
SURAZO
Cierro el paréntesis que abrí en mi serie “Bolivia y las mentiras” refiriéndome a la más exitosa serie televisiva española de los últimos tiempos, La casa de papel (LCDP), y, como me referiré a su final, advierto a las personas que aún no lo vieron que es mejor que no sigan leyendo.
LCDP tiene un final espectacular, digno de todo lo que vimos a lo largo de cinco temporadas; pero lo que llamó mi atención, y me motivó a escribir este artículo, es el acuerdo al que llegan el profesor, Sergio Marquina, y el coronel Luis Tamayo.
La llegada de Colón a América fue un error en muchos sentidos. El genovés creyó que había llegado a la India y, por ello, llamó indios a sus habitantes.
Como se sabe, indio es un gentilicio y así persiste, como primera acepción, en los diccionarios de la lengua española.
Como también se sabe, los europeos de los siglos XVI y XVII eran racistas en niveles patológicos, tanto que crearon un sistema de división de castas que llegó nada menos que a 16 resultados de mezclas entre blancos, indios y negros.
Extiendo el paréntesis en la serie Bolivia y las mentiras porque, tras haber atacado primero a El Potosí, en La Razón, José Luis Exeni quiere debatir. Yo acepto gustoso porque creo en la utilidad del debate.
Comienzo disculpándome por haber llamado “masista” a La Razón, ya que vi que eso dolió al replicante. Lo considera una descalificación y desacreditación. Él debe saber por qué.
Mi intención de mantener una mínima línea cronológica en esta serie de artículos sobre las mentiras se fue por la alcantarilla debido a unos párrafos que, con notoria saña, le dedicó el exvocal electoral José Luis Exeni al diario El Potosí en el diario masista La Razón.
Como director de contenidos del diario potosino, debo responder, pero, afortunadamente, puedo mantenerme en el marco del enfoque del uso de las mentiras para la sustitución de narrativas.
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¿Se puede cambiar una realidad para reemplazarla por una mentira? Sí. Y, aunque parezca mentira, esto se ha venido haciendo desde siempre. Los que cambian la verdad, lógicamente, son los que tienen el poder para hacerlo y completan su tarea, primero, con algunos constructores de realidades actuales, que hoy llamamos periodistas, y, después, con algunos constructores de realidades pasadas; es decir, historiadores.
¿Se puede cambiar una realidad para reemplazarla por una mentira? Sí. Y, aunque parezca mentira, esto se ha venido haciendo desde siempre. Los que cambian la verdad, lógicamente, son los que tienen el poder para hacerlo y completan su tarea, primero, con algunos constructores de realidades actuales, que hoy llamamos periodistas, y, después, con algunos constructores de realidades pasadas; es decir, historiadores.
Aunque duela reconocerlo, la fundación de Bolivia fue el resultado de una mentira.
¿Se puede cambiar una realidad para reemplazarla por una mentira? Sí. Y, aunque parezca mentira, esto se ha venido haciendo desde siempre. Los que cambian la verdad, lógicamente, son los que tienen el poder para hacerlo y completan su tarea, primero, con algunos constructores de realidades actuales, que hoy llamamos periodistas, y, después, con algunos constructores de realidades pasadas; es decir, historiadores.
Hoy les mostraré cómo se cambió la realidad del Cerro Rico en los primeros años de existencia de la Villa Imperial de Potosí:
Esta semana siguieron llamándome de varios medios para entrevistarme o simplemente hacerme consultas sobre el hundimiento del Cerro Rico. Una de las preguntas, que salió desde la redacción de El Deber, fue: “¿cómo se soluciona este problema?”.
El Gobierno ha cerrado oídos a todo consejo de prudencia y filas en torno a la wiphala. Se ha emperrado en que el símbolo colorido y cuadriculado tiene carácter nacional y ha desarrollado acciones reivindicativas que tienen mucho de imposición.
Mientras el país ingresa en una nueva espiral de violencia, con la wiphala convirtiéndose en un símbolo de odio, en Potosí ha resurgido una polémica irresoluta por razones banales: los homenajes a las personas públicas.

