¿En qué momento se jodió Rodrigo?

Columna
Publicado el 01/09/2026

No en uno. En varios. Desde el 8 de noviembre de 2025, el presidente Rodrigo Paz cometió varios errores y desperdició inmejorables oportunidades. De la combinación o superposición de ambos estuvo, lamentablemente, plagado el camino en los primeros nueve meses de su gestión.

A estas alturas puede concluirse que uno de sus primeros errores fue encabezar, el mismo día de su posesión y con un entusiasmo inocente, la caravana de cisternas que supuestamente iba a resolver para siempre el dramático problema del desabastecimiento de combustibles.

Tal vez por desconocimiento de las razones estructurales que determinaban esa situación, se atrevió a levantar falsas expectativas sobre los tiempos para una solución.

Por eso, nueve meses después, las colas persisten y la bronca ciudadana se acumula. De los protagonistas de aquella atrevida puesta en escena, que aparecieron montados en la tolva de una camioneta –Mauricio Medinaceli, exministro de Hidrocarburos; Marcelo Salinas, exministro de Defensa; José Gabriel Espinoza, exministro de Economía; y Yussef Akly, expresidente de YPFB–, queda únicamente el presidente Rodrigo Paz, tal vez más solitario y agobiado que nunca.

Si los combustibles fueron el talón de Aquiles en los primeros meses, habrá que subrayar que el prematuro distanciamiento con el vicepresidente Edmand Lara marcó también un giro político de consecuencias importantes.

La ruptura fue celebrada por sectores de clase media alta y alta que interpretaron ese gesto como una señal de cierre definitivo del ciclo político del MAS y como una reafirmación de una nueva orientación del Gobierno.

Sin embargo, esa decisión tuvo un costo mayor entre quienes habían respaldado a Paz precisamente por su capacidad de articular sectores distintos y por la expectativa de una reconciliación nacional.

En los hechos, el presidente terminó celebrando con la derecha una victoria que había conseguido con una base electoral mucho más amplia y socialmente diversa, renunciando, de manera difícil de explicar, a una parte sustancial de ese respaldo.

Fue un error estratégico porque confundió el entusiasmo de un segmento reducido, pero influyente, con el conjunto de la coalición social que lo llevó al poder y supuso que dos décadas de predominio del MAS podían ser simplemente “borradas”, sin considerar que buena parte de esa cultura política seguía, sin embargo, vigente en amplios sectores de la sociedad y no podía ser simplemente eliminada con un cambio de Gobierno.

Como probablemente no ocurrió en los 44 años de democracia que Bolivia está a pocos meses de celebrar, Paz contó desde el primer día con una Asamblea Legislativa política e ideológicamente homogénea y favorable, que estaba más que dispuesta a ayudarlo a avanzar en los cambios de fondo imprescindibles para reemplazar un modelo desgastado, y reactivar una economía golpeada y casi moribunda debido a los prejuicios y afinidades mal entendidas.

Pero el presidente no solo no apuró las decisiones, sino que permitió que las pequeñas diferencias se impusieran a las grandes coincidencias, hasta llegar al deterioro ya casi irreversible que enfrenta hoy en la relación con las fuerzas políticas que, en su momento, podían haber sido el sólido sostén político de su gobierno.

No se trataba de repartir espacios de poder, sino de administrar eficaz y oportunamente las afinidades para empujar las cosas en la misma dirección.

Se sabe que en el despacho presidencial se acumularon e incluso trabaron varias decisiones que pudieron haber dado un perfil distinto a su Gobierno. En los primeros días, por ejemplo, fue presentada una auténtica autopsia de las empresas públicas deficitarias.

Todo hacía suponer que el cierre de esas entidades era inminente, pero, por alguna razón no del todo clara, las empresas siguen ahí y hay interesados en aplicarles una estrategia de reanimación irresponsable, con la complicidad de algunos ministros y el consentimiento del propio mandatario.

Entre la presentación de un decreto de transparencia –concebido para eliminar decenas de decretos aprobados por el MAS, que habían servido para camuflar innumerables y corruptas adjudicaciones directas– y su aprobación definitiva transcurrieron más de dos meses, que habrían sido utilizados para realizar “ajustes” que conspiraron contra la intención original de la norma.

Paz tenía todo para lograr que, después de dos décadas de arbitrariedad, finalmente la selección de las autoridades para los cargos en las principales instituciones y empresas públicas –ABC, Impuestos, YPFB, Contraloría, entre otros– pudiera realizarse en la Asamblea y con el voto de dos tercios de los representantes, pero optó nuevamente por los cuestionados y sospechosos interinatos, seguramente más obedientes, pero menos confiables e independientes.

La desburocratización del “Estado tranca” se hizo mal y a medias. Se eliminaron las trabas más “inofensivas”, pero se mantuvieron aquellas que permitían la supervivencia del laberinto extorsivo al que se enfrentan quienes rutinariamente realizan pequeñas o grandes gestiones en el sector público.

Hubo decretos “chuecos” para facilitar compras discrecionales en YPFB que, afortunadamente, tropezaron con la sensatez de algunas autoridades, lo mismo que otros que tenían como objetivo ejercer control sobre las organizaciones no gubernamentales (ONG). Fueron “errores” camino de convertirse en delitos, que fueron abortados a tiempo.

El presidente tuvo la oportunidad de acelerar un acuerdo con el FMI que, posiblemente, hubiera aportado una idea más clara de lo que se podía hacer hacia adelante, pero el acuerdo llegó tarde, con menos recursos de los necesarios y con más dificultades atribuibles a los conflictos y escándalos de la coyuntura.

Paz entregó su Gobierno a la “imaginación” y las ambiciones de un asesor más acostumbrado a la oscuridad que a la transparencia y hoy está experimentando las consecuencias, graves e irreversibles, de no haber reflexionado a tiempo sobre la pertinencia de permitir que un intruso se involucre en las decisiones de Estado y de no tener la sensatez de admitir lo que para todo mundo era evidente.

“¿En qué momento se jodió el Perú?”, se preguntaba Zavalita, el personaje de Vargas Llosa, en su célebre Conversación en La Catedral. “¿En qué momento se jodió Rodrigo Paz?”, se preguntan hoy quienes el año pasado votaron con esperanza y que ahora están atrapados en el desaliento, la rabia y una cada vez más peligrosa impaciencia.

No fue un momento. Fueron muchos. Y lo peor es que, por ahora y mientras no se despeje una salida política, jodidos estamos todos.

 

El autor es periodista y analista

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