Se llama Tilcayo, estúpidos
Bolivia acaba de regalarle al mundo una noticia extraordinaria desde los Yungas: el descubrimiento del Leopardus tilcayo, un nuevo felino silvestre que la ciencia reconoce después de más de un siglo sin registrar una especie nueva de este tipo.
Hice una búsqueda de casi media hora en las redes sociales y en los canales oficiales para encontrar algún pronunciamiento del presidente Rodrigo Paz o de algún personero del Gobierno sobre el descubrimiento.
Busqué una felicitación, una declaración, un mensaje, cualquier señal de que el Ejecutivo hubiera entendido la dimensión de la noticia. Cero. Nada. Absolutamente nada.
Mientras el mundo informa, felicita, prepara programas especiales y fija sus ojos en los Yungas, en Senda Verde y en el tilcayo, el Gobierno parece no haberse enterado. O, peor aún, parece que la noticia no entra en su agenda.
¡El mundo mira hacia los Yungas, el Gobierno mira hacia otra parte! Y no deja de ser una paradoja. Después de meses en los que Bolivia aparece ante el mundo asociada a noticias oscuras y lapidarias, surge un respiro, una noticia capaz de cambiar por unos días el relato sobre el país.
Un pequeño felino consigue lo que la política, la economía y la diplomacia no han logrado: poner a Bolivia en los titulares internacionales por una razón extraordinaria.
El hallazgo fue posible gracias a investigadores y al trabajo de Senda Verde, el refugio donde llegó aquel animal que alguna vez fue confundido con un gato doméstico.
El mundo reaccionó. Medios latinoamericanos y publicaciones especializadas pusieron los ojos sobre Bolivia. El nombre de los Yungas comenzó a circular por el planeta por una razón extraordinaria: aquí, en un país acostumbrado a exportar malas noticias, la ciencia acababa de regalarle una buena.
Y mientras afuera rugía la noticia, en el gobierno de este país parecía escucharse otra cosa: silencio. En mi búsqueda infructuosa, hallé la FELCDA anunciando una campaña de concientización para evitar la captura de otros ejemplares, y la AJAM ya había intervenido días antes ante una denuncia de actividad minera irregular en inmediaciones de Senda Verde.
Es decir, alguna institucionalidad se movió. Pero la pregunta permanece: ¿dónde está la voz política que convierte un descubrimiento de esta magnitud en una oportunidad para hablar de ciencia, conservación, turismo, biodiversidad y país?
Parece que el Gobierno tiene cosas más importantes que hacer. Por ejemplo, sobrevivir a la crisis.
Bolivia lleva meses respirando entre el sicariato, la corrupción, los asesinatos, los robos, las acusaciones, el narcotráfico, las marchas, los paros, los bloqueos, las conspiraciones y esa interminable colección de desgracias que ha terminado convirtiendo la agenda nacional en una especie de sala de emergencias sin médico de turno. Todo es urgente, todo es grave, todo arde. Y cuando todo arde, curiosamente, nadie mira el bosque.
Ni siquiera cuando del bosque sale una especie que la ciencia mundial llevaba más de cien años sin descubrir. Ese es quizá el problema más profundo: no solamente tenemos un país atravesado por la crisis, sino un poder político que parece haberse acostumbrado a ella.
La crisis se ha convertido en agenda, método, discurso y coartada. Se gobierna apagando incendios y después se explica por qué no hubo tiempo para construir nada. Pero un país no se construye solamente con decretos, ministros, combustibles, dólares, policías y conferencias de prensa.
También se construye descubriendo, conservando, investigando, creando, inventando. Protegiendo aquello que no tiene capacidad de marchar frente al Palacio ni de bloquear una carretera para exigir presupuesto. El tilcayo no tiene sindicato. No tiene bancada. No tiene operadores políticos. No tiene dirigentes.
No puede amenazar con un bloqueo de caminos. No puede aparecer en una conferencia de prensa para reclamar atención. Tal vez por eso resulta tan fácil ignorarlo.
La ironía es que mientras la política boliviana consume horas hablando de poder, el mundo acaba de descubrir que Bolivia todavía tiene algo mucho más poderoso que una pelea partidaria: biodiversidad desconocida.
El tilcayo ha puesto a los Yungas en los mapas internacionales. Senda Verde aparece en medios de todo el mundo. Científicos estudian el hallazgo. Turistas y visitantes quieren conocer el lugar.
Incluso comenzaron a generarse donaciones para el refugio, que alberga a más de 1.200 animales.
Es decir, mientras el Estado parece preguntarse qué hacer con la crisis, una pequeña criatura de poco más de un kilo está haciendo por la imagen internacional de Bolivia algo que millones de dólares en publicidad turística difícilmente conseguirían.
Y aquí aparece otra ironía.
Bolivia habla de turismo, pero muchas veces parece hacerlo como quien habla de un pariente lejano: sabe que existe, pero no sabe muy bien qué hacer con él.
El turismo de aventura en Bolivia es, en ocasiones, exactamente eso: aventura. El visitante llega porque alguien le contó, porque otro turista publicó una fotografía, porque un explorador extranjero recomendó el lugar, porque una plataforma digital descubrió lo que el Estado no supo vender.
El país tiene Salar de Uyuni, Madidi, los Yungas, el lago Titicaca, parques nacionales, pueblos, montañas, selvas, caminos, culturas, gastronomía y una biodiversidad extraordinaria. Pero seguimos esperando que el turista haga el trabajo de promoción.
Que venga, que descubra, que filme, que publique, que nos explique al mundo.
Y después, si tiene suerte, nosotros aparecemos en la fotografía. Ahora ocurre algo todavía más revelador. Un pequeño felino está consiguiendo que el mundo mire hacia los Yungas y hacia Senda Verde. Y detrás de esa mirada aparece una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo para proteger ese lugar?
Porque el descubrimiento científico no es el final de la historia. Puede ser apenas el principio. Desde Senda Verde ya alertaron que los avistamientos del tilcayo son menos frecuentes y relacionaron esa disminución con el avance de actividades extractivas.
La bióloga Paola Nogales-Ascarrunz también advirtió sobre la fragilidad del ecosistema donde vive la especie y las amenazas derivadas de incendios y minería.
Ahí está el verdadero asunto. No se trata de posar junto al tilcayo. No se trata de convertirlo en mascota nacional, imprimirlo en una polera o subir una fotografía con un corazón.
Se trata de entender que una especie nueva obliga a mirar nuevamente un territorio antiguo. Y obliga al Estado a preguntarse cuánto sabe de su propio país. Porque quizá la mayor paradoja de esta historia sea que la ciencia acaba de demostrar que todavía conocemos muy poco de Bolivia.
Mientras nosotros discutimos quién tiene la culpa del desastre económico, quién bloquea, quién conspira, quién roba, quién acusa y quién responde, en nuestros bosques todavía pueden existir especies que ni siquiera hemos identificado.
Eso debería sacudir algo más que las redes sociales. Debería sacudir al Estado. Pero para eso hace falta una política pública que mire más allá de la emergencia. Una política que entienda que la ciencia no es un lujo, que la cultura no es decoración, que el arte no es entretenimiento para tiempos tranquilos y que la conservación no consiste únicamente en aparecer cuando una noticia internacional ya hizo el trabajo de llamar la atención.
Un país que solamente reacciona cuando el mundo lo descubre está condenado a conocerse por accidente. Y Bolivia tiene demasiadas cosas extraordinarias ocurriendo por accidente.
El tilcayo apareció ante la ciencia casi de casualidad. Senda Verde lo protegió. Investigadores siguieron las pistas. El ADN hizo el resto. Y el mundo descubrió una especie que llevaba millones de años viviendo en silencio.
Qué ironía. El felino necesitó millones de años para llegar a los titulares.
El Gobierno necesitó apenas unos días para quedarse callado. Mientras el mundo mira hacia los Yungas, Bolivia vuelve a mirarse el ombligo.
Mientras los científicos hablan de evolución, conservación y biodiversidad, nosotros seguimos hablando de crisis. Mientras afuera descubren una Bolivia desconocida, aquí seguimos administrando la conocida: la del conflicto, la escasez, la pelea y el sobresalto cotidiano.
Tal vez por eso el tilcayo resulte tan incómodo. Porque no solamente es una especie nueva. Es también una noticia sobre el país que podríamos ser. Uno que descubra, investigue, conserve, produzca conocimiento y convierta su riqueza natural en ciencia, turismo y oportunidades.
Pero para eso hay que levantar la mirada. Salir por un momento del Palacio. Mirar hacia los Yungas Y escuchar. Allá, entre la humedad de los bosques, hay un pequeño felino que acaba de hacer más ruido que toda la política torpe e inoperante boliviana.
Y mientras el tilcayo ruge —aunque sea en silencio—, el Palacio parece seguir ocupado en otras cosas. ¡Se llama Tilcayo, estúpidos!
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.






















