¡Con vergüenza ajena, pido disculpas!
Jamás estaré de acuerdo con la violencia sembrada, a uno y otro costado de la frontera que nos separa. Puentes de fraternidad y diálogo civilizado, como ordenó el Papa Francisco
A Alejandro Navarro, senador de Concepción, amigo de Bolivia; a Esteban Silva. el gran luchador internacional del partido de Salvador Allende; a Tomás Hirsch, vocero chileno del Partido Humanista chileno y continental; a Marco Enriquez Ominami, próximo presidente de Chile; a Jorge Arrázola, presidente del Partido Socialista; al Partido Comunista de Luis Emilio Recabarren que me dio las primeras nociones de justicia social y humanitarismo internacional; al partido de la Democracia Cristiana de Eduardo Frei Montalva, asesinado; a toda la izquierda del hermano país de Chile que tiene en su programa la divisa de Mar para Bolivia y una historia de apego a nuestras cuitas obreras bolivianas; a mis maestros de medicina: Leonidas Aguirre Mc Kay, Adolfo Escobar Pacheco, Rodolfo Armas Cruz, Benjamín Viel, Armando Roa; a los sabios Alejandro Lipschutz y Jorge Nicolai invitados por mi padre a la Universidad “Simón Bolívar”; a mis condiscípulos de la Facultad de Medicina de la universidad de Chile que me regalaron imperecedera amistad, especialmente a mis condiscípulos Gabriel Castillo e Iván Insunza asesinados; a Aquiles Vergara Vicuña que luchó junto a los 27 soldados chilenos que murieron en el Chaco en defensa de la soberanía territorial de Bolivia; a la esposa chilena del Dr. Hans Dellien, enfermera, que llegó al Oriente como benefactora sublime.
A Magdalena Cajías, a quien no respetaron en sus atribuciones consulares; a “El Siglo” que tantas venturas intelectuales me ofreció en la juventud; a la Compañía Salitrera Iquique, de Taltal con sus insignes obreros; a los médicos bolivianos benefactores de la Pampa grande: Mariaca y Canelas; a los familiares descendientes de Nemesio de la Vía en Antofagasta; a mis sobrinos chilenos de Santiago: Hernán, Susana, Rodrigo, Alejandro y sus amadas familias chilenas; a mi hermano Hernán que descansa en su camposanto; a su esposa Columba Rocabado, hija de un patricio boliviano de Tocopilla; a mi hija mayor Lily Florencia que nació en Santiago, a mis hijos cirujanos Gastón Marcelo y María Lourdes que se especializaron de cirujanos en Chile; a mi sobrina “Pelusa” socióloga de San Simón que ama a Bolivia, su inteligente esposo y su hijo Felipe el artista consagrado; a los numerosos miembros de la Asociación de Amistad Chileno-boliviana que conocí en Santiago; al excónsul Roberto Finot que organizó la recepción al presidente en el estadio y gritaron a todo pulmón ¡Mar para Bolivia!
Y en el camino del viento, pido disculpas a Pablo Neruda y a Gabriela Mistral, Fernando Alegría, mis poetas del alma.
Sí, reitero, avergonzado y pleno de angustia pido disculpas al pueblo profundo de Chile, a todos los nombrados, por los insultos y expresiones primitivas de los personeros de una visita privada que dejó mucho que desear desde el punto de vista diplomático.
Perdón por las expresiones “Chile es un país de piratas”; por el sinsentido de olvidar que las Fuerzas Armadas de Chile se hermanaron con las de Bolivia en el proyecto “Cascos Azules” en Haití para preservar la paz y la armonía social (que el senador Peredo y el suscrito rechazamos), por el calificativo de “Desquiciados”.
Jamás estaré de acuerdo con la violencia sembrada, a uno y otro costado de la frontera que nos separa. Puentes de fraternidad y diálogo civilizado, como ordenó el papa Francisco, el Humanismo de Silo y la izquierda chilena, debe alentar nuestro destino existencial.
El autor es exsenador del Estado Pluricultural de Bolivia.
Columnas de GASTÓN CORNEJO


















