Lo que se viene
Rodrigo Paz está llegando al final de su corta aventura presidencial. Después de apenas diez meses de gobierno, los errores acumulados, la pérdida acelerada de credibilidad y, ahora, el escándalo Cerimedo-Beller, terminaron por consumir prácticamente todo su capital político. El Gobierno quedó sin confianza, sin autoridad y, lo que es peor, sin un gramo legitimidad.
Ya no parece razonable preguntarse si Rodrigo Paz podrá concluir su mandato. La verdadera pregunta es qué ocurrirá después de su salida. Lo que viene puede ser mucho peor.
Los últimos 52 días de bloqueo podrían parecer, en perspectiva, apenas un ensayo de la nueva convulsión que se avecina. Los conflictos que se vienen no tendrán solamente el objetivo de acortar el mandato. El objetivo será mucho más ambicioso: disputar nuevamente la toma del poder.
En este escenario, los errores de Rodrigo Paz, están preparando el terreno para el retorno del masismo, en cualquiera de sus versiones.
La crisis económica, el desabastecimiento de diésel y los escándalos de corrupción debilitaron profundamente al Gobierno. El caso Cerimedo-Beller es el golpe fatal. La combinación es muy peligrosa: un Gobierno en agonía frente a la oposición “masista” con gran capacidad y experiencia movilizadora.
Si Rodrigo no abandona voluntariamente el poder, la presión de las calles terminara expulsándolo. Si eso ocurre, al margen de quién asuma constitucionalmente la presidencia, Bolivia tendrá nuevas elecciones. Ahí, precisamente, se iniciaría el segundo capítulo de esta tragedia.
En gran batalla, Evo Morales tratara, aun inconstitucionalmente, de ser candidato con sigla propia. Ya se pueden observar “gritos de guerra” y “movimiento de tropas” en el trópico de Cochabamba.
Con ese objetivo, ser candidato para las elecciones de 2025 –con cualquier sigla, comprada o alquilada–, Morales convulsionó al país durante tres criminales y prolongados bloqueos. No le importaron los costos. Sin embargo, no consiguió habilitarse. En esa pulseta, Luis Arce le ganó la batalla.
Ese intento forzado de habilitación electoral, terminó no solo dividiendo al MAS, sino a la propia izquierda. En ese sentido, sus excamaradas lo acusan de haber sido el artífice de la derrota de la izquierda.
Ahora, las condiciones son muy disímiles. Antes, en su disputa interna tenía una desventaja: no contaba con aliados estratégicos. Gran parte de sus potenciales aliados estaban con Arce Catacor, que tenía el poder. Hoy, enfrentaría a un Gobierno desfallecido incapaz de soportar el profundo descontento social.
No obstante, aprovechando el momento político, su estrategia podría ser más radical. La lucha para que su sigla Evo-Pueblo tenga personería jurídica no se limitará a acciones solo en el Órgano Electoral Plurinacional, en los tribunales u otras vías institucionales. Morales volverá a las calles con bloqueos, marchas, cercos y movilización permanente. La lucha en las calles es su lugar predilecto.
Como se trata, en el fondo, de una disputa para definir la orientación futura del Estado boliviano, rápidamente Morales puede articular a su favor un factor peligroso: las organizaciones sindicales corporativas que durante veinte años formaron parte esencial del poder masista.
Estas organizaciones hoy pretenden recuperar espacios, prerrogativas y acceso privilegiado al aparato del Estado. Algunas, durante el último conflicto, ya demostraron que están dispuestas a utilizar a sus bases para conquistar nuevamente esos espacios.
Ellos necesitan volver y Morales necesita la candidatura. Las dirigencias corporativas necesitan recuperar sus prerrogativas. La alianza, entonces, resulta perfectamente funcional.
Los escenarios que se vienen son inquietantes. Una eventual convocatoria electoral podría convertir a Bolivia nuevamente en un inmenso campo de batalla. Cada sigla, cada candidatura, cada decisión del Órgano Electoral y cada resolución judicial podrían transformarse en motivos de movilización.
El problema no terminaría allí. Si Morales finalmente consigue su candidatura, la polarización recuperara su signo en la política boliviana. Si no la consigue, la presión en las calles será todavía mayor. Ese es el verdadero peligro.
No es simplemente una crisis. Por eso, el problema no termina con Rodrigo Paz. En realidad, recién comienza. Su eventual caída, inevitablemente, abre un periodo de incertidumbre política mucho más complejo del que estamos viviendo ahora.
Elecciones anticipadas no significan automáticamente solución de la crisis. En todo caso, podrían convertirse, más bien, en el escenario de una nueva disputa por la captura del Estado.
Lo que se viene, entonces, no es el final de una crisis, es el comienzo de otra. La caída de Rodrigo Paz sería solo el primer acontecimiento. El asunto de fondo es la apertura de un nuevo ciclo de disputa por el poder, en el que Evo Morales pretenderá recuperar la centralidad política que perdió. Tiene condiciones favorables que él no las creo. Paz le asfalto el camino. Ese pecado, nadie le perdonará.
Lo que se viene, entonces, es un duro ciclo de disputa y lucha por el poder, donde las calles seguramente tomarán protagonismo central. Bolivia, nuevamente, dividida y polarizada.
El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.




















