Sticker de rebeldía
The Wall es una de las obras más importantes del rock de fines del siglo XX e inicios del XXI. Hace poco cumplió 40 años. Su relevancia ha superado las expectativas de los fans y del propio grupo Pink Floyd. No es una simple historia de soledad y depresión de jóvenes europeos post Segunda Guerra Mundial. Es también un pretexto para la proyección de símbolos e ideas que laten en la imaginación de sus incondicionales seguidores. Jóvenes de los años 80. Hoy casi seniles de las primeras décadas del XXI.
Roger Waters es considerado el creador principal de esta ópera que narra los problemas existenciales de un joven que enfrenta una escuela represiva y una madre sobreprotectora. El consumismo de fines de los 70 e inicios de los 80 es también un obstáculo para la felicidad de un personaje que se transforma metafóricamente en un dictador. Se integran ideas y crítica a un mundo capitalista industrializado que arrasa con todo y oprime a los ciudadanos para convertirlos en piezas de sus engranajes productivos.
En la década de los 70 el rock alcanzó su máximo nivel de sofisticación al aproximarse de manera extraordinaria a las formas más sublimes y complejas de la música erudita. Para muchos fue una traición a los ideales de rebeldía del movimiento original de la década anterior. Lennon dijo que el “sueño había terminado” en su canción God de 1970. La Industria cultural sopapeó a los rockeros creando la disco music en una Fiebre de sábado por la noche. Fue su peor castigo. Una especie de reggaetón superfluo liderizado por John Travolta y los Bee Gees. El Punk fue una tabla de salvación para el espíritu irreverente del género. Pero El Muro fue la mayor reivindicación para quienes creían todavía que el rock era una forma de expresión de protesta y crítica juvenil frente a una sociedad adultocéntrica decadente.
La caída del muro de Berlín (1989) fue el momento del gran giro de la obra. El capitalismo financiero triunfó sobre el vano intento por construir un modelo alternativo de sociedad. El sentido de las obras críticas al sistema también fue resignificado. Roger Waters asumió la promoción y difusión de la obra recurriendo a las más sofisticadas tecnologías de producción de espectáculos audiovisuales y musicales. La ópera se convirtió en la representación multimedia más grande después de las inauguraciones de olimpiadas y mundiales de fútbol.
Teatro y cine se juntaron con marionetas gigantes y efectos sonoros de aviones reales volando sobre el público. Los espectadores pasaron a ser protagonistas en coros cargados de energía en tono de rebelión. Mucha energía y emoción para intentar siquiera verbalizar lo vivido. Su narrativa comenzó a resaltar la crítica a los grandes poderes mundiales en símbolos como los de Coca-Cola o ESSO. La estrella de David y la svástica. La hoz y el martillo junto con la $ del capitalismo pasaron a convivir en un discurso altamente reduccionista pero efectivo para las emociones de consumidores ávidos por una identidad antisistémica. La gente no vive sin mitos.
Es un espectáculo envolvente y maravilloso en recursos audiovisuales. Su presentación solo es posible en estadios con enorme capacidad. Las entradas también son carísimas. Miles de jóvenes y adultos fanáticos de todos los países no tienen posibilidad de acceso al show. Hay pudientes bolivianos que viajan a países vecinos para darse el gustito de participar de semejante ritual contemporáneo promovido por la industria cultural.
Las interpretaciones del discurso son más emocionales que racionales. Hay gente que llora en determinadas canciones. No es tan importante lo que dice el discurso como los recuerdos que evoca la vivencia personal de cada individuo. No hay preocupación sobre la decodificación lógica de los mensajes. Es mejor vivir a fondo el emocionante momento como en una experiencia sobrenatural.
En el público están juntos marxistas y anarquistas. Se codean neoliberales y fachos del presente. No hay cómo saber si un feminicida canta Mother sin emocionarse como lo hace un latinoamericano edipiano. Todos cantan juntos los himnos de una rebeldía vaciada de sentido. El capitalismo ha transformado todo discurso de rebeldía en sticker ostentable para su falsa vitrina pluralista. Su fase neoliberal es tan invulnerable que ninguna rebeldía le afecta. Le conviene que persistan.
La crítica se ha convertido en un producto fabricado industrialmente en espectáculos fantásticos de los cuales la gente sale feliz creyendo haber consagrado su criticidad. Waters ataca a Bolsonaro como defiende a Assange. Se solidariza con Evo y destruye a Trump. Apoya a Maduro. Ojo. Es parte de un discurso inofensivo en cuanto a ideas pero poderoso como generador de dinero. Marx diría que es una ideología. Es la rebeldía convertida en sticker.
El autor es comunicador social
estemarcegua.blogspot.com
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