Evo: deformando valores culturales identitarios

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 24/06/2021

Identidad cultural es la reunión de distintivos propios de una sociedad que, a través de manifestaciones complejas y variadas, permiten a sus individuos identificarse como miembros de ese colectivo. Simultáneamente, también está presente la diferenciación de otros grupos culturales que, sin duda, forman parte de un todo. La identidad cultural debe servir para cohesionar, incluir y corresponsabilizar. No excluye ni define posiciones sociales. Integra, abraza a los individuos y propicia un sentido de pertenencia, de arraigo hacia esencias fundamentales: igualdad, equivalencia, respeto.

La identidad cultural está ligada a diversos aspectos de una sociedad. Desde su lengua, sus creencias, sus tradiciones, costumbres y un sistema de valores que serán los hilos conductores de la pervivencia armónica, ética, moral y del apego a lo legal de ese universo social.

La identidad cultural no es un concepto estático, es dinámico. Está sujeta a una constante evolución y a una correlación de nuevas realidades históricas que, sin duda, dinamizan su naturaleza y la hacen más diversa.

Nuestra identidad contempla una diversidad que nos hace particulares, mas no excepcionales.

Siguiendo la línea de identidad cultural, en Bolivia, la dualidad es un elemento unificador. Semejante al eterno retorno de lo idéntico. Lo cíclico se convierte en una ley. ¡Todo fue! ¡Todo es idéntico! ¡Todo vuelve a suceder! Esta es una sentencia que, como una espada de Damocles. pende de las vigas del tiempo y del espacio. Tiempo y espacio son, desde una unidad vigorosa, un taypi inescrutable que pervive en armonía cíclica, en esa que se va construyendo a base de encuentros y desencuentros. 

Esta circularidad en el tiempo y el espacio, que también es un taypi andino, es sabia y cíclica. Los aymaras contemporáneos traducen esa dualidad de tiempo y espacio como algo más que una conjunción. ¡Es el cosmos!

Los principales articuladores que promueven un bienestar social en esa circularidad son la ética y la moral. Mandatos supremos que están sujetos a una educación aprendida, a una sabiduría que se corresponde con el ayni, está interpretada como un conjunto de acciones, pensamientos y sentimientos. La reciprocidad del ayni es de ida y de vuelta: dar y recibir, decir y escuchar, respetar y ser respetado. A todo esto precede una condición insoslayable: la ética como mediadora y determinante entre la armonía y el caos.

Hoy, más que nunca, es necesario reivindicar esos mandatos. Los de ahora se confunden en medio del caos, las injusticias, la deslealtad y el irrespeto. Se ha producido una ruptura de valores éticos y morales.

Los 14 años de gobierno de Morales han servido para desgastar paulatinamente todo comportamiento ético, moral y de convivencia.

Ese régimen no solo logró imponer su voluntad como único recurso, sino también institucionalizó la banalización de los valores fundamentales de una sociedad. Masificó la corrupción como forma natural de convivencia y la convirtió en “moneda” diaria de transacción. Quebró por completo los cimientos de la ética como piedra fundamental de la justicia, la democracia y la equidad.

El mandato evista del no pasa nada y “yo le meto nomás”, se constituyó en regla de oro. “El no es para tanto’. “No exageren”. “Todo está bien”. Son frases que de una forma subyacente incitaron e incitan al delito, a la transgresión, a seguir transgrediendo las normas sin reparo, a continuar delinquiendo sin pena ni preocupación, con la seguridad de que alguien del Gobierno justificará y legitimará esas fechorías.

¿Quién dijo delito? ¡Pamplinas! ¡Aquí no pasa nada! Todo está maravillosamente bien. “No exageren”.

En la era del masismo, la mentira y la injusticia se han normalizado, punzan como “filo de maguey”, han tenido que aprender a coexistir con la verdad, y pretenden vencer.

La mentira es vivificada por una ética mínima e “indolora”, es lenta, maligna y recorre la integridad como un torrente que contamina. Quizás, a fuerza de mentiras creadas y difundidas durante 14 años y más, nos estemos aproximando al estado ideal de los indecentes, hacer que sus discursos y sus acciones, por fin, consigan deshacerse del fantasma de la verdad.

Cuando un presidente pierde credibilidad, apoyo, respeto, ética y transparencia, la democracia no le sirve para seguir gobernando. Entonces, es necesario imponer la fuerza y los deseos del mandamás, activar sus mecanismos represores e imponer sus leyes para amordazar e intimidar a su pueblo, así transcurrieron los largos años del evismo y, aún ahora, seguimos con el mismo modelo. La diferencia está en que, actualmente, el poder de manipulación, administración y decisión, no recae en el presidente del Estado, sino que está agazapado entre la bruma y, desde esa posición hace más peligroso el futuro. 

Si pierdo en democracia, debo ganar de facto imponiendo mi caprichosa voluntad, diría un dictador en ciernes.

Evo Morales, subvirtió el pensamiento lógico y racional, desintegró la institucionalidad democrática. Desordenó los procedimientos y los acomodó a su autoridad. Esa figura presidencialista condenó al peligro latente de entronización. Y así fue, eso estuvo sellado y sacramentado en los “mandamientos” del MAS que fueron trabajados sistemáticamente desde que Evo asumió la presidencia y refrendados constantemente por ese su “pueblo” y sus elites de poder que convierten lo ilícito en lícito.

Evo Morales transgredió los principios elementales de la comunidad, dio la espalda a quienes creyeron en su palabra, en esa que no se rubrica, sino se cree porque se supone que se está frente al igual. Él ha perdido toda credibilidad. La circularidad en comunidad es vigorosa, contempla el pasado, presente y futuro. Todo lo que se haya hecho deviene en un futuro, en una consecuencia ineludible.

Si la identidad cultural está ligada a un sistema de valores, desde hace 14 años de evomasismo hemos ingresado a un desgaste sistemático de la convivencia regida por normas y ética, donde el afán de minimizar la impostura y el delito se ha convertido en una forma de vida para buena parte de nuestra sociedad.

Esto, sin duda, desorbita por completo la validez de la justicia, de la reciprocidad y del respeto. Se replica con fuerza en ese individuo que agrede constantemente, que miente, que delinque, que comete feminicidio, que amenaza, que se corrompe, y que está dispuesto a todo porque sabe que su desfachatez tiene un blindaje oficial que socapa e la interpreta como una anécdota.

 

El autor es comunicador social

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