Día del Maestro Boliviano
Los bolivianos celebramos ayer a los maestros, en principio a aquellos que se encargan de la educación de niños y adolescentes desde el nivel preescolar hasta que terminan el colegio, pasando por las escuelas, y, por extensión, a los docentes que terminan de formar a los jóvenes en institutos y universidades.
Loable labor la de las profesoras y los profesores que enseñan las habilidades que hacen de sus discípulos ciudadanos productivos y responsables. Loable y plena de desafíos, en especial ahora que los conocimientos están al alcance de una conexión a internet, un dispositivo electrónico y la suficiente curiosidad para buscarlos. O para distraerse con superficialidades o atiborrarse de datos erróneos.
Ayer, 6 de junio, fue el Día del Maestro Boliviano, fecha consagrada en 1924, para reconocer su valor. El mundo era muy distinto hace 102 años cuando se la estableció para homenajear a quienes dedican su vida a la enseñanza.
Un decreto instituyó esta celebración en memoria de Modesto Omiste Tinajeros, un potosino que nació un día como ayer, en 1840, y es considerado como el “padre de la educación de Bolivia”, pues mejoró la educación de los niños impulsando la creación de escuelas y la actualización de los profesores y la adopción de nuevos métodos pedagógicos.
Esa inquietud de Omiste pervive en el trabajo de miles de hombres y mujeres que han decidido dedicar su vida a la formación de las nuevas generaciones mediante de la transmisión de los conocimientos, hábitos y valores necesarios para el continuo perfeccionamiento de la sociedad y de sus miembros.
Es tan obvia la importancia de esa labor que, en Bolivia como en todo el mundo, se dedica un momento especial a las expresiones de reconocimiento, pero también a la reflexión sobre el papel que cumplen los maestros y maestras en la sociedad actual.
Dedicar un día al año a valorar la labor docente y a reflexionar sobre la manera como ésta viene desarrollándose es lo menos que se puede hacer, pues si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo, es la importancia de la educación que recibe la niñez y juventud.
Está por demás demostrado que la suerte de los pueblos depende en gran medida de la calidad de la formación que reciben sus jóvenes generaciones. Y ésta –la calidad de la educación– a su vez, depende directamente de la calidad de quienes se dedican a impartirla, por lo que resulta imposible pensar en el futuro sin pensar a la vez en los maestros.
Así, lo lógico sería que gran parte de los esfuerzos de la sociedad, mediante el Estado y sus instituciones, se dirija a mejorar la calidad profesional y humana de sus maestros.
Velar porque tengan las mejores condiciones para dedicar sus esfuerzos a su propia formación y así perfeccionar sus habilidades para formar mejor a sus pupilos, tendría que ser una de las máximas prioridades de toda la sociedad, y el mejor homenaje que se les puede ofrecer.


















