Tres microcuentos
El Tío y los semáforos
De pronto, desaparecieron todos los semáforos de la ciudad. El tráfico era un caos durante días y meses. Autobuses, bicicletas, coches y motocicletas se entremezclaban en las calles formando un hormiguero de vehículos. La gente no entendía el porqué de este insólito hecho. Grupos de personas solían reunirse, en la avenida Cívica, para planificar una manifestación. Sospechaban de ladrones que habían llegado desde el extranjero. Otro conglomerado de gente, en la plaza 10 de Febrero, aseguraba que los “contras”, o sea, los opositores al Gobierno estaban boicoteando el orden de la ciudad. Sin embargo, la Policía siguió las pistas a un hombre, alto con sombrero de ala ancha, que caminada por las noches con un cigarro prendido entre los labios.
Finalmente, los carabineros entraron a la mina San José. Y en la cueva más recóndita descubrieron que allí estaba el Tío, riendo a carcajadas, con los semáforos amontonados uno sobre otro.
La avispa dentro de un globo
Una intrusa avispa se metió dentro de un globo. Vuela que vuela de pared a pared, ronda que ronda con su fino zumbido. De repente se desinfla el globo. La avispa queda atrapada entre sábanas de goma, estira las patas como un gato saltando por la brasa y mueve las antenas antes de dormir. Nuevamente se infla el globo, la avispa sacude la cabeza, articula una pata, luego la otra y empieza la misma rutina. Hasta que un niño pincha el globo, la avispa se pierde en el jardín.
El alicate
La negra Aisha estaba bella y sensual en el living. Llevaba un vestido rojo con escote y bien ceñido al cuerpo. Así dejaba ver todos sus encantos como frutas apetitosas. Se había recogido el pelo hacia atrás, y un leve maquillaje le daba un aire de diosa inmaculada.
Llegué a casa, y me miraba con bronca. Me quité las gafas y le dije:
- ¿Qué quieres, pelear?
Inmediatamente se marchó al baño, se encerró unos cinco minutos. Luego volvió al living. Se quitó la chaqueta y me dijo:
- ¿Qué quieres, pelear?
Entonces cogí un alicate, y con la otra mano la acerqué hacia mí, ella sonrió. Y nos besamos, como locos, durante tres minutos. Desde entonces, antes de acostarme con Aisha, siempre oculto el alicate debajo de la almohada.
(*) El autor es escritor.






















