El circo de la Asamblea General de la ONU
Con mayor notoriedad en los últimos años, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se reúne cada año desde 1946, se ha convertido en todo un espectáculo. Las escenificaciones y la retórica en las intervenciones de los jefes y demás representantes, se asemejan a un espectáculo circense.
En septiembre, Nueva York se convierte en la mayor tribuna política del planeta. Es el gran escenario donde los Estados muestran sus posiciones, denuncian a sus enemigos, defienden sus intereses y buscan legitimidad.
Es decir, la Asamblea General de la ONU es el gran escenario donde los Estados hacen política internacional. Los 193 miembros están representados y cada uno tiene un voto, desde las grandes potencias hasta los países más pequeños.
Es una de las pocas instancias del sistema internacional donde, formalmente, todos tienen el mismo peso. Por eso se constituye también en una extraordinaria oportunidad para decirse de todo y acerca de todo. Y, como suele ocurrir en los escenarios de la política, la hipocresía es moneda corriente. Unos se acusan de terroristas, otros de genocidas y hay los que otros se arrogan el derecho de amenazar con el infierno a naciones enteras.
De manera muy singular, la Asamblea General termina convirtiéndose en el escenario más visible de la “salvaje” política internacional. Cuando debería ser un espacio para discutir, deliberar y buscar soluciones a los graves problemas del mundo.
Afuera, los problemas continúan intactos. Sobre todo, los conflictos y las guerras. La Asamblea de la ONU, no la ONU –que no es lo mismo aquella que la ONU en su conjunto– refleja nomas ese mundo donde rige la ley de la selva.
En la Asamblea General se pone de manifiesto lo que Hans Morgentahu señalaba en su obra Politics Among Nations (Política entre las naciones), “la política internacional es la lucha por el poder”. Así, está dominada por el interés y la búsqueda del poder. El poder, como el medio para alcanzar los fines y objetivos de un Estado. La política internacional, como en la política en general, “es la lucha por el poder”.
En ese mundo, sin una Constitución política mundial, sin normas obligatorias, ni sanciones efectivas, los conflictos por intereses y ambiciones son permanentes. Un mundo más justo y sin guerras, es solo discurso. La guerra nace con el hombre. Es difícil decirlo, pero, solo habrá paz cuando desaparezca el hombre.
Vean, hay algo extraordinariamente contradictorio: Europa, la cuna de la civilización occidental contemporánea es también el epicentro de las guerras. En otras palabras, el núcleo de la barbarie. Ahí se han producido algunas de las peores atrocidades y guerras que conoció la humanidad.
Intentando evitar aquello, precisamente, al final de la Segunda Guerra Mundial se creó la ONU con la misión principal de buscar la paz en el mundo evitando, a cualquier costo la guerra. Su antecesora, dicho sea de paso, la Sociedad de Naciones, nació también con el sueño de Immanuel Kant: nunca más guerra.
Sin embargo, nunca pudo evitarla. Desde 1946 se han producido más de una centena de conflictos armados. Ante la impotencia de la ONU, los conflictos estallan continuamente en el mundo. Según el Programa de Datos sobre Conflictos de Uppsala (Uppsala Conflict Data Program, Ucdp), en 2025 se registraron 65 conflictos armados de base estatal en 35 países. Es la cifra más alta desde 1946, cuando se inició el registro de ese tipo de sucesos y es posible comparar las cifras anuales.
En el siglo pasado, durante la Guerra Fría, no pudo evitar la guerra de Corea, ni la de Vietnam ni otras varias en Medio Oriente, como la de los Seis Días entre Israel y Egipto, o la de Yom Kipur, tampoco la guerra entre Irak e Irán. Su actuación en el conflicto de las Malvinas fue ambigua. También fue impotente en la guerra de los Balcanes.
En el presente siglo tenemos la guerra de Afganistán, en 2001, que se produjo luego del ataque a Las Torres Gemelas, en Nueva York. Poco después, se desató la guerra en el Golfo Pérsico entre Estados Unidos e Irak.
Luego, desde 2022, tenemos, la guerra entre Rusia y Ucrania.
En Medio Oriente, está presente el conflicto entre Israel e Irán, donde participan también Palestina, el Líbano y las células terroristas de Hamas y Hezbolá.
Ahora mismo, continua la guerra entre EEUU e Irán, con efectos terribles para este mundo cada vez mas interdependiente. Los países, como Bolivia, dependientes de petróleo, están sufriendo sus enormes secuelas.
A pesar de sus limitaciones, no se puede negar los esfuerzos de la ONU en conseguir un mundo sin guerras. Sus decisiones no son vinculantes. La ONU no es el gobierno del mundo. No tiene la capacidad de imponer, ejecutar, sancionar y obligar. El poder efectivo sigue dependiendo, en gran medida, de la correlación de fuerzas entre los Estados.
Pues bien, por su parte, la Asamblea General de la ONU es ciertamente el gran escenario para la diplomacia multilateral. Ahí se puede hablar, denunciar, condenar, exigir, exhortar, recomendar y prometer.
Sin embargo, este singular espacio no es aprovechado para tratar de encontrar soluciones a los problemas mas acuciantes y que amenazan la sostenibilidad del planeta, como el calentamiento global. Según corrientes ambientalistas serias, si no se toman medidas trascendentales para afrontar ese fenómeno, el mundo se estuviera acercando a un “apocalipsis ambiental”.
En ese contexto, la participación de los jefes y representantes de los 193 Estados, no es, desde ningún punto de vista, seria y responsable con los problemas del mundo. Se asemejan, más bien, a un grotesco espectáculo.
El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.


















