Morbosos políticos
¿No hay ocupación más importante que llegar a casa con algo para compartir? ¿Un beso, un abrazo, un te quiero, un pan… una rutina o una novedad? Si no la hay, ¿por qué nos hemos convertido en unos morbosos políticos consumidores de la receta más desabrida de lo que se puede considerar parte del menú de la política? Abundante oferta que nos ha rebajado a consumidores de calle, compradores de porquería barata y de mala calidad, tóxica, venenosa, porquería fabricada --claro está-- al gusto de los comensales. ¡Eso asusta!
Ya no asombra observar al Ministro de la Presidencia alimentando las ganas. Gozoso debe estar repartiendo la dosis diaria a unos morbosos que exigen más y más; que se regocijan inhalando, bebiendo, fagocitando esa sustancia viscosa, grasosa y hedionda que envicia.
Del otro lado, consumidores de baratijas, de banalidades, de souvenir típico de las clientelas empobrecidas, ignorantes, perdidas. Ahí estamos, disfrutando del morbo político con las estadísticas, las especulaciones, los cálculos y las cifras; con los insultos y mentiras, discursos ofensivos, atractivamente ofensivos; de morbo se trata pues.
Ahí estamos sedientos de más, más para tragar, consumir y vomitar. Es entonces que sin haber recuperado del atracón, el Vice nos ofrece el plato fuerte, a la medida nuestra, y nos da donde más nos duele pero gusta. Es que así es el morbo.
Y ahí estamos todos, al interior de la carpa circense siendo parte de un espectáculo muy morboso. Unos convertidos en payasos portadores de gracias baratas y dolorosas, otros en rol de jadeantes y lujuriosos espectadores, y otros --los pocos-- en su trabajo de siempre: animadores de bolsillo ancho armando y desarmando el escenario tras los cuales cobran facturas por el deber bien obedecido. Ahí, mediando la locura que significa el morbo político.
Intelectuales --morbosos ellos también-- enredados en posturas fanáticas han perdido la seriedad que les caracterizaba; hasta el respeto les han arrebatado, echando a perder años de trabajo con comentarios deprimentes por supuesto muy mal escritos, característicos del vulgo morboso que contagia hasta a los más exquisitos letrados.
“Recorriendo hace poco una quieta ciudad de provincias, sorprendió al visitante la tendencia colectiva de las clases intelectuales y cultas a hacer política (…) un ejercicio permanente, obsesionante de todas las horas y de todos los espíritus.
Era algo así como la presión de una idea fija, de un plan de ideas previsto y calculado a cuyo cultivo, casi voluptuoso, no pudieron sustraerse los elementos locales y que parecía arrancar del ambiente caluroso en contraposición a la pasiva languidez del panorama circundante.
Hermosa actividad (la política) si ella correspondiera a las solicitudes imperiosas de la región cuya decadencia económica parece cumplirse inexorablemente a la vista del observador. Entre tanto se agita y caracolea el grupo político y los ideólogos hacen inefables consideraciones sobre el futuro electoral casi misérrimo pide a gritos ensayos de vigor administrativo, de progreso material, de enriquecimiento ordenado y lógico”.
Aterrador texto que describe El Tiempo de Bogotá en 1923, tan vigente, tan putamente vigente por estos lados y estos tiempos en los que se avecina lo que los de bolsillo ancho llaman “fiesta democrática”, haciendo creer al pueblo enfermo que el SÍ o el NO son el mejor remedio.
Vuelvo a preguntar y con esto acabo mi protesta, ¿acaso no hay algo más importante que hacer, pensar y construir?
Sequémonos el sudor, vistámonos, pidamos perdón por los placeres experimentados en orgía, recuperemos la dignidad y hagamos lo que tenemos que hacer, no lo que esperan los abusivos de siempre que hagamos.
La autora es comunicadora social.
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