Adiós Kocha Pampa
Los escasos parques y manchones verdes que aún existen están siendo permanentemente vulnerados para construir espacios deportivos de aprovechamiento incierto, como las ubicuas canchas multifuncionales que, al ser de cemento, afean todavía más el paisaje
Cuentan los abuelos que en la laguna Cuéllar se bañaba la gente a la sombra de sauces llorones y molles. En esos tiempos el río Rocha sí era de “hermoso verdor” cual reza una nostálgica melodía. No faltó el extranjero que, a inicios del siglo XX, afirmó que en Cochabamba había encontrado el “paraíso terrenal” al vislumbrar un paraje de árboles, flores y “kochas” que le dieron nombre a esta tierra que otrora fue una “pampa de lagunas”.
¿Qué pasó con aquella Cochabamba?
Se entiende que el “desarrollo urbano” conlleva la condición de suplir lo “caótico” de la naturaleza (¿pero qué diablos nos creemos como especie?) por la “civilización”. Empero, después de décadas de duras lecciones aprendidas, en las verdaderas urbes la planificación citadina no ha dejado de tener en cuenta las áreas verdes que, como tales, son esmeradamente cuidadas y respetadas.
En Cochabamba sucede lo contrario. Contadas veces ha imperado una planificación racional al manejar el crecimiento urbano que responde a intereses económicos mezquinos y, por lo tanto, se dispara desordenadamente, engullendo incluso las pocas áreas protegidas que quedan; lo que acaece con el Parque Tunari es lúgubre ejemplo. La corrupción y nula gobernabilidad y gobernanza que han caracterizado históricamente a los Gobiernos municipales, departamentales y nacionales, pagan su precio.
Los ciudadanos también tenemos parte de la responsabilidad. Y es que pareciera que los habitantes que convivimos en la “llajta” odiamos la naturaleza. La “solución” cómoda para disponer de desechos de todo tipo sigue siendo el río Rocha, convertido en un nauseabundo basural, mientras cínicamente entonamos canciones que añoran sus glorias pasadas. Con cualquier pretexto se talan los árboles, dejando en el recuerdo esa Cochabamba adornada de jacarandás, carnavalitos, ceibos y tipas. Ni qué decir de las lagunas que se han ido secando a causa de la deforestación, la contaminación y nuestra negligencia.
Lo acontecido con la laguna Cuéllar es ilustrativo para reflejar la mentalidad que ahora prima y que anticipó la actual vulnerabilidad de las lagunas Alalay, Coña Coña y Quenamari. El espejo de agua fue rellenado poco a poco para trocarlo en las canchas de fútbol del lado posterior del estadio Félix Capriles. No estoy en contra del deporte, pero suena a delito ambiental atiborrar de tierra lagunas y cortar centenarios árboles con el fin de edificar mamotretos a nombre de la “pasión de multitudes”. Y que además resaltan por sus muros subastados a empresas cuyas campañas de marketing no incluyen nada de mayor creatividad que atestar las ciudades con sus logos y colores estridentes.
En ese sentido, los escasos parques y manchones verdes que aún existen están siendo permanentemente vulnerados para construir espacios deportivos de aprovechamiento incierto, como las ubicuas canchas multifuncionales que, al ser de cemento, afean todavía más el paisaje.
Así, cuando se llega a la ciudad de Cochabamba, dan la bienvenida los efluvios del río moribundo, la polución mezclada con bocinazos del caos vehicular y la fiebre de construcción de edificios. ¿Qué hacer en Cochabamba? Ya no es posible una tarde apacible entre tertulia y pajarillos con un refrescante chapuzón en piscinas naturales. En su lugar, de seguro le recomendarán ir al Cine Center, donde el mal gusto trascendió límites al rifarse su fachada principal al mejor postor corporativo, como si la modernidad se redujera al imperio mercantil.
La autora es socióloga.
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