Bolivianos; el porqué de sus malos hábitos

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Publicado el 23/04/2023 a las 22h52
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Bolivia, se dice que también en varios otros países latinoamericanos, podría inspirar una antología sobre la impuntualidad. Constituye una de las más marcadas conductas colectivas que son recurrentemente cuestionadas por propios y ajenos. Pasa algo similar con la falta de respeto a las normas, el gregarismo o corporativismo, la intolerancia, el complejo de superioridad y el formalismo superficial. Así lo señalan diversos especialistas consultados sobre el lado oscuro de los hábitos y costumbres de quienes habitan este país.

Probablemente, la impuntualidad nacional, la llamada “hora boliviana”, se pone en evidencia, especialmente, en dos escenarios: cuando los bolivianos salen a diversos países que tienen “otras horas” o cuando llegan visitantes de esos países y se pacta una determinada cita con ellos. “He tenido la oportunidad de ser catedrático y alumno en otras tierras —dice Omar Pinto (nombre ficticio), un docente universitario especializado en estudios culturale—. Siempre me sorprendía la diferencia con lo que pasa aquí. La primera vez que fui a dar unas charlas a Montevideo, el público asistente estaba 15 a 10 minutos antes de que empiece. Y eran también muy puntuales para las citas informales, lo propio en España o Alemania”.

Pinto, viajero impenitente durante ya casi cinco décadas, suma también el reverso. “He visto varias veces a compatriotas que perdieron vuelos internacionales o que llegaron jadeando al filo del cierre. En una ocasión, a fines de 2005, les pasó eso a dos periodistas y un dirigente sindical que habían acompañado a una delegación oficial a Cuba. Tras una severa reprimenda les consiguieron un vuelo a Lima y desde allí ellos tuvieron que vérselas cómo volver. Recuerdo también a un voluntario español que ayudaba a los bolivianos. Contaba que sabía identificar a los recién llegados porque en su primera cita le hacían esperar de media hora para arriba y hasta dos horas inclusive”.

“Atrasones” por atraso

¿Por qué probablemente la mayoría de los bolivianos tienen la mala costumbre de llegar tarde a sus compromisos? La influencia de un entorno que acepta y hasta fomenta la impuntualidad es la primera conclusión en la que coinciden los especialistas. También señalan a una falta de cultivo de la autodisciplina para administrar los tiempos. En tercer lugar, suma el hecho de que Bolivia todavía no es un Estado debidamente organizado y sus instituciones tienen un funcionamiento laxo.

“El individuo aprende del entorno cierto tipo de conductas que son ‘admisibles’ —explica el psicólogo Carlos Velásquez—. Tenemos en Bolivia un entorno donde no es habitual que se pacte un horario para determinada actividad y que se empiece en esa hora. Así las personas han aprendido a generar tolerancia a la impuntualidad y hasta ver con susceptibilidad la puntualidad. Hay casos en los que, si alguien llega puntual a una cena, llama la atención y hasta incomoda a los anfitriones”.

A tiempo de coincidir con esas percepciones, el sociólogo Franco Gamboa Rocabado y el historiador Alexis Pérez Torrico añaden el factor formativo. “Hay una falta de autodisciplina —explica el primero—. Y no sé si la disciplina de grupo se ha relajado en las propias familias, pero indudablemente se relajó en las instituciones educativas, especialmente universitarias. La indisciplina de grupo hoy caracteriza a las universidades. En muchos casos empieza en la impuntualidad tolerada y la poca valoración del tiempo, pero se amplía a otros vicios sociales”. Por su parte, Pérez resume: “Hay una crónica atmósfera de pobreza, sino miseria, que afecta incluso a quienes tienen recursos, y genera esa y otras conductas sociales”.

“La hora boliviana”

El psicopedagogo Elio Torrez Menur complementa esas explicaciones y detalla los resortes que hacen impuntuales a probablemente cientos de miles de bolivianos: “Una sociedad o un Estado muy organizados funcionan como un relojito. En Japón, Alemania, Surcorea, etc. sus instituciones se hallan en constante coordinación y dependencia, incluso para resolver sus contradicciones. Entonces, manejan un tiempo común. Por ejemplo, se recuerda cómo en los años 60, antes de su salto desarrollista, a los surcoreanos les cargaban con la ‘hora coreana’ porque eran atrasones. Ese estigma, para ellos, hoy ha quedado en el recuerdo”.

Torrez añade que en sociedades o Estados como el boliviano los tiempos de unos y otros son relativos. Sus miembros no valoran horas ni minutos de la misma manera, entonces los ciudadanos crecen y se forman dando a ‘sus tiempos’ diversas valoraciones. “Los empleados públicos tienen ‘sus tiempos’, los miden según sus rutinas. Los comerciantes que viven de la economía informal y los contrabandistas manejan otras valoraciones de tiempos. Prioridades distintas, ciclos distintos, que, según algunos investigadores, hasta afectan fisiológicamente al cerebro de quienes son impuntuales con el paso de los años”.

Coladores y coimeros

Si la impuntualidad resulta casi una marca registrada nacional, el poco respeto a las leyes también caracteriza a una notoria cantidad de bolivianos. Sabido es el caso del no respeto a las crónicas filas que se forman para diversos servicios. Se ha forzado el reparto de fichas para evitar a los “coladores”, pero también la venta furtiva de esas fichas o puestos. Es más, se crean mecanismos furtivos para evitar las colas a quienes mejor convenga. Algo similar pasa en el tráfico vehicular donde popularmente se dice: “La luz roja del semáforo es sólo una sugerencia”. Y en el ámbito de los trámites resulta también infaltable el hábito del pago de coimas.

¿Por qué el boliviano tiende a no respetar las normas de sana convivencia? “Si un ciudadano ve que sus autoridades no respetan la Constitución Política y, por lo tanto, sus derechos, ¿va a internalizar el respeto a las leyes?”—pregunta Pérez—. Eso viene desde mucho antes y también tiene que ver con la debilidad del Estado”. “Es la denominada ‘viveza criolla’ —recuerda Velásquez—. Se ha relativizado el comportamiento al punto de considerar que lo que ‘está mal no está tan mal’ porque todos lo hacen. Dentro de esta lógica se razona diciendo: ‘Si no aprovechas esta ventaja, eres un ‘tonto’, actúas mal, no estás dentro de lo que se espera. Así se ha aprendido a actuar pensando básicamente en el beneficio individual. Y eso lleva al mismo razonamiento en lo referido a la corrupción, es decir, a las coimas a toda escala”.     

Excusas y el “es que…”

El psicólogo añade que esta conducta colectiva ha sumado en los individuos un clásico mecanismo de excusa y justificación. Un mecanismo que genera una argumentación que permita aceptar dicho comportamiento. Según Velásquez, este mecanismo se resume en la conocida frase “es que”. “‘Es que gano muy poquito’, ‘es que los otros hacen lo mismo’, ‘es que así nomás las cosas funcionan aquí’, ‘es que estaba apurado’, ‘es que…’”.

Y nadie puede frenar el fenómeno, porque una de las condiciones fundamentales para evitar la violación a las leyes casi no existe en Bolivia. Así lo explica el sociólogo Franco Gamboa Rocabado: “Aprovecharse de las circunstancias, no respetar la norma es una consecuencia de la típica y profunda debilidad institucional y del Estado en general. Nadie respeta al Estado, el Estado no tiene control territorial. No tiene control sobre el monopolio legítimo de la ley y de la violencia, como decía Max Weber. Ni en Bolivia ni en gran parte de Latinoamérica hay ese tipo de Estados y un ejemplo claro de eso son los diversos tipos de contrabando de mercaderías”.  

Ese el marco de la costumbre y vicio de acatar, pero no cumplir que se extiende a todas las esferas políticas y sociales. Gamboa recuerda una frase atribuida al exgobernante brasileño Getulio Vargas (1951 -1954) como señal de lo profundamente arraigada que se halla esa conducta en el subcontinente: “La ley es para mis enemigos y la movida para mis amigos”.

Lo importante es parecer

El sociólogo amplía la aplicación de esta definición a otra inconducta que se considera frecuente en Bolivia: “El formalismo”. “Es un vicio que caracteriza tremendamente a la universidad y a muchos sectores culturales y políticos del país —señala Gamboa—. Cumplir todo en la superficie, o sea, hacer por hacer en la fachada, y ocultar la verdadera profundidad de los problemas. En Bolivia todo es formalismo, pero por detrás hay falta de seriedad y corrupción. En el ejemplo del caso universitario cunde la improvisación, no se presentan programas, se engaña a los estudiantes. Pero hacia afuera: “Tenemos acreditación internacional”, “valoramos el tiempo”, “somos los mejores”, “cumplimos estándares internacionales”… Pero todo es mentira.

Probablemente, el formalismo que advierte Gamboa sumado a la escasa valoración de las normas conducen a otra conocida inconducta social en Bolivia: el corporativismo, gregarismo o, en términos coloquiales, “camarillismo”. Fenómeno que se advierte en las conductas de todo tipo de gremios y sectores. Según su peso económico o social, buscan imponer sus demandas y privilegios, incluso a costa del resto, ya sea en las calles o en el lobby político. La lista va desde mineros cooperativistas y cocaleros, pasando por médicos y profesores, hasta empresarios agroindustriales, policías y militares. La conducta atraviesa infinidad de estamentos e instituciones, incluidos partidos políticos, sindicatos, clubes deportivos y hasta organizaciones religiosas.

“Camarilleros”

¿Por qué los bolivianos son “camarilleros”? “En un Estado signado por la pobreza, en el fondo, todos quieren asegurarse la vida al ver que nadie se las garantiza —responde Alexis Pérez—. Entonces, los grupos más audaces, más atrevidos son los que empiezan a imponer su voluntad y hasta a gobernar. Muy pocos, contados, son los que le ofrecen algo al país y le dicen: ‘Por esta vía saldremos todos de esta situación’”. “Es un problema a la vez social e individual —añade Velásquez—. Los individuos buscan a sus afines en necesidades y problemas. Luego imponen el beneficio de grupo al resto de la sociedad y queman el bosque, contaminan ríos, bloquean a inocentes…”.

Lo que deriva en la intolerancia, la emergencia de los complejos de falsa superioridad que desconocen méritos de otros, el triunfalismo y hasta enfermedades sociales, como el alcoholismo. Inconductas colectivas bolivianas que cada especialista consultado citó por su parte y que abren pie a más y más análisis. 

“Con todo, los bolivianos son, frecuentemente, valorados de manera positiva allá donde emigran —dice el viajero impenitente—. Cuando les dan oportunidades las saben aprovechar. No sólo que se vuelven puntuales, sino que tienen fama de buenos trabajadores y emprendedores. Ojalá un día nosotros en Bolivia sepamos darnos las condiciones para cambiar esta tierra, sin renunciar a cualidades tan propias como el amor por la familia, la cordialidad y la alegría. Sin duda, es la misión que nos cabe”.

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