El humo que nos cubre
¿Realmente aprendemos de nuestros errores? ¿Cuánta destrucción debemos ocasionar para tomar consciencia?, ¿para abrir los ojos?, ¿para darnos cuenta de la repercusión de nuestros actos? Dicen que de los errores se aprende, pero los errores a los que nos estamos acostumbrando cometer nos pasan, y pasarán, catastróficas facturas ambientales a corto y mediano plazo.
El humo, producto de las quemas intencionadas en el Parque Tunari (emblema y corazón de nuestro Departamento), no deja de ser la representación del estado de turbación en el que nos encontramos, nos hallamos sumidos en la confusión, en la falta de visión, la asfixia y contaminación de nuestros actos.
Arde el Tunari pero con él arde la vida, el bosque, los pulmones, la casa, la alegría, las aves, los animales; ardemos nosotros también. Cada llama es una llaga que lacera nuestra alma impotente, debilitada por el impacto visual de ver morir la vida, el paisaje que nos cobija cotidianamente y que se va transformando a causa de nuestras manos destructoras.
Ese humo negro, espeso que se impregna y escurre en nuestro cuerpo, nos habla, nos confronta, nos interpela, nos conduce al llanto, nos nubla y quiebra la voz que se pierde en grito seco de angustia y desespero. Nuestra relación con el entorno se ha debilitado, damos más valor a lo muerto que a lo vivo, y es que ninguno de nuestros venerados artefactos que nos hacen la vida más cómoda albergan lo más preciado: la vida. Nada se compara con la gran arquitectura natural, con su pulso y respiración.
Un árbol nos dota de oxígeno, de sombra, de frutos, y maravillosas flores que nos reconfortan; su sola presencia combate inundaciones y catástrofes mayores. Sin embargo, frente a esta sencillez somos arrogantes y menospreciamos su silenciosa pero trascendente misión, lo arrancamos con las llamas encendidas de nuestras manos ignorantes, prepotentes, iracundas y violentas.
Cuánto amor nos falta para entender el latido de nuestra casa, su amoroso llamado a cuidarla. Algo en nuestro interior anda roto para seguir dañando lo que nos rodea, para seguir dañándonos, destruyéndonos con pausada ironía y desenfreno.
El humo que nos cubre es la inequívoca señal, nos estamos diluyendo, disipando, nos estamos convirtiendo en emisarios de la desesperación, del caos y la muerte. Toca disipar las brumas de nuestros ojos, sacudirnos el cuerpo, limpiarlo de las cenizas que vamos dejando a nuestro paso, huella de dolor (creativo accionar humano), para comenzar a re-sembrar-nos, dando paso a nuevos brotes, al cielo despejado, a la montaña saludable sin laceraciones, al libre aleteo de las aves y sus cantos.
Toca regresar a nuestra condición humana, sensible, consciente, digna para dejar de ser un peligro para el hogar común, para que toda forma de vida natural nos vea sin miedo, sin temor, sin compasión por nuestro constante extravío.
¿Quizá sea necesario que el gris manto de humo nos cubra, que las llamas nos arrebaten lo poco que nos queda para que, de nuestras cenizas podamos renacer fortalecidos y conscientes? ¿Somos acaso incapaces de cambiar el rumbo de nuestros actos, de aprender de los errores? ¿de transformar el humo que nos cubre en vida y renovación?
La respuesta resuena en la capacidad creadora de cada uno de nosotros y en el accionar consciente de cada una de nuestras manos.
La autora es magíster en educación intercultural bilingüe
Columnas de VERÓNICA STELLA TEJERINA VARGAS


















