El mercado de la educación
Jorge Rivera Pizarro es uno de los mayores especialistas en educación que tiene Bolivia. Lamentablemente, el país no ha aprovechado su capacidad salvo en periodos breves.
Hace poco, me honró que Rivera dedicara su columna en Los Tiempos a comentar un esbozo de política educativa que usé para ejemplificar políticas públicas que dependan más de la gente que de la burocracia, y tengan menos probabilidades de fracasar. En el caso de la educación, sostengo que es posible una reforma de resultados inmediatos si se basa más en la participación de maestros y padres de familia que en planes y programas elaborados y ejecutados por funcionarios y oficinistas.
Necesitamos un sistema educativo competitivo, en el que la diversidad de talentos y necesidades de los estudiantes encuentre suficientes opciones para desarrollarse.
Ese sistema educativo debe ser flexible para adaptarse a los cambios sociales y económicos que se producen, y que pueda adelantarse a ellos.
Este es el núcleo central de mi propuesta.
Obviamente, las políticas educativas en el país están lejos de lograrlo. Al contrario, impiden que avancemos en ese sentido. Incluso las escuelas “experimentales” sufren presiones para acercarse al modelo uniforme de escuela, regulada en sus contenidos, cargas horarias, métodos de enseñanza, programas, etc.
Un buen sistema de educación debe elevar los mínimos y diferenciar los máximos, creando élites intelectuales, creativas y productivas en todos los campos de la ciencia.
Creo que el Estado debe limitarse a exigir que los mínimos se cumplan, evaluando logros y comunicándolos a la gente. La asignación de recursos a las escuelas debería darse en función de esos logros o calificaciones. Tal asignación puede hacerse de manera directa, de acuerdo a la cantidad de alumnos que demandan su ingreso a esa escuela, o indirecta, dando a los padres el poder de elegir a través de cupones o ==========vouchers=========.Una vez satisfechos esos mínimos (digamos aritmética, lectura, educación cívica), debería dejarse a las escuelas y colegios desarrollar programas con énfasis en diferentes áreas disciplinarias y métodos. De ese modo, todos tendrían capacidades básicas en lectura y operaciones aritméticas, pero los alumnos podrían concentrarse en técnicas e ingenierías, o en ciencias biológicas, o en artes, o deportes y atletismo. Algunos serían más teóricos para alcanzar estudios superiores mientras otros, más prácticos, permitirían que los “bachilleres” se incorporen rápido a la vida productiva.
La clave de una reforma de este tipo es que permite acumular experiencias y aprender de ellas, alcanzando logros inmediatos porque pone en juego el compromiso y la creatividad de todos. La competencia, la emulación, la participación deben ser los motivadores de un sistema que simula el funcionamiento de los mercados competitivos.
En su artículo, Jorge Rivera critica mi propuesta afirmando que él no puede transar con la idea de que se considere a la educación como una mercancía, porque debe ser un “bien público”, dice, deslizando la “acusación” de que mi propuesta sería mercantilista y economicista, mientras que la suya sería humanista.
No soy especialista en educación y no me atrevería a debatir con Rivera sobre el tema. Pero su crítica no es pedagógica sino de desarrollo, y rechaza la idea de que los servicios de educación se produzcan y distribuyan bajo un modelo de libre competencia.
Pero ese rechazo lo aleja de la realidad de que la educación ya es una mercancía. Tal vez no le guste, pero en la vida real es un servicio que se vende y se compra, solo que en niveles a los que la mayoría no tiene acceso, salvo cuando se dispone de becas. En los hechos, los ricos ya disfrutan de una educación mercantilista, y compran servicios acordes a sus talentos, mientras que los pobres deben conformarse con una educación humanista, igual de ambiciosa pero ineficaz para todos. No sé de qué manera el modelo Unesco resuelve este problema.
Al rechazar la metáfora (el cuasi mercado educativo), Rivera rechaza todo el modelo (la competencia y la diversidad). Para ello acude a ejemplos que son, empero, discutibles. Por ejemplo, menciona el caso chileno como evidencia del fracaso del sistema de=============== vouchers===============. Sin embargo, sabemos que Chile tiene un alto rendimiento en las pruebas PISA y que ese rendimiento ha aumentado continuamente desde que se realizan esas pruebas. Sigue debajo de la OECD pero por algo está muy por encima de América Latina.
Y eso que, insisto, PISA no es un buen indicador porque mide el promedio cuando en educación deberíamos buscar que el mínimo suba y el máximo se diferencie.
Hay que mencionar, además, que PISA se aplica a estudiantes de 15 años, por lo que evalúa más bien el desempeño de corto plazo de los maestros más que los rendimientos de los estudiantes una vez que ellos ya se integran al mundo productivo y a la vida adulta, que es lo que interesa desde el punto de vista del desarrollo. Nuevamente, que Chile esté cruzando el umbral de los 40 mil dólares de ingreso anual per capita tiene sin duda mucho que ver con la capacidad productiva de su gente, adquirida en los años previos.
El desafío, por lo tanto, no está en descartar el mercado en nombre de los valores, sino en lograr que los valores se hagan realidad, involucrando a la gente y avanzando gradualmente, para aprender de la experiencia en lugar de esperar la reforma perfecta.
El autor es investigador del Ceres (Twitter @roblaser)
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