Algunas raíces de la crisis actual

Columna
Publicado el 18/05/2026

En 2026 las formas violentas del malestar sociopolítico, algunas de ellas muy curiosas, se han multiplicado en el país. Aquí me referiré solamente a las raíces histórico-culturales del problema. No subestimo la enorme relevancia de factores económicos o de la coyuntura política del momento, pero es adecuado llamar la atención sobre los aspectos culturales de vieja data y de carácter altamente reiterativo, que resultan los más incómodos por estar vinculados con la identidad de dilatados segmentos poblacionales.

Lo que sigue es por ello una visión parcial de la constelación contemporánea, pero necesaria porque ni los marxistas ni los liberales se imaginaron la fuerza y la relevancia sociales que han llegado a tener esos elementos culturales, los que, sin embargo, han resultado indispensables para comprender las pautas normativas de la mentalidad colectiva y, por ende, de los comportamientos efectivos de los sectores populares.

El punto central puede ser descrito de la siguiente manera. La protesta socio-política del momento (mayo de 2026) y sus formas de manifestarse públicamente pertenecen mayoritariamente al campo de lo nacional-popular. Los ideólogos de esta tendencia creen que este segmento social es demográficamente el mayoritario en el país y que simultáneamente encarna el futuro progresista y promisorio de la nación.

Un estamento social de esas características está por encima de la crítica. Como el porvenir le pertenece plenamente, posee el derecho casi divino de imponer su visión del mundo, sus metas históricas y sus modos específicos de hacer política al conjunto de la sociedad. Sus valores de orientación y sus patrones de comportamiento pertenecen, empero, al orden premoderno, prerracional y predemocrático.

Como dice acertadamente Andrés Gómez Vela, estos grupos no se rigen por argumentos y datos comprobables en la realidad, sino por emociones e intuiciones, por impresiones y prejuicios que vienen de muy atrás y que conforman el sentido común de una buena parte de la sociedad boliviana.

El pensar continuamente en agravios persistentes hasta hoy (causados por el llamado colonialismo interno) y en las presuntas maquinaciones del imperialismo, genera una mentalidad que en el siglo XXI tiende a convertirse en un anacronismo.

La popularidad de un modo de pensar y de percibir la realidad no garantiza su calidad y corrección. Todo fenómeno humano –como lo nacional-popular– puede estar vinculado a aspectos negativos. Sé que es duro e incómodo decir esto.

En estos tiempos de la globalización hay que someter todas las ideologías, los prejuicios colectivos y las pautas de comportamiento más arraigadas a un severo escrutinio crítico. No existen, por ejemplo, “los verdaderos dueños de la Bolivia plurinacional”, que, oh casualidad, resultan ser los ingenuos y esperanzados votantes del populismo autoritario.

Una muestra del comportamiento irracional es la popularidad de que en los sectores de lo nacional-popular gozan los bloqueos, las batallas callejeras y el producir ruido. No importa el daño que se genera con estas prácticas, ni tampoco la vulneración de los derechos, de la salud y de las actividades de terceros no involucrados; lo relevante es la manifestación pública del propio poder, por más modesto que sea.

Todas estas prácticas sociopolíticas representan, en el fondo, una exhibición de infantilismo político-cultural.

Además, los bloqueos corresponden a un consejo táctico de Carl Schmitt, el jurista más famoso del régimen nazi en Alemania (1933-1945). Schmitt, que ahora se ha transformado en un referente positivo de los intelectuales izquierdistas, afirmaba que no hay que concebir un programa alternativo diferente; para alcanzar el poder basta poner dificultades y obstáculos a todos los competidores y difamarlos de una manera que sea comprensiva para el elector de bajo nivel educativo.

Luego hay que considerar los vínculos entre el resurgimiento étnico y los recursos naturales y el espinoso asunto de la productividad laboral. En Bolivia los conflictos étnicos han adquirido en los últimos años una notable intensidad porque la llamada etnicidad –igual que los credos religiosos– sirve como vehículo e instrumento de justificación para pugnas por recursos naturales cada vez más escasos, como tierra, agua y energía.

Aunque estos procesos evolutivos no pueden ser anticipados con precisión, parece que nos estamos acercando lentamente a un estadio histórico donde estas frustraciones acumuladas van a ser cada vez más agudas y, por lo tanto, el peligro de una agresión violenta va a ser mayor. Muchas veces el componente étnico-cultural encubre una disputa en torno a recursos materiales cada vez más escasos. Y el más preciado a largo plazo es el menos elástico: la tierra.

Otra de las causas de los conflictos recientes reside, paradójicamente, en la baja productividad laboral y organizativa de buena parte de la población boliviana, incluyendo a los campesinos. Este factor impide un desarrollo moderno adecuado. La carencia de este último viene causando una desilusión creciente, precisamente entre las colectividades campesinas, que traducen su frustración en una crítica implacable a la labor gubernamental.

El llamado Foro Internacional de Productividad ha catalogado a Bolivia como uno de los países menos productivos a nivel planetario. Hoy en día, Bolivia sigue con una productividad laboral extraordinariamente baja y ella no solo se refiere a manufacturas, talleres y fábricas del medio urbano, sino a la productividad de los campesinos.

Cualquier palabra crítica en este contexto está mal vista y es considerada como signo de racismo y etnocentrismo. Pero la cosa no es tan simple. Aquí las pautas productivas tienen que ver con una cultura muy arraigada de la ley del mínimo esfuerzo. Los empresarios privados y las clases medias no están exentas de estos rasgos. Es probable que todos los habitantes del país deseen prosperar aceleradamente, pero pocos quieren trabajar lo imprescindible para tal fin.

Con este breve texto quiero indicar algunas de las complejas causas de la crisis actual que no han recibido la atención pública que merecen. La agresividad de los que protestan contra el Gobierno está conectada, por supuesto, con otros aspectos importantes y también reiterativos desde la era colonial, como la mediocridad de las élites dirigentes y su inclinación a hechos de corrupción, pero este es el tema de otro ensayo.

 

El autor es filósofo

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