
DE - LIRIOS
Hay mucha tela para cortar al constatar que en el famoso “proceso de cambio”, lo único que cambió son las redes familiares que trastocan la gestión pública en botín.
Había una vez un valle generoso. Del valle emergió el molle, árbol de carácter apacible y dulce.
Años atrás visitaba frecuentemente lo que llamé “rincón de observación”, nombre rimbombante para la humilde esquina de un lote baldío. No obstante, el recodo atesoraba un dulce molle que daba sombra y variedad de yerbas silvestres, entre tréboles, sunchos, daturas. Además, bajo una bolsa de “Pilfrut”, una araña “viuda negra” había hecho su nido; era maravilloso mirarla exhibir su llamativa mancha roja, cuando cada atardecer despertaba a su vida de magnífica depredadora.
Lapidada por una turba de cristianos. Otras versiones mencionan que además fue desollada viva. ¿Qué hizo esta insigne mujer para padecer semejante fin horroroso?
Aunque existen exiguos vestigios de su legado, se cuenta que Hypatia tuvo la fortuna de ser criada por un sabio padre que en lugar de coartar su talento e inteligencia por llevar senos y vagina, le inculcó la luz de la inquietud, el albor fecundo de la duda, la afición por la observación, la pasión por el universo.
“¿Los bolivianos estamos deprimidos?”, se preguntaba Luis Bredow, citando una encuesta que estimaba que casi la mitad de los ciudadanos no creía que su voto haría un cambio en las elecciones de 2019 y relacionando a la depresión con una sensación de futuro incierto.
Cumplía unos 11 años cuando clandestinamente hurgaba en el cuarto de mi hermano Camilo. Al igual que en el caso de mi paciente padre, tenía la costumbre de “robar” sus cds, cassettes, vinilos. Encontré un cassette que decía Pink Floyd. The final cut. Echada a andar la cinta, sin rebobinar, lo primero que atisbé fue la explosión de una bomba. En mi infantil inocencia, guardé el cassette en mi colección de “objetos raros”.
Cuando me preguntaron en España qué extrañaba más de la tierra donde vivo, se me vinieron a la mente los atardeceres de noviembre con un bullicio de trinos escondidos entre molles y jacarandás floridos. Porque si algo tiene “la Llajta” de maravilloso, es su paraíso ornitológico.
Un mínimo, precariamente básico, de memoria histórica basta para asumir lo que pasamos como latinoamericanos en el marco de las dictaduras militares que enlutaron a la región en las décadas de los 60 y 70 del siglo XX.
Los procesos de transición democrática fueron arduos; fue difícil deponer a los genocidas y a sus cómplices y peor aún que se los impute por los crímenes que cometieron. En ese sentido, las transiciones democráticas pagaron el precio de la memoria y la impunidad.

