¿Tu palabra vale oro?
DANIELA GUZMÁN RIVERO
Iniciamos esta columna con mucho ánimo, mucha inspiración y con el deseo de compartir puntos de vista. Arbiter es un espacio para hablar de justicia, de derecho, de conciliación y de arbitraje, entre otras cosas, pero también un lugar para construir intersubjetividad, interdependencia y mucho optimismo.
Iniciamos esta columna provocándote a pensar si alguna vez has reflexionado sobre lo que dices, si tus palabras valen oro, si tus palabras tienen poder o sencillamente no le das importancia ni a lo que dices ni a lo que te dicen. Y seguramente sea porque en el mundo actual parece que las palabras no valen nada, y si esto es así, es porque hemos cambiado el significado de las mismas, porque hacemos un mal uso de ellas, porque nos excusamos con ellas o porque adornamos momentos innecesariamente con ellas.
Muchas veces hemos escuchado: “una palabra tuya bastará para sanarme”. ¿Será que es cierta? ¿qué sentimientos nos despierta? ¿qué circunstancias nos recuerda? No solamente cuando estamos enfermos sino también en situaciones adversas, puede una palabra, una frase o un buen argumento tener ese efecto sanador, restaurador e inclusive detonador del cambio y del progreso. Y es aquí donde reside el poder de las palabras o que las palabras valen oro.
Y es que muchas veces, justamente, estamos esperando escuchar una palabra para definirnos, ese es el impacto de las palabras en nosotros, nos abren puertas pero también nos las pueden cerrar; con ellas podemos construir argumentos, corrientes de pensamiento y marcar toda una época, es decir son un recurso útil que siendo bien empleado puede ayudarnos a progresar. Por ello es importante cuestionarnos qué palabras decimos a los otros y qué palabras escuchamos, ya que el lenguaje crea y no solo nos describe, es una herramienta ventajosa no solo para seducir sino también para despertar.
Analizando las palabras más usadas en español tenemos las 10 siguientes: después, gobierno, en contra, problemas, progreso, pobreza, mercado, salud, política y calidad; que nos muestran parte de nuestra cotidianeidad, de nuestra experiencia en este mundo. Sin embargo, qué inteligente fuera pronunciar otras palabras como trabajo, esperanza, educación, colaboración, a favor, acuerdos, interdependencia, riqueza, democracia, respeto, que nos lleven a un mundo imaginario distinto, donde cada uno de nosotros es responsable con la sociedad en la que habita.
Necesitamos una observación atenta e interna sobre nuestras palabras diarias, si estas están desatando incendios que nos regresan a la edad primitiva, si nuestras palabras empantanan y retrasan el cambio, si nuestras palabras son superficiales o de supervivencia. Y empezar a asumir nuestro intelecto y pensar en palabras que nos construyan internamente pero también como comunidad. Qué tal usar palabras amorosas que nos regalen el presente con esperanza, que nos acerquen al otro y nos permitan entenderlo y respetarlo, que nos promuevan una visión del conflicto y de la justicia donde no hay crisis sino un nosotros frente al problema, que nos genere el entendimiento de que actuando en conjunto y colaborando podemos solucionar.
Muy acertadamente, decía Winston Churchill: “a menudo me he tenido que comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada”, invitándonos a pensar en la necesidad de cuidar nuestras palabras, de prestar más atención y de elegir palabras que nos permitan dialogar.
La autora es abogada y pedagoga social
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