Museo Santa Teresa devela más secretos
Casi 260 años tiene el convento de Santa Teresa de Cochabamba y poco menos de uno que, convertido en museo, está abierto a las visitas y muestra mucho más que su magnífica arquitectura impregnada por la intensa espiritualidad de las monjas de claustro que lo habitan, sin pausa, desde 1760.
Esas mujeres que eligieron la separación radical del resto del mundo para ser las “esposas de Jesucristo”, vivieron y viven una vida de soledad, silencio y contemplación que se percibe en los corredores amplios del claustro, los pasillos estrechos que corren pegados a las espesas murallas –o a través de ellas–, las exiguas celdas, las magníficas salas de oración o la bodega, y en múltiples objetos –religiosos o no– de su cotidiano. Objetos de arte, terapéuticos, de manufactura, de adoración… cuyas edades parecen hitos de la más de dos veces centenaria historia de este venerable lugar.
Expuestos al visitante, el Niño Fundador –llamado así porque está allí desde la apertura del convento–, las planchas para hostias, decenas de piezas en miniatura talladas en madera de maguey, cruces y crucifijos de variadas dimensiones y una multitud de utensilios de diversos materiales evocan la evolución de la vida de las carmelitas descalzas entre esos espesos y elevados muros. Una vida fundada en la oración, el trabajo y la vida fraterna, los tres pilares instaurados por Santa Teresa de Jesús, la fundadora de la orden.
TRABAJO
En la vida cotidiana, las carmelitas de Cochabamba, como sus hermanas del resto del mundo –hay más de 12.000, en unos 850 carmelos en un centenar de países, según la Agencia Católica de Información– unen la oración ferviente y el trabajo manual. Este trabajo incluye tanto las tareas domésticas comunes, como las formas específicas de actividad encaminada a obtener fondos, por ejemplo: hornear las hostias, bordar los ornamentos litúrgicos o manufacturar iconos.
Las hermanas carmelitas del convento de Santa Teresa todavía elaboran vino, con uvas de su propio viñedo, pero ya no destilan aguardiente de esa misma fruta, como lo hacían hasta hace algunas décadas.
Debió ser bueno ese aguardiente, un éxito de ventas que impulsó a las monjitas a aumentar el volumen de su producción, es decir, a comprar equipos más grandes para destilar más mosto y cubrir la demanda de sus compradores.
Ahí están los dos alambiques, el primero que utilizaron y el segundo, dos veces más grande que el anterior. Posados cada uno sobre su fogón de barro, ambos artefactos se exhiben en el museo-convento, en la misma bodega donde durante décadas las carmelitas descalzas de Cochabamba elaboraron vino, una parte del cual era para consagrarlo en las misas de las parroquias locales. El resto, lo mismo que toda su producción de aguardiente, lo vendían a clientes cuyos rostros jamás vieron.
El vino de este año estará a la venta en unas semanas más, “en el mes de marzo”, cuenta Carla Cecilia Hurtado, la guía que conduce a los visitantes de este monumento histórico-religioso.
Hoy, quienes visitan el convento- museo de Santa Teresa pueden ver los alambiques, las cubetas donde las monjitas aplastaban las uvas pisándolas, otros artefactos –manuales ymecánicos– utilizados con el mismo fin, los cántaros donde el zumo de esos frutos se fermentaba hasta convertirse en vino y otros varios botellones, damajuanas embudos, tutumas y cucharas de palo necesarios para realizar las tareas de su pequeña industria vitivinícola. Todo eso está en la antigua bodega, un ambiente de medianas proporciones ubicado justo al lado de donde estaba su viñedo.
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HOSTIAS
La fabricación de hostias era otra de las ocupaciones de las monjas de Santa Teresa. En una de las celdas del antiguo claustro se exhiben los instrumentos que utilizaban para ese fin. Ahí están los cántaros donde preparaban el pan ácimo –es decir harina de diferentes cereales (trigo, cebada, maíz) sin levadura y agua–, el brasero donde encendían los carbones, encima de los cuales calentaban las planchas para hornear lashostias.
Son de varios tamaños y formas esas planchas, y pesadas. “Las calentaban a 160 grados antes de echar la pasta”, explica el guía Chistian Gonzales a un grupo de atentos visitantes de esta visita nocturna.
Las superficies interiores de esas planchas tienen grabadas imágenes piadosas, encerradas en círculos de variados tamaños que corresponden a las diversas tallas de hostias que fabricaban.
VELAS
Y también fabricaban velas, las monjitas, las hacían de cera de abeja o de sebo, grasa animal. Ahí está su fábrica artesanal,en un espacio entre la muralla oeste de lo que iba a ser la segunda iglesia y la tercera, la actual.
Es un aro de unos dos metros de diámetro en posición horizontal, suspendido de una larga cuerda que pasa por una polea asegurada a una viga del techo. Bajaban el aro para sumergir los pabilos colgados, en un recipiente de cobre –colocado encima de un fogón– donde estaba, derretido el sebo o la cera de abejas, luego izaban el aro sacando los pabilos y daban forma con sus manos al material tibio, antes de que termine de enfriarse, luego volvían a sumergir la vela inconclusa en ese material caliente. Y así, sucesivamente, hasta que las velas alcancen el grosor definitivo.
Las carmelitas descalzas del templo de Santa Teresa eran las principales fabricantes de velas de la ciudad en esos tiempos sin energía eléctrica, cuando las velas eran la única fuente de luz en las noches. Cerca de ahí, hay un ángulo formado por las murallas de piedra y enbovedado con ladrillos, al que se accede por un arco de poco más de un metro de alto: es el ahumadero, el lugar donde las religiosas ahumaban los jamones. Ellas colgaban las deshidratadas piernasde cerdo en unos palos cuyos cabos se empotraban en unas cavidades, opuestas, de los muros, un par de metros debajo de la bóveda que conserva aún el tizne dejado por el humo de la fogata que ardía en el rincón más profundo de ese lugar.
No hay rincón de este bello conjunto arquitectónico al que sus habitantes no le hayan dado utilidad.
En el ala oeste de la galería elevada del claustro, unida a la iglesia y la única sin celdas, varios pares de puertas cierran anaqueles empotrados en la espesa pared. Delante de un par de esas puertas, tres escalones de madera son también cajas donde guardaban ya no se sabe qué.
Por la rendija del par de puertas vecino se filtra un hilo de luz que despierta la curiosidad de los visitantes. El guía lo sabe y propicia el suspenso mientras se coloca sin prisas de espaldas a las puertas, anuncia lo que esconden y las abre con toda la calma del mundo.
EL BOTIQUÍN
Detrás de esas puertas de madera parda está el botiquín del convento. En medio de la semioscuridad del claustro, bajo la luz que ilumina el interior de esa alacena grande dividida en cuatro compartimientos horizontales, brillan los frasquitos de vidrio de varios colores y tamaños –con sus rótulos, en latín, escritos con tinta–, los estuches metálicos de jeringas y agujas hipodérmicas, los bacines y otros recipientes de loza y fierro enlozado, y el resto de objetos que servían para aliviar los malestares físicos de las monjas.
El recurso último al que acudían antes de llamar al médico está allí, en la repisa de las jeringas
Es un cubo metálico de color plateado brillante, con una especie de palanca en uno de sus lados, algunos botones en los costados y unas rendijas en el lado opuesto al de la palanca.
Se llama escarifador y sirve para practicar sangrías. El sofisticado artefacto está dotado de 16 láminas, filas como navajas y de forma de media luna, que salen de golpe al accionarse la palanca. Sus botones sirven para regular la profundidad de los cortes que ellas se practicaban “en diversas partes del cuerpo para aliviarse de las fiebres”, dice el guía.
Si ni pociones ni sangrías mejoraban el estado de la enferma, entonces llamaban al doctor, al que varias monjas recibían en la puerta del convento para acompañarlo hasta la celda de la paciente. Una de las que escoltaban al médico iba adelante haciendo sonar la campana que anunciaba la presencia de un extraño para que las religiosas se cubran el rostro si no estaban cerca de su celda donde debían permanecer hasta que el doctor abandone el convento.
LA PRIMERA
La puerta abierta de la bodega iluminada dibuja un rectángulo de luz sobre el pasto del patio, vasto espacio donde hace 252 años, en 1767, se erigía la primera iglesia del convento, consagrada –igual que la actual– a la Santísima Trinidad. Ese edificio se desplomó 23 años después, como resultado de un sismo. Hoy quedan de él algunos pocos ambientes y la fachada, con su puerta de ingreso.
Es ahí donde comienza la visita nocturna al convento-museo, programada siempre en sábado y dos veces por mes a partir de marzo.
Detrás de la solitaria fachada, y a casi tres metros por encima del suelo, se ubica la ermita de la Santísima Trinidad, el único ambiente cerrado que sobrevive de aquella primera iglesia y que hoy está restaurado. Sus espesas paredes se estaban separando y amenazaban con desplomarse, lo que se evitó con la colocación de unos tensores de fierro que las atraviesan sosteniéndolas. Una araña metálica de imponente diseño barroco cuelga en medio de la sala, “se necesitan ocho personas para izarla”, explica la guía. Bajar esa inmensa araña y volver a subirla debió ser un ejercicio frecuente para las monjitas, pues esa era la única manera de cambiar las velas agotadas, por otras nuevas. Hoy, bombillas eléctricas ocupan el lugar de las velas y su abundante luz deja ver los radiantes colores de la restauración e, instaladas en una especie de altar pegado a la pared, las imágenes que representan a la Santísima Trinidad, incompleta pues el Espíritu Santo está aún en restauración.
No es lo único, varias pinturas están sometidas a ese proceso y “hay muchísimas más cosas guardadas que las que están expuestas”, dice el padre Linton Guzmán, guardián de este precioso convento que maravilla al visitarlo, de día o de noche, y cada vez como si fuera la primera, porque esa espiritualidad e historia que flota en su atmósfera invita a volver, y volver, a recorrer sus venerables salas y serenos corredores.
Tallados de las monjitas
Unos 15 centímetros de alto tiene esta curiosa banana que sostiene a un pajarito. Es una de las numerosas miniaturas talladas en madera de maguey por las monjitas en una fecha desconocida del siglo XVIII o XIX.
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Planchasparahornear hostias
Esta es una de las varias expuestas en el museo. Todas son de hierro macizo, pesadas y tienen grabados diversos que imprimían, en relieve, figuras y leyendas en las hostias, varios tamaños fabricados por las religiosas.
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Duradera austeridad
Esta cerradura de un anaquel empotrado de la única sala que sobrevive de la primera iglesia, desplomada por un sismo en 1790, todavía funciona. Aunque ya no es de utilidad para las cinco monjas de clausura que ahora viven en un nuevo claustro. El antiguo está convertido en museo.
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LA BODEGA
Aquí, las carmelitas elaboraban vino y aguardiente de las uvas de su propio viñedo.
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FÁBRICA DE CANDELAS
Las velas conservan aún las marcas de los dedos de las monjas que las amoldaban con las manos.






























