Cuando Tarija era la capital de la felicidad

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Publicado el 19/04/2021 a las 8h30
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Hubo un tiempo, y aún queda algo de aquel, cuando en Tarija confluían muchas más alegrías que penas. En el fértil y prolífico valle, la vida social se había consolidado armoniosa y apacible a diferencia de lo que pasaba en otras regiones de Bolivia. Se cuenta que los campesinos, cuando salían hacia otras tierras y les preguntaban por su procedencia, respondían: “Diandi es lindu di ahy soy yo”. Así lo recuerdan tanto testigos como historiadores.

“Mi abuela y mi mamá me contaban que en Tarija, en sus tiempos, se podía vivir de manera confiada y sana -dice Vilma Videa de Navajas-. Y yo también puedo decir que durante mi infancia y de jovencita todavía había mucho de ese ambiente. Prácticamente todos se llevaban bien con todos, la vida era sencilla, y el lugar muy lindo, muy lleno de vida. La gente, por ejemplo, no tomaba ninguna medida de seguridad para sus viviendas. No había chapas ni candados, no había delincuencia”.

Doña Vilma, nacida en 1932, describe un poblado de cuatro a cinco barrios consolidados. Se habían asentado entre algunas lomas al este, donde se construyó la capilla de San Roque, y, al oeste, las playas del río Guadalquivir. En su centro y parte del entorno, algunos palacetes y varias casonas. No había aún el servicio de agua potable, pero dos generosas acequias colmadas de agua cristalina bordeaban y proveían del líquido vital a los vecindarios. Abundaban los huertos frutales y los jardines. En el entorno, también había proliferado haciendas que producían los ingredientes suficientes para una diversidad de manjares, y algo más.

“La plaza y las aceras tenían sus lozas, las calles centrales eran empedradas -recuerda doña Vilma-. Había muy pocos automóviles, el transporte de mercaderías aún apelaba muchísimo a los burros y las mulas. Incluso cuando empezaron a asfaltar las primeras avenidas, los burros se asustaban y se quedaban paralizados al sentir el asfalto. El servicio de luz era débil y en las noches los postes alumbraban muy apenas, tanto que teníamos que preguntarnos unos a otros quién estaba al otro lado.  Como todos nos conocíamos, lo gracioso era que nos preguntábamos por nuestros apodos”.

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Recreación. Coimata es uno de los balnearios naturales que permanecen desde hace décadas aún funcionando.

Compadres de verdad

Las relaciones sociales no eran traumáticas y esto lo llegaron a reconocer incluso quienes solían denunciar en otras partes “la lucha de clases”. “Los peones vestían bien y hasta se mostraban elegantes -dice la señora Videa-. Guardaban una amistosa consideración por el patrón”.  “Es así, sin duda, y esto hasta lo reconoció el doctor Víctor Paz -afirma el geólogo e historiador José Paz Garzón-. Había la relación del compadrazgo, del compadre y la comadre que viene a traducirse en ‘como padre’ o ‘como madre’. A ellos se podría confiar los hijos propios, pues se iban a portar ‘como padres’”.

De aquel ambiente, se deduce que los tarijeños desarrollaron su proverbial cordialidad y buen humor, célebre por su habilidad para los apodos. También su notoria inclinación hacia el canto y la poesía. Vocaciones que sin duda multiplicaban su inspiración cada principio de verano cuando se producía el fenómeno más festivo de cada año: “La llegada del río”. En diciembre, el Guadalquivir colmaba su lecho con un arribo espectacular que horas antes había preanunciado la primera lluvia en las cordilleras del norte. “Esas temporadas eran hermosas -recuerda doña Vilma-. todos íbamos a nadar, a hacer días de campo, a divertirnos”.

Fueron entre tres a cuatro décadas en las que Tarija probablemente se convirtió en la capital de la felicidad. Paz Garzón explica las razones: “Entre fines del siglo XIX y principios del XX, aquí se experimentó un esplendor económico. Ello porque el comercio de ultramar, que llegaba de Buenos Aires, ingresaba por Tarija. Se había convertido en un centro que recibía y transfería mercadería, su economía se ajustaba a ferias comerciales. Había, por ejemplo, una feria comercial que se realizaba para la fiesta de San Roque (16 de agosto) que duraba hasta cinco semanas”.

La bonanza comercial

Hacia aquellos centros comerciales llegaban arrieros desde Potosí, Chuquisaca, Santa Cruz y también del norte argentino. El historiador señala que adicionalmente Tarija tenía remanentes de su agricultura que le ayudaban a potenciar más su economía. Aquella bonanzosa etapa tuvo su pico más alto a principios de la segunda década del siglo XX. En ese tiempo surgieron varios potentados, entre quienes destacó Moisés Navajas, el dueño de los hoy célebres Casa Dorada y Castillo Azul.

De Navajas recuerda, por ejemplo, que llegó a tener una fortuna calculada en 300 millones de pesos bolivianos. Suma nada despreciable si se considera que en esos tiempos el presupuesto anual que el Gobierno boliviano asignaba al departamento bordeaba los dos millones de pesos. Visitaba frecuentemente las principales capitales y puertos europeos. De allí, trajo desde los arquitectos que diseñaron y construyeron sus palacetes hasta los pianos que animaban sus fiestas.

La familia Navajas y sus pares empezaron a impulsar diversos proyectos empresariales, sociales y académicos. La prosperidad tarijeña atrajo a diversos inmigrantes italianos, alemanes, árabes y de otras latitudes hasta pasados los años 20. Bastaba que algunos llegasen para que decidiesen quedarse. Es el caso de quien condujo, alrededor de 1917, el primer automóvil que llegó a Tarija. Era el suizo Eduardo Burry, quien fue recibido como un héroe y literalmente se enamoró del lugar.

Luego, trajo a sus hermanos y se hicieron responsables del estratégico servicio de correos y transportes hacia Villazón. Fueron los pioneros de transporte público, unos años más tarde trajeron un ómnibus. Pero, paralelamente, hacia Villazón y, por el sur, hacia Pocitos, la modernidad lanzaba dos brazos de hierro que poco a poco asfixiarían la economía tarijeña. “En la segunda década del siglo XX, el ferrocarril que tenía punta de riel en Güemes-Perico (provincia de Jujuy) se prolonga hacia Villazón -explica Paz-. El otro, que llegaba a Salta, avanza hacia Tartagal y finalmente hasta Santa Cruz”.

Los cambios fatales

Tarija quedó finalmente aislada de las vías férreas. Fue el primero de los golpes a su vida idílica. Entre 1932 y 1935 la Guerra del Chaco conmovió a la zona. Más de 5.000 jóvenes tarijeños partieron al frente. Otras decenas de miles de combatientes pasaban por “la sucursal del cielo” antes de ingresar en el “infierno verde”. La tragedia chaqueña le costó al departamento más de la mitad de su territorio.

Antes de la guerra tenía más de 80 mil kilómetros cuadrados, se quedó con sus actuales 37.623.

Pese a aquel golpe, durante la década de los 40, Tarija logró reconstruir parte de su dinámica economía. También preservaba su forma de vida y organización social. Pero, en 1952, llegó un nuevo sacudón general: la Revolución Nacional de 1952. “Todo empezó a cambiar el 52 -asegura doña Vilma-. La Reforma Agraria, las nuevas políticas complicaron la vida a todos. A mi suegro los campesinos le decían que no querían que las cosas cambien así, que se habían llevado bien, que él era bueno con ellos”.

“El mismo doctor (Víctor) Paz me dijo que la idea de la Reforma Agraria respondía más a un objetivo de status social de liberación sobre todo en el occidente del país donde había mucha explotación -explica Paz Garzón-. Pero no podían hacer leyes diferentes. Luego, reorganizar y planificar la economía resultaba algo muy complejo. El cambio debía ser económico y social, pero fue más social y político”.

Hacia las décadas de los 60 y los 70, el oasis tarijeño aún mantuvo buena parte de sus características. Relatos de escritores como Herbeto Arduz Ruíz, Ramiro F. Rodríguez y otros dan cuenta de ello.

“Durante la época de mi niñez y adolescencia, la ciudad todavía era una ciudad provinciana de alrededor de treinta mil almas -cuenta Arduz-. El flujo de automotores era mínimo al punto que la novedad constituía un taxi descapotable manejado por el ‘vientito’, muy conocido en la capital chapaca. Cuando alguien requería sus servicios, él preguntaba al ocasional pasajero donde qué familia tendría que trasportarlo. ¡Lógico!, era más fácil acordarse de los apellidos de los habitantes antes que retener el nombre de las calles”.

Los nuevos tiempos

Rodríguez rememora varios de los tradicionales encantos de décadas previas. Retretas festivas cada jueves, los frutales, las alegres escapadas a las pozas del Guadalquivir cada verano. Aunque ya para entonces al río se le había ganado varios cientos de metros para imponerle la moderna avenida costanera.

Los procesos económicos y sociales en el entorno se encargarían de hacer imposible la preservación de aquel estilo de vida. La inmigración sorprendió por lo masiva a partir de los 80. El shock de la modernidad llegó como una tromba. El Guadalquivir hoy pasa discreto con su cauce disminuido. Hace una década dejó de ser lugar de bañistas. Sus últimos bosquecillos de flora endémica resultaron arrasados por el auge inmobiliario.

Progresivamente, en el entorno tarijeño fueron quedando, a manera de islas, balnearios naturales, senderos, huertas y haciendas como memoria viva del tiempo idílico. Hoy constituyen el eje del turismo local. Cuando se los visita, aún se recuerda y revive un diálogo de cuando doña Vilma era jovencita:

Cuentan que los enamorados decían:

“- ¿Vamos?

- ¿A dónde?

- A ser felices.

- ¿Y dónde queda eso?

- En la chura Tarija”.

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