Identificación étnica y ética en el corazón del imperio
En la primera mitad del siglo pasado demagogos de la talla de Adolfo Hitler conquistaron a uno de los pueblos más educados y ricos del mundo con una variante cruda de este tipo de discurso: la idea de que los originarios de origen ario eran una raza superior. Desde entonces una amplia gama de demagogos del Tercer Mundo ha adaptado con el mayor éxito una serie de variantes de esta fórmula a sus propias circunstancias
¿Cómo se explica que un multibillonario llamado Donald Trump reciba apoyo masivo de un segmento cada vez más empobrecido del electorado estadounidense? Existen dos explicaciones, la convencional y la que se propone en este artículo.
Las dos explicaciones se basan en el hecho de que Trump es un genio de marketing. El producto que mejor sabe vender es su propia imagen, ajustada a gusto del comprador. Según la explicación convencional Donald Trump ha vendido una imagen electoral apuntada a las preocupaciones de los blancos poco educados y de bajos ingresos que han sufrido las consecuencias de la globalización y la automatización. Esos votantes podrían decidir la próxima elección.
Son personas que viven en estados en los cuales muchas industrias tradicionales han cerrado o han reducido sus operaciones debido a que los ejecutivos y los dueños han llevado las manufacturas a países donde la mano de obra calificada es más barata, tales como China, México o Indonesia, y donde los procesos industriales se pueden automatizar sin mucha resistencia laboral. Es natural que estas personas rechacen no solamente la pérdida de sus trabajos y su estándar de vida, sino que estén tremendamente atemorizadas, confundidas y furiosas.
Ahí es donde entra el genio marketero de Trump. A voz en cuello les dice a esos trabajadores que países extranjeros les han robado sus trabajos. Esto le permite acusar a su rival, la candidata Hillary Clinton de no haber hecho nada durante los ocho años del mandato del presidente Obama para evitar ese robo. Poco le importa que la señora Clinton fuera secretaria de Estado solamente durante los cuatro años del primer mandato de Obama.
Como el público al que apunta Trump entiende poco o nada de las complicaciones del comercio exterior, es fácil ensañar su furia contra unos ladrones extranjeros, contra los cambios culturales que le producen inseguridad y contra un presidente negro y una candidata mujer. Este público se identifica de inmediato con la tez rosada, la artificiosa cabellera rubia y el inocultable aspecto de macho alfa anglosajón de Trump. Lo acepta como su líder natural en el orden étnico, sin que la billonada de dólares y estilos de vida que los separa afecte esta identificación.
En el primer debate presidencial Hillary Clinton dijo haber entrevistado a “lavaplatos, pintores, arquitectos, vidrieros, marmoleros y cortineros tal como fue mi padre” que habían sido estafados por Trump. Los abusos de un gran empresario contra unos pocos blancos relativamente pobres no impiden que otros blancos que están saliendo de la clase media y cayendo en la pobreza le brinden un apoyo tan ciego y tan leal que para ellos Trump no puede hacer absolutamente nada malo a pesar de una montaña de evidencia de su comportamiento dudoso.
Además de explotar la identificación étnica, Donald Trump ha encontrado un discurso que lleva a que su público se identifique plenamente con su modo de ser y de actuar, algo que podríamos llamar identificación ética. Los blancos pobres de bajos niveles educativos no critican, admiran su carácter. Se dicen a sí mismos “yo quisiera estar en su lugar y de estarlo haría exactamente lo mismo que él”. Trump cultiva prejuicios raciales y sexistas para que se festejen sus picardías y no se envidien los provechos financieros que le trae una conducta de que todo vale en los negocios, en la política y en la vida personal.
Las groserías verbales de Trump, sus mentiras descaradas y su evidente ignorancia de asuntos de estado aparecen como grandes virtudes ante los ojos de un electorado que piensa que “alguien como ellos” es la solución de todos sus problemas. El público que apoya a Donald Trump lo hace primero porque tiene sus mismos rasgos físicos. También lo apoya porque Trump los ha convencido que él es todo lo que ellos quisieran ser. Los comportamientos aprovechadores y abusivos de Donald Trump son los rasgos de un héroe que ese público necesita tener y valorar.
En la primera mitad del siglo pasado demagogos de la talla de Adolfo Hitler conquistaron a uno de los pueblos más educados y ricos del mundo con una variante cruda de este tipo de discurso: la idea de que los originarios de origen ario eran una raza superior. Desde entonces una amplia gama de demagogos del Tercer Mundo ha adaptado con el mayor éxito una serie de variantes de esta fórmula a sus propias circunstancias.
El autor es consultor
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