del arte que los transforma en productos en serie vacíos y lucrativos, y terminando en la reaparición y exacerbación de ideologías fascistoides, autoritarias, destructoras del medioambiente y xenófobas en numerosos rincones del orbe, en América Latina habrá que sumar la tendencia desde el poder a denigrar y subestimar al conocimiento.
Solamente evidenciar cuánto del presupuesto público en nuestros países se dedica a la educación, a la promoción y preservación cultural y artística, a impulsar el acceso masivo a la lectura y a otras fuentes de conocimiento. Lo ocurrido con el Museo Nacional de Brasil es un síntoma más de aquella deplorable y patética realidad: Mientras Brasil se debate de escándalo en escándalo sobre casos de corrupción gubernamental, se dieron el lujo de tirar 13.000 millones de dólares el 2014 en el considerado Mundial más caro de la historia. Dos años más tarde, otros 13.000 millones de dólares se invirtieron en los Juegos Olímpicos. Cifras increíbles siendo que Brasil está catalogado como uno de los países más desiguales de la región. En contraste, semejante tesoro de la humanidad como el incinerado Museo, se batía entre recortes y desequilibrios presupuestarios y hace años que sus investigadores y trabajadores reclaman por la ausencia de atención de los gobiernos, mientras el predio se deterioraba por falta de fondos para su mantenimiento adecuado. ¿No es suficiente metáfora para ilustrar el interés del poder frente al valor del conocimiento?
Lo terrible es que en Bolivia estamos peor aún. No sólo no disponemos de un museo de la talla del descrito, sino que las prioridades públicas no dan atisbos de aspirar a un proyecto con esas características. Al contrario. Los “museos” que se costean con la inversión pública, últimamente, sirven para exhibir las pilchas personales de coyunturales caudillos.
Por si fuera poco y a iniciativa de algunas autoridades y sus adeptos, se extiende la apología a la ignorancia y a la falta de educación como celebrados “atributos” de los “sectores populares” y no escasean personas que teniendo hoy las oportunidades de acceso al conocimiento, prefieren pavonear su ignorancia cual si fuera una virtud.
La autora es Doctora en Ciencias Sociales
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