Nuestro/a padre-madre
Pensando en las esquizoides recordaciones del “Bicentenario”, ora con festejos, ora con recriminaciones al pasado, me dije que a algunos latinoamericanos nos queda por aceptar nuestra identidad abigarrada de dos o más “mundos”. Somos hijos por igual de los colonizadores de la península ibérica como de los diversos pueblos que habitaron antes estas tierras.
Abogarán que somos vástagos producto de un cruce signado por la violencia; es cierto, no es posible negar que nuestra combinación carga siglos de violaciones, esclavitud, castración cultural y abuso de la fuerza, tan bien metaforizada por la “cruz y la espada” de la conquista. Empero, igualmente, la mezcla ha originado lo que somos y no es posible escapar de uno mismo. Si como mestiza procurara fugar de ello, tendría que empezar borrando cada una de estas palabras, escritas en castellano, y desandar los pasos de mi vida individual y social marcados por esa herencia híbrida.
De esta forma, España no es una madrastra nuestra, es una madre o tal vez un padre al que duele reconocer por una relación traumática y conflictiva, pero progenitor/a al fin, del que llevamos impresos los genes. Aquello es demasiado evidente al recorrer España y reconocerse en cada rincón y aspecto de su complejidad social y cultural.
Bastará por notar los atavíos tradicionales de las castellanas, andaluzas o valencianas, que se lucen claramente en las cholitas bolivianas, aunque, por supuesto, con una dosis de reinvención y aporte indígena. Pero las similitudes van más allá y trascienden los más recónditos aspectos sociales. Por ejemplo, la cultura política burocrática parece calcarse de España, donde para cualquier gestión, es necesario pasar por tanta traba administrativa, que uno se siente como “en casa”.
Otro factor de reconocimiento es la ausencia de lo que Max Weber denominó “ética protestante”, distante del bipolar mundo católico que gira entre la culpa y la celebración recurrente que compensa el sufrimiento. La “ética protestante” cuyo centro vital es el trabajo, se contrasta con una forma de vivir mucho más laxa, principalmente en algunas regiones de España, donde la cantidad de días festivos supera, incluso, a los de los bolivianos, incluyendo Navidad, Carnavales, Semana Santa y múltiples fiestas locales. Eso, como muestra de las coincidencias entre muchas otras.
Lo penoso es que el poco reconocimiento que tenemos en América Latina de la madre/padre, tiene su propia versión similar en España, donde ciertos sectores insisten en despreciar a los “sudacas”, como si no compartiéramos una lengua, cultura y pasado común.
En este sentido, este periodo de crisis económica, que sólo en España ha dejado casi seis millones de desempleados, está exacerbando los prejuicios y la xenofobia. Lo paradójico es que los migrantes son una población importante de gente que aporta trabajo y capital, ahora menos valorados en una España abatida por las actuales circunstancias. Se respira un aire de desesperanza. Junto con los desempleados de nacionalidad española, los migrantes comenzaron a escapar en busca de una mejor situación ya que los que se quedan deben conformarse con abusivas condiciones laborales. Muchos migrantes describen su realidad como un “encierro necesario” o “sacrificio” por sus seres queridos. Mientras tanto, españoles solitarios y abandonados aún pagan a los primeros por un poco de compañía, apoyo y cariño. En pocas palabras, la madre está triste al igual que sus hijos.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA















