Halloween y Todos Santos
En Bolivia, como en otros países de fuerte cultura católica, la doble identidad que con los años ha adquirido la fiesta que se celebra en estos días: Todos Santos, Día de los Difuntos o Halloween, según la versión con la que uno se sienta más identificado o menos indiferente, llega acompañada de una polémica sobre la que vale la pena ensayar algunas reflexiones.
La principal razón por la que parece pertinente hacerlo es porque se presenta como una buena oportunidad para poner a prueba y ejercitar nuestra tolerancia.
Esta es probablemente, más que ninguna otra, la festividad que mejor se presta para poner en evidencia nuestros conflictos de identidad, mirarnos colectivamente frente a un espejo, reconocer la complejísima diversidad de los rasgos principales de nuestra sociedad y de nuestra cultura, y hacer todo ello apuntando a reconciliarnos con nosotros mismos y allanar nuestras diferencias.
El primer paso es renunciar a aplicar términos al describir las polémicas entre quienes se resisten a que Halloween se incorpore a nuestras costumbres –por considerar que es un símbolo de la “colonización cultural”–, por una parte, y quienes se adscriben con entusiasmo a ese y a otros símbolos de la globalización cultural.
La polémica es relativamente reciente, pero no así su causa. Al respecto, no es casual que ambas formas a las que recurren los vivos para relacionarse con la muerte coincidan en el calendario.
En realidad, fue la versión católica de la conmemoración la que se sobrepuso a la original celebración celta, la de Halloween, y a la autóctona del Día de los Difuntos en las culturas andinas.
Tanto por sus orígenes históricos –que se remontan a tiempos precristianos– como por sus manifestaciones más contemporáneas, esta fiesta muestra cómo la aculturación se impuso y se impone en cualquier territorio cuyos habitantes conocen de manera directa, o por algún medio interpuesto, las manifestaciones culturales foráneas.
Desde el origen de la humanidad, las corrientes culturales avanzan o retroceden de acuerdo con el grado de apertura e interés de la población, sin que las imposiciones institucionales tengan un gran impacto.
Es decir, la gente de hoy actúa exactamente igual como lo hicieron nuestros antepasados desde tiempos inmemoriales, emulando, adoptando y adaptando prácticas ajenas.
Y como ese proceso no sólo no ha concluido, sino que se intensifica, no podía esperarse algo diferente de lo que vemos actualmente: una abigarrada mezcla que poco a poco va adquiriendo sus propias formas y características, o sea, una identidad local.
Así este año, como los anteriores, el disfrazarse dando rienda suelta a la imaginación es una práctica cada vez más espectacular, masiva y familiar.
Y las celebraciones tradicionales para recibir a las almas, que llegarán al mediodía de hoy, domingo 1 de noviembre, se suceden también con mayor fuerza y espectacularidad.
















