Pensar el Bicentenario desde “Voces al Estribo”

Cultura
Publicado el 21/07/2025 a las 10h24
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Francisco Medina

Debo, en primer lugar, agradecerte, Charito Quiroga, por el honor que me haces al permitirme reseñar por segunda vez en la contratapa de tus obras. La primera, en la hermosa novela juvenil "Ella en el pentagrama"; la segunda, en esta obra, lo que me permitió tener la novela en mis manos inclusive antes de que esta entrara a prensa.

En su momento escribí que “Voces al Estribo” es una novela interesante, un déjà vu a la historia reciente. Pero, más allá de esa calificación de paramnesia, es un pastel literario, un hojaldre que muestra, en primer plano, al poder y sus bemoles; al poder como sustantivo, como bien escaso, pero también al poder, como se escribe en nuestra patria: al poder como verbo y con jota.

Después de haber leído “Voces al Estribo” para redactar aquella reseña, haber disfrutado al leerlo nuevamente como compañía en mi viaje a Lima y, releerlo en estos espacios carnavaleros de no hacer nada, puedo ampliar con solvencia lo que en su momento escribí como reseña.

A la escritora Rosario Quiroga tengo la suerte de escucharla en las disertaciones mensuales de la Unión Nacional de Poetas y Escritores, ya como disertante o ya como opinante, pero siempre la escucho.

 

“Voy a hablarte del viento / que en la noche / nos enreda en la muerte.

Yo no sé / de la nieve en las alturas, hierba que crece en lo caminos.

Solo sé del rocío / oculto entre mis ojos”

 

Poema I de Poemas en el viento

A la escritora Rosario Quiroga la busco en cada una de sus obras que publica, porque, como ella alguna vez dijo, no al viento, sino a nosotros nos escribe.

Y mientras más la escucho y mientras más la leo, confirmo que en sus palabras y en sus escritos habitan como iracundas voces los susurros marginales de esta sociedad. ¿Quién más puede entender aquellos bisbiseos, sino la que alguna vez fue docente de arrabal? ¿Quién más puede comprender cuando ellos musitan sus penas, sino la que alguna vez fue profesora de canillitas, maestra de albañiles y preceptora de empleadas domésticas, bajo la penumbra de un foco de cincuenta watts, a las ocho y media de la noche y somnolencia de por medio?

Ese rico trajín es la fuente que encontramos cada vez que abrimos un libro suyo:

“En la fuerte cintura del miedo / detrás / del ruido mediocre de las calles / donde ruedan las fatigas / su prolongado silencio-”

 

Antes del olvido

La obra “Voces al Estribo” de Rosario Quiroga, su voz y su pluma, aquella pluma que enciende tantas voces iracundas que para el resto gritan bajito, estruendosamente bajito, son ahora material de reflexión, más aún cuando ya asistimos a celebrar 200 años de convivencia oficialmente propia y de vida institucional no abiertamente asistida “discúlpenme si evito usar la palabra libertad”

“Voces al Estribo” es la muestra escrita de este país, y encaja de la poética forma que lo dijo el sorateño Guillermo Viscarra Fabre: “este es el país de los tesoros, donde apretadas quedan las palabras en vetas anchas de encendidos labios.” El tiempo en el que se desarrolla

“Voces al Estribo”, ese espacio de tiempo donde perviven esquilmando moralidades propias y ajenas Charly Fuentes y Ximena, donde gangrenan la jueza Marcia Payajes y el diputado Valdivia, donde parasitan con el sistema Esteban y Cayetano, no es un tiempo muy amplio, apenas unos años, lo suficiente para sentirlo como un dejavú permanente de la forma real como se hace este país:

“Un día que ya es historia, / apenas tiempo transcurrido, / encima la aridez de un territorio yermo / nació la patria de los sueños”, nos lo dice de manera precisa el poeta portosuareño Julio de la Vega.

El debate regular que se está gestando en estas fechas bicentenarias es que si Agustín Morales recibió cien mil pesos en un cheque a cobrar en el banco de Valparaíso para que Braun y compañía pudieran adjudicarse el ferrocarril de Antofagasta a Mejillones, allá en los nebulosos tiempos antes de la guerra del salitre, que si la imagen de don Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá debería bajarse de los sagrarios de la historia porque poco hizo con su sable por estas tierras; que si en la Chuquisaca virreinal, aquella mañana sediciosa, mientras las campanas tañían llamando a las armas, la plaza se desaforaba gritando “viva el rey, muera el mal gobierno”; que si lo que está escrito en la historia no está bien escrito, o lo que no se escribió en la historia en su momento, ahora debería llenar las páginas, importa, para mí, poco. Yo, al contrario de todo ello, me aupo al estribo de voces que proclama Rosario Quiroga como debate de las taras que exhibimos.

La novela expone de la manera más cruda los mecanismos de la corrupción generalizada y sistémica, que no solo ha permeado las instituciones políticas, judiciales y sociales, sino que las enmierda y necrosa nuestros valores colectivos.

Reconocemos, en la historia de la obra, políticos ambiciosos, figuras poderosas del narcotráfico, personajes larvarios de los estamentos judiciales; identificamos negociados ilícitos, tráfico de influencias y manipulación del poder para beneficio personal. Todo aquello, en el contexto del repensar el bicentenario, puede servir como un recordatorio necesario de los desafíos persistentes en la construcción de la patria que pretendemos.

“Voces al Estribo” desnuda cómo los movimientos sociales, que históricamente han jugado un honroso papel en la lucha por la justicia y la equidad social, pueden ser instrumentalizados y manipulados por intereses abyectos. La descripción de cómo se financian y organizan marchas y bloqueos con fines particulares, plantea una crítica a la autenticidad y la efectividad de estas formas de protesta, especialmente si son cooptadas por la corrupción.

En el replanteamiento de lo que queremos más allá del bicentenario, con esto, estamos invitados a tener una sincera reflexión sobre la genuinidad de la participación ciudadana y la necesidad de evitar su manipulación.

Ximena y Cayetano, en sus historias, enrostran la desigualdad social y la falta de oportunidades. Esta enfermedad, tan añeja como tan nuestra, nos clama y nos denuncia cómo las personas pueden ser empujadas hacia caminos moralmente ambiguos en busca de supervivencia social. Nada se ha modificado después de dos siglos. Nada ha variado. Solo cambiamos mocos por babas y seguimos siendo esclavos de nuestras propias taras.

La presencia del “gran jefe narco” y su capacidad para influir en la política y la sociedad, subraya la compleja y persistente problemática del narcotráfico entre nosotros. Rosario Quiroga aborda esta temática desde la ficción, desde sus letras, desde lo que ella hace de manera magistral, porque la pluma, a diferencia del discurso político, no tiembla cuando acusa.

“Voces al Estribo” nos sumerge en las complejidades morales y las contradicciones individuales. Los personajes no son unidimensionales, se debaten entre diferentes motivaciones y distintas lealtades.

Esta exploración de las complejidades morales y las contradicciones individuales es el genial recurso de la autora para generar una reflexión más profunda sobre la naturaleza humana y las difíciles decisiones que enfrentan las personas en un entorno social adverso y hostil.

En suma, “Voces al Estribo” es una perspectiva crítica fundamental sobre la sociedad boliviana actual. Su lectura es esencialmente relevante para promover una reflexión honesta y una autocrítica sobre los desafíos que aún persisten en la construcción de una Bolivia más justa, de una patria más equitativa y de un país más transparente.

En lugar de una celebración acrítica del pasado, la novela invita a examinar las sombras y las continuidades históricas que aún influyen en el presente. Por todo ello, debo felicitar sinceramente a la escritora Rosario Quiroga y desearle larga vida a “Voces al Estribo” que con seguridad la tendrá.

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