¿Y ahora qué?
El otro día conversé con un excompañero de curso respecto a los hechos sucedidos en el ámbito político local, que mantuvieron en vilo a la ciudadanía y a las repercusiones que hasta ahora se sienten.
Me decía que todos los comentarios a favor y en contra estaban, según sus palabras, bien ubicados y que daban en el clavo. Sin embargo, también me hizo la siguiente pregunta: ¿y ahora qué viene? Y junto con esa interrogante la reflexión de ¿qué se podría hacer? Es decir, me estaba preguntando por soluciones.
Desde esta palestra, le respondo: Una de las soluciones es acudir a la denuncia y continuar recorriendo el camino por donde siempre han transitado los medios de comunicación, es decir iluminar los oscuros vericuetos por donde se mueven los personajes políticos, que pueblan la administración pública, y sacar a la luz los posibles actos de corrupción que ellos llegan a cometer.
Sin embargo, ésta es una acción reactiva y no proactiva. El resultado es que la denuncia deja un sabor agridulce en la boca, porque parece que siempre llegamos tarde y alguien ya tomó ventaja.
Una reacción proactiva, por ejemplo, la dio la Federación de Entidades Empresariales Privadas de Cochabamba, que al notar en el nuevo reglamento de sustancias controladas la disposición de nuevas medidas que atentan al normal desarrollo empresarial, se dio a la tarea de sentarse con el Viceministro de Sustancias Controladas en un largo taller donde uno por uno se discutieron los artículos, se hizo notar el error, y la entidad gubernamental procedió al cambio.
En un escenario ideal donde los actores que están a favor y en contra de ciertas medidas, ajustes, cambios u otras situaciones, éstos podrían ponerse de acuerdo antes de que sucedan y evitar embrollos, malestares o situaciones aún peores.
En un escenario justo y apropiado, los delitos de falsedad ideológica, sobreprecios, o acciones diferentes como un ajuste salarial con tinte electoralista, no deberían existir. Empero campean libremente y provocan desazón, angustia, rabia e irritación en la ciudadanía.
Como dice el filósofo Byung-Chul Han (Seúl, 1959) “no tengo soluciones concretas, pero puede que al final el sistema implosione por sí mismo… el mundo está al límite de su capacidad; quizá así llegue un cortocircuito y recuperemos la dignidad humana”.
Espero que la avería no aniquile a media humanidad y más bien podamos recorrer el camino a la inversa. Me uno a la propuesta de Fernando Sanabria de formar un equipo de profesionales y no profesionales, de buena fe y voluntad para impulsar una revolución mental para hacer llegar a los gobernantes de turno propuestas de cambios necesarios en el país, hacia la producción, productividad y eficiencia, con una visión interdisciplinaria, sobre lo que debemos hacer hoy, para mañana, para el 2027 y el 2050.
La autora es máster en comunicación social y periodista.
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